¿Qué significa shekinah ?

Qué significa shekinah

En el ambiente se respira todavía un olor a carne quemada, mientras el humo del sacrificio sube hacia el cielo azul. La multitud se ha congregado, y una sensación de nerviosismo acompaña al expectante silencio de la ocasión. 

Todo el pueblo se ha reunido, y entre aquellos adoradores se halla Jonadab, un jovencito de 12 años que asiste por primera vez a una ocasión como esa, y observa con atención cada paso del servicio más solemne de toda la economía ritual hebrea. 

Unos meses antes había celebrado con su familia la pesaj, luego la fiesta de las semanas, más recientemente la de las trompetas, y ahora… ahora el gran día del Yom Kippur.

Se ubicó lo más cerca que pudo de la entrada del santuario, ansiando ver al menos algo de lo que había adentro. Se le había enseñado a respetar el Santuario como el sublime centro de adoración de Israel. 

Gracias a su educación religiosa, sabía que unos metros por delante de la cortina se encontraba el altar del holocausto donde los sacerdotes y levitas ministraban diariamente las ofrendas del pueblo, y efectuaban los sacrificios diarios.

Unos pasos más adelante, el primer velo separaba el atrio del “Lugar Santo”. Sabía que en esta instancia sólo podían ingresar los sacerdotes, era un recinto sagrado. Entraban allí cada día para asperjar la sangre de los corderos, quemar el incienso, reemplazar el aceite del candelabros, y los panes de la mesa de la proposición.

Pero, tal como le habían dicho sus maestros, ese día era distinto. El 10 de Tisri era el único día del año en que el Sumo Sacerdote (y sólo él) entraba al lugar más sagrado de todo Israel, el Qodesh Kodashim, el santo de los santos, el “Lugar Santísimo”.

Entre el murmullo de las oraciones silenciosas de la congregación reunida, todavía podía escuchar el sonar de las campanillas de la vestidura del Sumo Sacerdote. Lo que indicaba que todavía vivía… ¡qué impresionante era todo!

En ese lugar especial y sagrado se manifestaba de manera visible el tesoro más preciado de Israel. Mientras intenta mirar hacia adentro del velo, Jonadab se pregunta: ¿qué se sentirá estar de pie ante la «santa shekinah»?

La shekiná

Tras unos meses de gran interés en el estudio del santuario israelita, me topé con un descubrimiento importante: la expresión que todos los hermanos instruidos de mi iglesia utilizaban para referirse a la presencia que se manifestaba sobre el propiciatorio del santuario, la “shekiná”, en realidad no aparecía en las escrituras.

Si buscas en una concordancia bíblica española, no lo encontrarás. Y si lo buscas en una Biblia hebrea, tampoco obtendrás resultado. Y es que este vocablo hebreo de gran importancia, a la verdad no aparece en el texto sagrado.

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Esta es una palabra del judaísmo tardío usada para referirse a la presencia de Dios. En el tárgum de Onkelos (año 100 d.C) esta palabra se utiliza en Deuteronomio 12:5. En la Mishná (II d.C) aparece dos veces; una de ellas bastante curiosa por su parecido con Mateo 18:20. Ya en la Haggadá “Shekina” aparece con frecuencia, casi cada vez que existe una referencia a la presencia de Dios.

Así que debemos partir de este dato. “Shekina” es una palabra rabínica más bien anacrónica que se llegó a utilizar desde finales del primer siglo para aludir a la realidad visible de la “gloria de Jehová” especialmente en el contexto del lugar santísimo del Santuario Israelita.

“Shekina”, sustantivo que proviene del verbo hebreo shakan (“permanecer, habitar, morar”), significaría literalmente una estancia o una morada. Sin embargo, como ya hemos dicho, su uso es único y especializado para la morada de Dios. 

¿Y a qué nos referimos con esto de “morada de Dios”?

La prehistoria de la shekiná

En el huerto del Edén la interacción Dios-Hombre, Hombre-Dios era casi sin ninguna restricción. De hecho, con sus propias manos Dios había formado al hombre del polvo de la tierra, y podemos suponer que la comunicación que entre los dos existía era libre y constante. Cara a cara.

La presencia de Dios se pasaba en el huerto con libertad (Génesis 3:8).

Ahora bien, después de la osada decisión del ser humano, la relación Dios-hombre se ve afectada y el ser humano pierde el derecho (y la capacidad) de vivir en la presencia de Dios. Esta se convierte, incluso, en algo peligroso para la vida humana. Porque entre la luz y las tinieblas no hay comunión alguna (2 Corintios 6:14).

Pero Dios no estuvo dispuesto a renunciar a su habitación con sus amados hijos humanos. De alguna forma él continúa interactuando con ellos durante el período pre-diluviano, y en la era patriarcal:

Muestra su aprobación a la ofrenda de Abel y se comunica con Caín ‒no sabemos de qué manera‒ (Génesis 4), le da instrucciones a Noé (Génesis 6-9), desciende a inspeccionar en Babel (11:5-7), y  se aparece a Abraham (Génesis 12:7, 18:13). 

Pero esto aún no era suficiente. A Sem, el hijo de Noé, se le hizo una promesa llamativa: “Engrandezca Dios a Jafet, que habite en las tiendas de Sem y sea Canaán su siervo” (Génesis 9:27). 

Mucho han debatido los eruditos con respecto al objeto de la promesa a Sem (¿Dios o Jafet?), pero del linaje de Sem descienden los israelitas, y de ser Dios el objeto, ciertamente esta promesa se cumplió.

Dios se estuvo manifestando durante todo este período, aunque no de manera universal, ni mucho menos permanente; por lo que su presencia nunca fue tan visible ni tan constante como a partir del Éxodo. 

La historia de la shekiná

Ya desde la época patriarcal los hombres tuvieron miedo de morir tras reconocer que se habían encontrado con Dios (Génesis 32:30), y lo mismo sucedió con el pueblo de Israel después de su primera audiencia con Dios bajo el Sinaí (Éxodo 20:19). 

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Sólo bajo ciertos estándares Dios podría restaurar su morada con los hombres, cumplir la promesa que hizo a Sem, y que estos no estuvieran en peligro de muerte. Así comienza la historia de la Shekiná. 

Su presencia visible y universal se hace presente por primera vez cuando los israelitas parten de Sucot (Éxodo 13:20-22). 

Dios mismo se manifiesta en forma de una columna de luz para guiar a su pueblo en su travesía hacia Canaán; esta columna tenía la apariencia de ser una columna de nube durante el día, y una columna de fuego durante la noche para alumbrar el camino. Y dice el texto bíblico “Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego”. 

Esta columna representó para ellos la garantía de la dirección divina y de la elección de Israel como el tesoro especial de Dios, como su pueblo santo y apartado (Éxodo 19:5-6). La presencia de Dios era el bien más preciado de Israel (Éxodo 33:15-16) y por eso Moisés dice: “si tu presencia no va con nosotros, no nos saques de aquí”.

Observa, por ejemplo, la correlación tan íntima que traza Números 14:14 entre la columna de nube y de fuego, con la realidad de la presencia de Dios que estaba “en medio de su pueblo”, que “cara a cara” se aparecía.

Esta nube era un recordatorio de la morada de Dios con Israel, la shekiná. Pero todavía faltaba más.

El pueblo se detiene en el Sinaí, y allí va a ocurrir la teofanía bíblica más importante de todas. Su presencia se manifestó allí como nunca antes y nunca después. Con relámpagos, truenos, voces, fuego y humo se demostró que la presencia de Dios era demasiado santa para habitar con los hombres. Los términos en que se describe son sin duda asombrosos.

Los privilegios de la shekiná son tales que Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel subieron “y vieron al Dios de Israel” (Éxodo 24:9). Aunque más probablemente, vieron la shekinah, el resplandor de su gloria. Luego Moisés sube al monte y entra en la misma nube de la gloria de Dios que había descendido sobre él (vv. 17-18).

Durante esta estadía en el Sinaí Dios se reveló a su pueblo a torrentes. Incluso después del relato del becerro de oro, Moisés levanta un tabernáculo improvisado fuera del campamento y también allí descendía la shekiná para conversar “cara a cara” con Moisés (33:9-11). 

Pero Dios no deseaba que esto fuera momentáneo, sino permanente. Por eso hay más. Conversando con Moisés en el monte Dios le dice “Me harán un Santuario, para que habite en medio de ellos” (Éxodo 25:8). 

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Así como Dios había santificado el Sinaí para encontrarse allí con su pueblo, un lugar apartado sería elaborado con toda la rigurosidad de las instrucciones de Dios, a fin de estar dispuesto para recibir la residencia real de Dios entre su pueblo permanentemente.

Notamos que cuando la construcción del santuario es terminada, “entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo” (Éxodo 40:34). ¡La presencia de Dios, la shekiná! Lo mismo sucedió en 1 Reyes 8:10 tras la dedicación del templo de Salomón.

La presencia de Dios no dejó el Santuario, sino que se ubicó sobre el propiciatorio del arca del pacto (Éxodo 25:22), porque desde allí Dios hablaría con su pueblo. Y cuando la nube se movía, el pueblo avanzaba, mientras la nube no se movía, el pueblo se quedaba en su lugar (Éxodo 40:36-38).

Por supuesto, el libro de Levítico se trata precisamente de todas las indicaciones establecidas para que el pueblo de Israel pudiese habitar en la presencia de Dios sin morir. El relato de Nadab y Abiú demuestra lo peligrosa que podía ser la shekiná cuando no era respetada (Levítico 10).

Es nada menos que impresionante todo esto. Hasta qué punto Dios condesciende para morar con sus hijos, para tener intimidad con ellos. Esto es la shekinah, Dios con nosotros.

La shekiná es Jesús

Llegó un momento donde la gloria de Dios visible abandonó el templo de Israel para no volver, pues el pacto había sido pisoteado (Ezequiel 1, 8-10). 

Y entonces hizo su aparición la más perfecta evidencia del deseo de Dios de habitar con los hombres: Emmanuel, Dios con nosotros, vino a este mundo en carne. 

No hay pasaje tan diciente en este sentido como Juan 1:14: “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; y vimos su gloria”.

El verbo “habitó”, mejor traducido como “tabernaculizó”, “levantó su tienda”; y el sustantivo doxa (“gloria”) claramente identifican a Cristo con la Shekiná de Dios. 

Él es la “gloria de Jehová”. En él habitó “toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9), él es “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15), “el resplandor de su gloria” ‒la shekiná‒, “la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3).

Jesús fue, verdaderamente, “Dios con nosotros” (Mateo 1:23).

Pero un día, la presencia de Dios será total. Tal como en el Edén. “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Apocalipsis 21:3), “y verán su rostro” (22:4).