La Prosperidad en la Biblia

la prosperidad en la biblia

A todos nos gusta hablar de prosperidad. Es una de las palabras más agradables del diccionario. Ser próspero… es el sueño de la gran mayoría. Vivir bien, tener casas cómodas, tener dinero y posibilidades, alcanzar los proyectos, dejar una huella, ser reconocidos… ¿A quién no le agrada como suena?

Si hablamos de la prosperidad muchos pensarán en las riquezas, en las cuentas bancarias con muchos ceros ‒a la derecha, claro‒, en las mansiones, empresas y prioridades. Así que algunos nombres como los que aparecen en la lista Forbes, para ellos serían sinónimos de “prosperidad”.

Jeff Bezos, por ejemplo, el dueño de amazon, con 55 años ha encabezado la lista por 3 años consecutivos, con un patrimonio que se valúa en 186.500 millones de dólares.

Bernard Arnault, con 71 años y dueño de LVMH, 4to lugar en 2019, se posiciona este año en el segundo con un patrimonio de 142.100 millones de dólares.

Elon Musk, de apenas 48 años y dueño de Tesla, se encontraba en el lugar 31 en 2019 y escaló hasta la tercera posición este año amasando una suma de 131.100 millones de dólares. 

Les siguen Bill Gates, Mark Zuckerberg, Warren Buffett y Larry Ellison. Que entre los 4 suman más de 400.000 millones.

«¡Eso sí que es prosperidad!» Dice la gente. Es casi sorprendente, yo ni siquiera puedo ‒ni creo que algún día pueda‒ entender lo que significa disponer de tanto dinero. 

«Sin embargo» ‒señalaría un cristiano‒ «varios de ellos no tienen a Dios viviendo en su corazón, así que eso no es verdadera prosperidad». Y con mucha razón.

Así que me fijo en pastores multimillonarios. Si ellos tienen a Dios y son tan adinerados, ¡entonces eso sí es prosperidad!

Por ejemplo, el pastor protestante evangélico Benny Hinn tiene una mansión valorada en 10 millones de dólares. Y el pastor Paul Crouch murió en 2013 y dejó casi un castillo de 25 millones de dólares [Tomado de Tiempo Digital, 09/2017].

¿Qué hacemos con todos estos ceros? ¿Nos ponemos del lado de los que afirman que la prosperidad es un pecado? ¿O más bien en el bando opuesto? 

O qué tal si nos preguntamos ¿qué quiere el Señor? ¿Qué dice la Biblia?

La prosperidad

Lo primero que debemos notar es que la prosperidad no es únicamente muchos ceros en las cuentas, ni el valor de una casa o de la cantidad de acciones que se poseen. Necesitamos armar la definición de prosperidad a partir de los materiales de que disponemos.

El diccionario define la prosperidad como «bienestar, mejora de la situación económica o social. Éxito o desarrollo favorable de alguna cosa».

Ciertamente la Biblia concuerda con esta definición, pues un repaso del uso de “prosperidad” en las escrituras arroja la conclusión de que comprende una situación de bienestar y plenitud. El Salmo 1 es una muestra de esto: “será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prosperará (v. 3).

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Deuteronomio 28:1-14 pinta un cuadro tentador de las bendiciones que serían derramas sobre el pueblo mientras obedeciera y fuera fiel a Dios: bendición en la ciudad y en el campo, bendito el fruto del vientre, el fruto de la tierra, el fruto de las bestias; bendita la canasta y la artesa de amasar, bendita la entrada y la salida, victoria contra los enemigos, bendición sobre los graneros y toda obra, la lluvia a su tiempo, ser cabeza y no cola…

Y luego, al hablar de los resultados de la desobediencia, menciona “No serás prosperado en tus caminos” (Deuteronomio 28:29).

La plenitud y el bienestar que acompañan a la bendición de Dios en esta palabra se resumen: “prosperar”. El término hebreo más frecuentemente asociado con la idea de prosperar es el verbo tsalákj que literalmente significa “empujar hacia adelante”. La prosperidad es eso, Dios llevando a sus hijos más adelante. Con su bendición, mejor condición; todo acompañado de felicidad, paz y gozo (Génesis 39:2-3, Josué 1:8, Nehemías 1:11, Salmos 37:7). 

Prosperidad no es solamente dinero y propiedades; ni tampoco es solamente gozo y paz. La prosperidad es un combo que involucra crecimiento y desarrollo en todas las áreas de la vida.

Y si alguien cree que no es el deseo de Dios que sus hijos prosperen, Proverbios 8:18 dice “las riquezas y el honor me acompañan; los bienes permanentes y la justicia”. También 10:22 dice “la bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella”.

Ahora bien, casi todos estamos dispuestos a admitir que en el AT hay mayor énfasis en el tema de la prosperidad que en el NT. En el primero tenemos las historias de hombres de Dios que gozaron de abundancia y riqueza, como Abraham, Isaac, Jacob, Job, José, David, Salomón, Uzías, Ezequías, y el mismo pueblo de Israel, que mientras fue fiel a él gozó de la abundante bendición de Dios.

Sin embargo, aunque en el NT la prosperidad material no parece ser central, no se muestra tampoco en oposición a ella. 3 Juan 1:2 dice “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todo, y tengas salud así como prospera tu alma”. (Destaco el “todo”. La prosperidad de Dios es integral; todo va incluido).

En 1 Corintios 16:2 Pablo recomienda a los corintios que “cada primer día de la semana” aparten algo según hayan “prosperado” para abonarlo a la colecta de los pobres de Jerusalén. Y en 2 Corintios 9:10-12 manifiesta repetidamente la manera cómo Dios bendice y provee en abundancia para que tengamos con qué ser generosos. Dice que el que siembra escasamente, segará escasamente; pero el que siembra generosamente, “generosamente segará” (2 Corintios 9:6).

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Proverbios 22:2 dice que tanto al rico como al pobre los ha hecho Dios, y Pablo da consejos a Timoteo con respecto al modo de actuar de los “ricos de este mundo”: que sean ricos en buenas obras, generosos, dadivosos, que su esperanza esté en Dios y no en las riquezas (1 Timoteo 6:17-19).

Pero, ¿sabes qué no aparece allí? Un reproche por ser adinerados, o una instrucción a dejar todo lo que tienen y hacerse pobres. La voluntad de Dios para sus hijos no es una vida de austeridad; no se es más santo o se está más cerca del cielo por ser pobre. 

Está claro, la prosperidad no es antagónica a la fe. La cuestión es por qué queremos prosperar, cómo queremos hacerlo, y qué haremos después de hacerlo.

La pobreza y el amor al dinero

¿Habría problema en ser pobre? ¿Sería un signo de infidelidad o maldición de Dios? ¡Para nada! Ya leímos que Dios hizo al rico y al pobre. El hijo fiel de Dios puede no ser adinerado, y aun así ser próspero.

Salmos 37:16 dice que “mejor es lo poco del justo que las riquezas de muchos pecadores”. Proverbios 30:8 suplica “No me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan”. Y Pablo comenta que “gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento, porque nada hemos traído a este mundo y, sin duda, nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos satisfechos” (1 Timoteo 6:6-8).

Así que la prosperidad no es igual a acumular posesiones. Una persona que vive con lo justo puede ser próspera, así como una persona que tiene muchos bienes de este mundo puede no serlo.

Por eso no es parte del plan de Dios que todos gocemos de riquezas, pues no a todos nos conviene; quizás a la gran mayoría. Las riquezas fácilmente llegan a ser un peligro para nuestra salvación, porque “el amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:9-10; Mateo 19:21-24). Y Dios nos pide estar dispuestos a dejar todo para seguirle (Mateo 19:21, 27).

Así que, ¿por qué quieres prosperar? Si lo que quieres es tener dinero, es mejor que vayas a otro lugar. La prosperidad cristiana no es tener riquezas, sino la bendición de Dios

La bendición del Señor es la prosperidad

¿Y qué significa eso? La bendición de Dios se encuentra en anhelar lo que Dios anhela, en hacer lo que él quiere y en disfrutar lo que él da. La bendición de Dios se encuentra en unirse a su bando para servir, obedecer y amar. Cuando lo haces, te das cuenta que eso mismo ya es el comienzo de la bendición y la prosperidad.

No serás próspero por tener más dinero, serás próspero al obedecer a Dios con pasión y felicidad; entonces verás como parece que todo funciona, que el alimento no falta (Filipenses 4:19), que las cosas marchan bien en casa, que hay paz y gozo, que los problemas que se presentan se resuelven, que los proyectos resultan, porque la bendición del Señor es la prosperidad. 

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Por eso Deuteronomio 28:1-2, Josué 1:7-9, 1 Samuel 25:6, Salmos 1:1-3, 37:5-7, Proverbios 28:25 ligan la prosperidad con la obediencia leal a Dios. 

Y la bendición de Dios acompañará al esfuerzo y el trabajo (Proverbios 12:11). Nuestros talentos en sus manos producirán (Mateo 25:15-17), y la obra de nuestras manos será bendecida porque el Señor estará con nosotros. Tal como sucedió con José (Génesis 39:2-3), y Daniel (Daniel 1:19-20, 6:28). Fueron fieles a Dios, y él los prosperó. Pero ya ellos estaban gozando de la esencia de la prosperidad: vivir en paz junto a Dios.

¿Cómo quieres conseguir la prosperidad? Pues está más cerca de lo que crees. Dios en el corazón es la prosperidad. 

De esa forma aprendemos a disfrutar y a ser felices cualquiera sea nuestra situación (Filipenses 4:11), porque mientras seamos fieles a Jesús y le busquemos, mientras nos esforcemos y trabajemos, sabremos que todo marchará como debe marchar. 

Algunos tendrán tesoros en la tierra, otros tendremos solo lo suficiente (Mateo 6:33); pero lo más importante estará garantizado: los tesoros en el cielo (Mateo 6:20).

¿Y qué haremos después de ser prosperados? Ya sea que tengamos mucho o poco, no hemos de olvidar que Dios es nuestro proveedor (1 Crónicas 29:14). Ni se te ocurra pensar “mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza”, porque si algo tienes es gracias al Padre misericordioso (Deuteronomio 8:11-18).

Hónralo con lo más precioso de tus bienes (Proverbios 3:9-10), acuérdate de los necesitados (Hechos 20:35, Efesios 4:29), sé generoso y dadivoso (1 Timoteo 6:17-19), y que todo redunde en gloria y gratitud al Señor (2 Corintios 9:10-14).

“El alma generosa será prosperada” (Proverbios 11:25).

Conclusión

No sigas soñando con la vida de las personas adineradas. Sirve a Dios, haz el bien y disfruta de lo que te da. Busca su bendición ante todas las cosas, no pongas la mirada en el dinero y lo terrenal, sino trabaja por conquistar la corona eternal, que no perece. Cuando buscas el cielo, ganas la tierra también.

Date cuenta que la verdadera prosperidad es vivir al lado de Jesús, y saber que, como Jehová es tu pastor, “nada me faltará” (Salmos 23:1). 

Y si es la voluntad de Dios, con trabajo y diligencia el Señor abrirá oportunidades para ti. No te descuides, él quiere verte triunfar; que dejes muy en alto su nombre. Y cuando eso suceda, comparte, agradece, glorifica. Posdata: mientras te mantengas lejos del amor al dinero, todo marchará bien.