¿Qué es la gracia?

que es la gracia

Él habitaba en una ciudad llamada Lodebar, ciudad de miseria. Desde muy pequeño la vida le había robado todas las ilusiones. Parte de su familia murió trágicamente y gracias a un accidente había quedado lisiado de los pies. Se consideraba a sí mismo un perro muerto, y solo por la misericordia de algunas personas encontraba lo necesario para vivir. Su vida era prácticamente una basura.

Andaba cabizbajo, siempre humillado por los demás. Vestía harapos, y su mesa era escasa. Probablemente pensaba que Dios no tenía nada que ver con personas como él.

Pero cierto día el rey de aquella nación recordó una promesa que había hecho antes a un viejo amigo. Así que preguntó si no quedaba alguien de la descendencia de su amigo a quien pudiese favorecer por amor a él. Pronto le trajeron a un hombre llamado Siba, quien le habló de aquel muchacho.

Y ocurrió entonces algo impresionante. El rey mandó a llamar a Mefi-boset, y aquel muchacho salió de Lodebar para nunca más volver. 

En cuanto estuvo frente a él, David le dijo: “No tengas temor […], por amor de Jonatán tu padre te devolveré todas las tierras de tu padre Saúl, y tú comerás siempre a mi mesa” (2 Samuel 9:7). Le devolvió las posesiones de su familia, puso siervos a labrar sus tierras y almacenar su grano, le hizo residente en el propio palacio, lo convirtió en huésped de honor a su mesa real, e incluso le equiparó con los hijos del rey (v. 11).

Me fascina la forma como lo describe la canción de Danny Berrios:

Manda a llamar a ese hombre

Que con él yo quiero hablar

Dile a Mefi-boset que el rey lo mandó a llamar

 (y mirándole a los ojos le dijo estas palabras)

Lo que era tuyo te devolveré

Voy a restituir lo que la vida te robó

El último en la casa de Saúl

Ya no será más aquel

A quien nadie le da valor

Vas a vivir en la casa del rey

Vas a comer en la mesa del rey

Vas a vestir las ropas del rey

Vas a sentarte al lado del rey

La miseria nunca más conocerás

Un adiós a Lodebar tú vas a dar

Tu vida nunca más será igual

El rey te mandó a llamar

De perro muerto pasó a tener lugar entre la realeza. De pobre pasó a ser rico. De humillado a exaltado. De siervo a señor. Su vida de miseria se llenó de luz, de un momento a otro. Por decisión del rey. O dicho de otra manera: por gracia.

Personalmente, considero que no hay historia bíblica que muestre mejor lo que significa la gracia en la Biblia que ésta. Es en exceso asombrosa… ¡pero todavía se queda corta comparada con la gracia de Dios para con el hombre!

Un concepto fundamental

En el Nuevo Testamento hay palabras de palabras, y conceptos de conceptos. Pero no temo exagerar al decir que la palabra “gracia” refleja el concepto teológico más reiterado y fundamental del NT.

Por supuesto, debo hacer la salvedad que las menciones de “gracia” fuera de las epístolas paulinas no son muy abundantes. Pero ya que las cartas de Pablo ocupan alrededor del 50% del NT, y el término en cuestión es por mucho el más importante en la teología paulina, se convierte automáticamente en un elemento esencial de la fe cristiana.

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Me atrevo a decir, incluso, que fallar en comprender la “gracia” es errar a la teología central del canon del NT. Sin ella, la Biblia no sería la Biblia. Sin ella, el cristianismo no sería muy diferente a otras confesiones religiosas. Es la gracia pieza fundamental que brinda una maravillosa razón de existir a nuestra fe.

Malentender la teología de la gracia significará tergiversar la pureza de la fe. Ya sea cayendo en el pantano legalista, o de cabeza por el precipicio del libertinaje. Bien entendida, la gracia es la buena nueva más poderosa de nuestro credo.

¿Qué es la gracia?

El concepto que el NT forma alrededor de la “gracia” sobrepasa por mucho el significado mismo de la palabra.

El vocablo griego es charis, que literalmente se traduce como gracia, favor, un don gratuito, bondad, una bendición inmerecida. Sin embargo, es claro que estos significados no podrían agotar la magnitud de la importancia que se le da al término en las escrituras.

Un diccionario español añade a “gracia” matices un poco más específicos: “perdón o indulto de pena que concede la autoridad competente”, o por otro lado, “ayuda sobrenatural y don otorgado por Dios para el logro de la bienaventuranza”.

Notamos que estos conceptos parten del significado natural de “gracia” (don, favor inmerecido), pero le expanden y aplican a fines concretos. Son buenos intentos de intentar aproximarse al uso bíblico de la palabra, aunque todavía no lo agotan.

Su significado en el NT es tan amplio y profundo, que “gracia” llega a ser algo que se tiene, algo que puede darse, una parte del carácter, algo pasado, presente y futuro, se recibe en gracia y se anda sobre la gracia, se crece en gracia, se concede gracia y se obra en gracia.

Examinemos algunos textos en búsqueda de una definición precisa de lo que es la gracia.

Si leemos Efesios 2:4-5, 8-9, 2 Timoteo 1:9, Tito 3:4-5, Gálatas 2:21, Hechos 15:11 y Romanos 3:24 concluimos que la gracia es recibir la salvación de Dios como un don gratuito y totalmente inmerecido. Somos pecadores, no hemos hecho nada bueno, hasta nuestras mejores obras son trapos de inmundicia, y sin embargo Dios decide salvarnos.

Estos textos, junto a muchos otros más, cortan de raíz todo intento de procurar la salvación a través de medios y recursos humanos. ¡Somos en absoluto incapaces! La salvación es un regalo de Dios, recibido por gracia, o no es nada.

Por otro lado, si leemos Efesios 1:7 y Romanos 5:15-16, 20 podemos llegar a pensar que la gracia es el perdón deliberado que Dios ofrece como solución para el pecado del hombre. Es la misericordia puesta en acción. Jesús elige limpiar y perdonar al hombre en lugar de condenarle; nuevamente como un regalo que tiene por requisito únicamente quererlo. Arrepentirse.

Otro texto muy interesante sería Hebreos 4:16, y podríamos colocarlo en la misma línea que Juan 1:17. Desde el trono de Dios y de parte de Jesucristo se nos imparte gracia, ya sea con una connotación similar a las dos anteriores, o “el oportuno socorro” tiene que ver con auxilio sobrenatural en medio de la dificultad o la tentación. Lo que añade un matiz diferente más.

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Este uso estaría en parte relacionado con el de Hechos 20:32, una gracia poderosa que produce aquello que es imposible para el ser humano.

Sin embargo, pese a los matices de ofrecimiento gratuito que ya hemos mencionado, vale la pena notar que Romanos 6:1-2, 15-16 y Judas 4 no dejan espacio para pensar que este regalo pueda ser plenamente gratuito. En el sentido de que no puede tomarse a la ligera sin consecuencias.

La gracia es un regalo, pero no es una licencia para pecar. De hecho, en Tito 2:11-12 es la gracia lo que nos enseña a renunciar a la impiedad y malos deseos. ¡La gracia nos suplica no pecar! Por eso es necesario comparar exhaustivamente toda la teología de la gracia en el NT.

Romanos 15:10 y 2 Corintios 12:9 relacionan la gracia con el poder divino que obra y trabaja en y a través del hombre para realizar hechos portentosos. Sin la gracia no se es nada, mas ésta puede manifestarse aún más notoriamente en la debilidad humana.

La gracia es de tal manera significativa que Pablo dice allí: “por la gracia de Dios soy lo que soy”.

1 Pedro 5:10 y Juan 1:14 demuestran que la gracia es parte de los atributos más esenciales de Dios. Pero en Romanos 5:2 dice que por la fe tenemos entrada a “esta gracia”, que se sobreentiende ser el regalo de una relación restaurada con Dios.

Finalmente, en 1 Pedro 1:13 anima a esperar “por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado”. “Gracia” puede ser también una buena palabra para resumir todas las bendiciones pertenecientes al regreso de Jesús y la vida eterna.

Este pequeño repaso nos brinda una comprensión aproximada de la variedad de matices que se amontonan debajo de la palabra “gracia”, si bien todos podrían catalogarse como un favor o don divino naturalmente inmerecido.

A fin de cuentas, si nos tocase dar una definición puntual que englobase todos los matices, podríamos decir, como otros lo han hecho antes, que “la gracia es la mano de Dios que baja a la tierra”. Es el amor salvador, inmerecido, incondicional y poderoso de Dios. Es nada menos que la voluntad de Dios de hacer y entregar todo lo que sea necesario para la salvación, el crecimiento y el bienestar del hombre.

La gracia comienza por el perdón y la misericordia, pero no acaba allí. La gracia no es una vacuna que nos colocamos una sola vez en la vida. Precisamos de ella todos los días, para cada pequeña parte de la existencia cristiana. Desde la salvación, hasta nuestro servicio evangélico y nuestra herencia eterna, ¡todo es gracia! Es la mano de amor de Dios extendiéndose hasta nosotros.

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No merecemos nada de ello. Pero Dios ha decidido abrirnos sus tesoros con liberalidad. Cada cosa que el creyente necesita es suplida abundantemente por los recursos divinos. Y no hay límite. De su plenitud recibimos “gracia sobre gracia” (Juan 1:16). Todo cuanto necesitamos (y mucho más), Dios lo ofrece con amor, como un regalo precioso.

¿Gracia barata?

Si bien Dios nos extiende su gracia en medida infinita y sin letras pequeñas en el contrato, hay un error muy común que debemos evitar.

El propósito de la gracia es que supliese la más imperiosa de las necesidades en el plan de salvación: restaurar el puente roto entre Dios y hombre, cielo y tierra. Que lograse todo lo que el hombre no podía hacer. El ser humano no era capaz de pasar al otro lado, ¡Dios debía reconstruir el puente! Y ese puente ilustra una relación de armonía y justicia.

Por eso Romanos 8:4 dice que la aparición de Cristo en el escenario humano permite que la “justicia de la ley se cumpla en nosotros”, a través de una relación renovada con Dios.

El error tan común que debemos evitar es quedarnos con la “gracia del perdón”, y olvidarnos de la “gracia de la nueva vida”. Para decirlo resumidamente: si no queremos la gracia de la nueva vida, es porque no hemos entendido la gracia del perdón. De hecho, no la hemos recibido.

Pues Dios imparte su gracia únicamente a quien desea alejarse del virus del pecado para no andar más en él, y así disfrutar del compañerismo divino para siempre. Es decir, Dios da su gracia al que anhela poder obedecer en amor.

La salvación no es gracia + obediencia. Es solo gracia. Somos salvos desde el momento que decimos “Sí” a Jesús, cuando somos pecadores hasta el tuétano todavía. Pero cuando se quiere la gracia y no la justicia, nos estamos engañando a nosotros mismos. 

Conclusión

Mefi-boset no había hecho nada por David. Probablemente ni siquiera lo conocía en persona. Tampoco le había pedido absolutamente nada. Pero el rey decidió abrir sus tesoros, su casa, su mesa, sus brazos a él, simplemente por gracia. Mefi-boset jamás podría devolverle algo de lo recibido, y tampoco habría querido David que lo hiciera.

Tal cual sucede con Dios. Su gracia es un don tan precioso y tan desinteresadamente brindado, que el intento de hacer algo para compensarlo raya en lo absurdo a los ojos de Dios. Él nos da todo, ¡y todo es todo! A cambio, podemos darle únicamente nuestro amor y gratitud.

La gracia es sencillamente incomprensible. Pero Mefi-boset no se detuvo a discutir con David lo razonable de su decisión, solamente la aceptó. Y la disfrutó por muchos años.

Es difícil entender por qué Dios ha querido llevarnos a su casa, sentarnos a su mesa, colocarnos la ropa real, la corona, sentarnos junto a él en el trono, y considerarnos sus herederos, cuando no éramos más que perros muertos en Lodebar. Pero, ¿te vas a eximir de su regalo por considerarlo una oferta muy grande?

¡El Rey te manda a llamar!