Explicación del sermón de las 7 palabras: las 7 palabras que dijo Jesús en la cruz

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Werner Fuld da inicio al prólogo de su Diccionario de las últimas palabras con una cita del poeta y diplomático Chateaubriand: “A uno le gustaría tener una antología de las últimas palabras de hombres célebres”.

En realidad, me es curiosa la importancia que de pronto tomaron los últimos instantes de la vida de una persona, cuando leía algunos fragmentos de este libro. “las últimas palabras adquieren una autoridad que afecta retroactivamente a la vida en su totalidad” ‒dice él, y cita a Hofmannsthal:‒ “«Sólo al morir siento que soy»”.

Sin embargo, parece que Karl Marx no estuvo muy de acuerdo con esto. Cuando Friedrich Engels fue a visitarlo en su lecho de muerte en 1883, le preguntó si tenía algo para decir a la posteridad. Su respuesta fue «¡Fuera, desaparece de mi vista! ¡Las últimas palabras son cosa de tontos que no han dicho lo suficiente mientras vivían!».

De todas maneras, te presento algunas «últimas palabras» que Fuld recopila:

Cuando San Anselmo, el arzobispo de Canterbury, murió en 1109, dijo «Bien, si Él [Dios] lo quiere así, le obedeceré, pero yo aceptaría con sumo gusto que a Él le pluguiera dejarme aquí un poquito más, hasta acabar de solucionar un problema sobre el origen del alma que tengo aún pendiente, porque si yo ya no estoy aquí no sé quién sería capaz de hacerlo».

El médico británico William Hunter, dijo antes de morir en 1783 «Si yo tuviera fuerzas para sostener un estilete, escribiría lo fácil que es morir».

En 1999, un clérigo exhortaba a Vladimir Keroukian, mafioso ruso, que abjurase del demonio antes de morir. Vladimir contestó «no es el mejor momento para hacerse enemigos».

Uno de los últimos deseos del diplomático e historiador Nicolás Maquiavelo, quien murió en 1527, fue: «Yo quiero ir al infierno, no al cielo donde solo podré encontrar mendigos, monjes y apóstoles. En el infierno estaré rodeado de papas, príncipes y reyes».

Al enérgico colaborador de Lutero, Philipp Melanchthon (1560), le fue preguntado si deseaba alguna cosa, mientras le leían algunos pasajes de la Biblia en su lecho de muerte. «Nada más que el cielo», fue su respuesta. 

Sin duda, estas pequeñas frases dicen mucho de las vidas de tales personas.

Pero lo que más llama mi atención es que, como si formase parte del montón, Fuld coloca en la página 106 a “El profeta judío Jesús”. Quien fue condenado “por motivos de seguridad nacional y clavado en una cruz”. Dice que sus últimas palabras fueron “Está consumado”.

En el caso de Jesús, ¿será cierto lo dicho por Fuld? ¿Podemos conocer mucho sobre él a través de sus últimas palabras? 

Colgando de un madero, entre sangre, calambres y burlas, ¿qué significaron las palabras de aquel judío en la tarde de pascua del año 31?

Las 7 últimas palabras de Jesús

Hacía poco más de 18 horas que había comenzado el «calvario» para el Salvador. Todo parecía indicar que esa sería su última cena de pascua con sus discípulos, y se esmeró con palabras y hechos en dejar una impresión duradera en sus corazones. 

Una sombra oscura se posaba rápidamente sobre su corazón, y al salir al monte de los olivos después de haber cantado (Mateo 26:30), “comenzó a entristecerse y angustiarse en gran manera”; les dijo: “Mi alma está angustiada hasta la muerte” (Mateo 26:37-38).

Tras algunos minutos, postrado en el Getsemaní oró desesperadamente a su Padre, sudando gotas de sangre (Lucas 22:44), rogando que, si era posible, pasara de él esa copa (Mateo 26:39). Luchó impotente en oración hasta rendirse y tomar una firme determinación: “si este vaso no puede pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad” (v. 42). 

Enfrentaría el Calvario.

Ángeles vinieron a animarle y confortarle ante la dura prueba que se aproximaba (Lucas 22:43), y con la seguridad de la compañía de su Padre Jesús se levantó. 

A continuación se sucedieron horas de juicios, insultos, golpes, gritos y burlas. Pero ante todo esto, Jesús callaba. “Como cordero fue llevado al matadero, como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció. Y no abrió su boca” (Isaías 53:7).

Fue llevado ante Pilato por segunda vez, y allí oyó a la multitud frenética gritar con toda la fuerza que sus cuerdas vocales les permitían: “¡Suelten a Barrabás, queremos a Barrabás, crucifica a Jesús!”. 

Fue azotado dos veces por los romanos sin misericordia. De tal manera que, al culminar, probablemente algunos de sus huesos y entrañas eran visibles. Jesús estaba en una condición tan deplorable, que no era capaz de llevar más de algunos pasos su cruz.

“Las injurias habían sucedido  las injurias, los escarnios a los escarnios; Jesús había sido flagelado dos veces, y toda esa noche se había producido una escena tras otra de un carácter capaz de probar hasta lo sumo a un alma humana” [White, El Deseado de todas las gentes, 690-691].

Tambaleante y desfalleciente, con sus brazos inutilizados, sus hombros heridos y sus músculos desgarrados, Jesús cayó a tierra varias veces, golpeándose la cabeza que portaba la corona de espinas, recibiendo azotes, antes que los soldados se dieran cuenta que no podía cargar la cruz. 

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Detente un momento y recuerda algo fundamental. El que allí estaba sufriendo, era nada menos que el Rey, el Rey del universo entero. El Rey de la gloria que había venido a salvar, a redimir, en gratitud estaba recibiendo bofetadas y escupitajos. El que yacía postrado y sufriente bajo la cruz, no tenía necesidad de estarlo; habría podido detener el escarnio en cualquier momento, pero avanzó por amor. Solo por amor. Por amor a ti.

Finalmente, después de toda esa marea irrefrenable de furia y violencia, El humilde Salvador del mundo llegó al Gólgota. Fue allí, desnudo, y siendo sus manos y pies atravesados por clavos de hierro de 3/8 de pulgada de grosor, que mirando hacia el cielo pronunció la primera de sus siete últimas palabras.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34)

Quedo en silencio, con un nudo en la garganta, mientras escribo estas líneas. 

Satanás estaba usando todos los recursos posibles para hacer desistir a Jesús de su propósito Salvador; estaba aplicando un tormento físico, mental y espiritual sin comparación; los hombres que Cristo intentaba salvar se habían aliado con el diablo para causarle la mayor angustia y desesperación posible, las manos que él había formado se estaban levantando en su contra con zaña satánica… Pero el Rey no pensaba en sí mismo.

No pensaba en su cuerpo magullado, ni en el dolor, ni en los clavos, ni en la muerte, ¡Jesús se compadecía del hombre!…Y yo no lo puedo entender. A su lado los ladrones maldecían; pero él oraba. Hacia él solo se arrojaba odio y más odio, pero en su corazón eso no existía; tenía únicamente misericordia y amor para dar. 

En la hora de su sufrimiento, Jesús oró. Oró por los soldados, que estaban horadando sus manos y pies; por Pilato, que lo había condenado sabiendo que era inocente; por los judíos, que se complacían en verle sufrir, que se sentían triunfantes por lograr su siniestro propósito; por las personas de la turba que le injuriaban, escupían y golpeaban; por los que pidieron su condena… Por todos oró. 

Y pidió perdón para ellos. 

¡No sabían lo que hacían! Si hubiesen entendido que el que colgaba entre cielo y tierra era aquel ante quien la sola pronunciación de su nombre todos los ángeles y seres de la vasta infinidad de mundos creados amaban postrarse en adoración, se habrían horrorizado de sus hechos.

Satanás había cegado su entendimiento, y sin embargo, eso no aminoraba su culpa. 

En su oración, toda la raza humana está incluida. Todos somos culpables de la muerte del Salvador, porque esa preciosa sangre no hubiese sido derramada de no haber pecado; ¡por tu culpa, por mi culpa! ¡Nosotros lo clavamos aquella mañana en la cruz! y todavía así, continuamos alzando nuestro puño en su contra. 

Pero Jesús suplicó el perdón para ti. Él es, ciertamente, abogado que intercede ante el Padre (1 Juan 2:1). En su primera frase se mostró como el “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Timoteo 2:5). Y su petición ha sido concedida, su intercesión todavía sigue abierta; hay amplia y generosa oportunidad de perdón para todo aquel que lo quiere, pues su mano no se ha acortado para salvar. 

“De cierto te digo hoy, conmigo estarás en el paraíso” (Lucas 23:43)

“Durante su agonía en la cruz, llegó a Jesús un rayo de consuelo”. Habían transcurrido un par de horas desde que las tres cruces habían sido alzadas en el Gólgota. 

Al principio los dos ladrones que estaban a su lado se habían burlado de él (Mateo 27:44), pero al transcurrir el tiempo, los ojos de uno de ellos fueron abiertos y discernió lo que ya era evidente: el que estaba a su lado, era más que un ser humano. Era su esperanza más allá de la muerte.

Probablemente antes había escuchado hablar de Jesús, quizás lo había seguido, veía el cartel sobre su cabeza, recordaba las historias de perdón y sanación que a sus oídos habían llegado, no podía dejar de observar la santidad y pureza de su carácter, y ahora penetraba nuevamente en su corazón la convicción de que era el Cristo. 

La angustia y el dolor se mezclaron con la esperanza, y temeroso pronunció las palabras: “Señor, acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino”. Un momento, ¡¿Señor?! Pocos estarían dispuestos a llamarlo así en aquella hora. Fue con esas palabras, que el ladrón expresó su fe en Jesús como el cordero de Dios, el Mesías Rey. 

Se abandonó a él, y esto fue para Jesús un bálsamo, una evidencia preciosa de que su sacrificio no era en vano.

Es allí cuando Jesús pronuncia su segunda frase. El ladrón depositó su fe en un crucificado, y Jesús le aseguró, crucificado, que estaría con él en su reino. 

Volteó su rostro para dar seguridad y esperanza a un pecador arrepentido. Y fue, quizás, la única persona que, de labios del Salvador, supo con certeza que su herencia le estaba guardada en los cielos. La promesa del Rey era su garantía, la angustia fue disipada, y reposó en completa paz los últimos momentos de su vida.

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Jesús ahora languidecía crucificado, pero luego vendría en gloria. Por eso la frase debe entenderse “te aseguro hoy, que estarás…”. Porque era a esa paradoja que Jesús estaba atendiendo: por confiar en él crucificado, estaría con él en su reino (esto sumado que Jesús tampoco estuvo ese día en el paraíso (Juan 20:17).

Con estas palabras Jesús no actúa como abogado ni suplica a su Padre; echa mano de su autoridad para confirmar al ladrón su futuro glorioso. Aquí Cristo es Salvador y Rey. Es quien trae el reino de Dios y reúne a sus hijos fieles. 

El ladrón compartió la cruz con Cristo, y compartirá algún día con él el Paraíso. De la misma forma, nosotros participamos de la cruz para participar de la gloria (Romanos 8:17).

“Mujer, he ahí tu hijo… He aquí tu madre” (Juan 19:26-27)

La tercera frase de Jesús fue pronunciada cerca del mediodía. Juan había acompañado a María durante toda aquella jornada sombría, y ahora se encontraban juntos al pie de la cruz. 

Al ver a su hijo clavado en el madero María recordaría las palabras que le dijera Simeón hacía casi 30 años: “en cuanto a ti, una espada traspasará tu alma” (Lucas 2:35). Desde que Jesús comenzara su ministerio esta profecía había comenzado a cumplirse, pero ahora la veía en su plena expresión.

En ese instante, Jesús comisiona a su discípulo más allegado el cuidado de su madre. Y le recuerda a su madre que en el amor de Juan hallaría siempre un recordatorio de su amor. 

Jesús estaba por sufrir la hora más difícil de su misión, pero no descuidó proveer para su familia. Para su madre que amaba. 

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46)

Lo que jamás había ocurrido en la eternidad pasada, y jamás ocurrirá en la eternidad futura, ocurrió en el Calvario a partir de la hora sexta. La parte más tenebrosa de la misión de Cristo no era morir, ¡eso era tan solo una mínima preocupación comparada con lo que verdaderamente azotaba su alma!

Jesús había hablado de su muerte en muchas ocasiones. Sabía bien que sufriría y sería clavado en una cruz. Lo que en realidad le producía escalofríos era el pensamiento de lo que podría significar la separación con su Padre. 

Toda la eternidad habían estado unidos por vínculos que nada ni nadie podrá comprender Jamás. Habían existido por siempre, y juntos habían velado por el bienestar de toda la creación, impulsados por un amor infinito. Pero ahora había llegado el momento vaticinado desde el instante en que unieron sus manos con el compromiso de salvar al hombre: la separación.

Parecido a lo que había ocurrido la noche antes en el Getsemaní pero en una medida mucho más profunda y potenciada, Jesús empezó a sentir a partir de la hora sexta cómo todo el peso del pecado del mundo reposaba sobre sus hombros. Y tal como el pecado separa al hombre de Dios (Isaías 59:2), Jesús se sintió desamparado por su Padre.

La sensación era abrumadora y desoladora, Jesús se sentía como un niño pequeño abandonado en medio de la selva amazónica del pecado.

“Cristo voluntariamente se hizo responsable de los pecados de Caín, de Coré, Datán y abiram; de todos los reyes malos de Israel; Herodes, Caifás y Plitato; Hitler, Mussolini, Stalin, Al Capone […] y de toda palabra y acción mala de los miles de millones de personas que han existido, incluyéndonos a usted y a mí” [Kim Johnson, El Regalo, p. 125].

Desesperación y angustia cual nunca había experimentado llenaban su corazón al anticipar que quizás esa separación no sería momentánea, sino… eterna.

Satanás afligía su alma con tentaciones casi irresistibles, diciéndole que ningún hombre podía cargar con el peso del pecado y vivir. Estaría condenado para siempre. Tan devastadora agonía fue para Jesús una eternidad; y lo peor: tuvo que pisar el lagar solo.

Como pudo alzó su voz y en un grito estremecedor clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. 

Jesús y el Padre eran uno (Juan 10:38), pero ahora el crucificado percibía que la distancia entre ambos era abismal, y no había manera en que pudiera ser saldada.

En el bautismo, en el desierto, en la transfiguración, en la visita de los griegos y el Getsemaní, en cada una de esas ocasiones Dios le había recordado su presencia y su aprobación. Mas ahora el Cielo callaba.

Por momentos, Jesús pensó que no había nada más para él después de la tumba. El pensamiento de quedar separado de su padre para siempre quebrantó su corazón. Y sintiendo incluso que el título de “Padre” le estaba quedando grande, suplicó que no le abandonase.

El Padre permitió que la luz del mediodía se mudara en densas tinieblas tan oscuras como la medianoche para ocultar de los ojos humanos la agonía del Hijo. Aunque Jesús no fue consolado por el Cielo en aquella hora, se nos dice que en esas tinieblas estaba la presencia del Padre, junto a la cruz de Jesús. Jamás le dejó solo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19

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“Tengo sed” (Juan 19:28)

La separación de su Padre fue tan agobiante para el Salvador, que apenas podía sentir el dolor físico. Pero cuando finalmente las tinieblas fueron disipadas cerca de la hora novena, Jesús sintió recrudecerse nuevamente sus padecimientos. En tono débil dijo: “Tengo sed”. 

A los ojos de los discípulos, esta frase se convirtió en una evidencia más de su mesianismo. A Jesús le dieron a beber vinagre (Mateo 27:34), tal como lo predijera la profecía (Salmos 69:21, Juan 19:28).

Era el Dios-hombre quien colgaba del madero. Sus labios también se resecaban, sudaba y se cansaba. Fue uno con la humanidad, para poder socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:18). La quinta frase no es la de un abogado, ni mucho menos la de un Rey Salvador; es la de un hombre, un hombre real. 

El primer sacrificio de Cristo, cuyo valor es de por sí un precio infinito, fue despojarse de su gloria para llegar a ser un siervo (Filipenses 2:6-8). Se hizo pobre para que nosotros, por su pobreza, fuésemos enriquecidos (2 Corintios 8:9). Él vivió en la tierra para que nosotros podamos tocar el Cielo.

“Consumado es” (Juan 19:30)

Después de tan dura lucha, Jesús vio la luz. Sintiéndose abandonado por su padre, había perdido la esperanza. Pero por la fe en las evidencias de su aceptación que antes le habían sido dadas, recordando cómo el Padre le había dirigido en cada paso de su obra, y confiando en la victoria del Cielo y la Tierra con su padecimiento y muerte, Jesús gritó una vez más. Ya no un grito lúgubre y desconsolado. Era ahora un grito de triunfo.

Aquel clamor “¡Todo está consumado!”  retumbó en el monte y retumbará por todas las edades. El Cielo, que había ocultado su rostro para no ver al Salvador en su hora más dolorosa, ahora celebraba de júbilo por la victoria del Rey. 

La obra que el Padre la había dado que hiciese había sido completada (Juan 4:34, 17:4-5), el sacrificio perfecto había sido provisto, el cordero había sido inmolado, la justicia de Dios satisfecha, y se abría ahora para el hombre y el universo un panorama diferente; un panorama de gozo.

A pesar de la traición, el abandono, los insultos, el maltrato, los golpes, el dolor, la cruz, los clavos y látigos, las burlas y las fieras tentaciones, nada consiguió desviar al Salvador de su propósito. Mantuvo su pureza y bebió de la copa; el plan de salvación había sido consumado. La sexta frase de Jesús, es la de un vencedor. Cristo es vencedor.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46)

Y ahora el Hijo reposa en las manos de su Padre. Con las palabras del Salmo 31:5, Jesús encomendaba su vida y su futuro al Dios del Universo, a quien había amado y servido durante toda su vida. Por la fe creyó que había vida mucho más allá del sepulcro. Y, quizás con una sonrisa en su rostro, el Salvador inclinó su cabeza y murió.

La formalidad del “Dios mío, Dios mío” ha sido reemplazada nuevamente por el cálido título de “Padre”. La paz volvió al corazón de Cristo, y nada podría mantener su cuerpo en la tumba. Su vida estaba en las manos del Padre.

Gloria brilló alrededor de su cuerpo colgante, hubo un gran terremoto, truenos y relámpagos, el velo del templo se rasgó, los animales huyeron. La naturaleza desbocada reconocía lo que había sucedido: Dios había muerto. 

No sé qué opinas tú, pero yo estoy convencido que éstas no fueron las últimas palabras de cualquier persona. No fueron las palabras de otro moribundo más. Solo el Dios Salvador podría haber dicho cosas como estas antes de morir. Cada una de las escenas está llena de solemnidad, y cada palabra cargada de significado.

Conclusión

Las últimas palabras de una persona nos dicen mucho acerca de ella. Pero el caso de Cristo probablemente no tenga comparación. Al releer las últimas 7 frases que dijo en vida, estando colgado en la cruz, no puedo dejar de contemplar la perfección, la hermosura del Salvador. 

Sinceramente, creo que si sólo tuviésemos esta parte de los evangelios sería suficiente. Me siento abrumado ante la belleza de Jesús y la magnitud de su sacrificio. Lo que estuvo dispuesto a afrontar, con tal de redimirme.

¿Te das cuenta, querido lector? En la cruz estuvo la misericordia, el perdón, la justicia, la intercesión, la promesa, el Rey, el Mesías, el hijo humano amante, el hombre real, el Dios real, el vencedor… 

Si Jesús no es suficiente para ti, ¿qué puede serlo?

Al menos algo queda claro: tú sí que eres suficiente para él. 

¿Quieres aceptar su perdón y estar con él también en el Paraíso?