¿Son bíblicas las maldiciones generacionales?

maldiciones generacionales

«Maté a tantas mujeres que ya ni podía llevar la cuenta».

Gary Leon Ridgway nació el 18 de febrero de 1949 en Salt Lake City, Utah; pero se crió en SeaTac, Washington. Con una estatura de 1,55 metros, contextura de 70 kilos, bigote poblado, lentes y un rostro afable, Gary no tenía la pinta propia de un asesino serial. Pero el 18 de septiembre de 2003 se encontraba en el estrado, confesando haber matado al menos 49 mujeres entre 1982 y 1998.

En 1983 la policía empezó a hallar cadáveres de mujeres de 15 a 35 años estranguladas en distintos parajes, pero especialmente en las cercanías del River Green. El modus operandi recurrente y la victimología les llevó a concluir que se trataba de un asesino en serie. 

En los siguientes años continuaron apareciendo cuerpos, con intervalos de tiempo irregulares. Sin embargo, los asesinatos fueron perpetrados de tal manera que la evidencia era mínima, e incluso la labor de identificar a las víctimas era compleja.

En 1987, Gary, quien se hallaba trabajando pintando vehículos en una fábrica de buses, fue arrestado por la policía como presunto sospechoso. Una ausencia de su trabajo injustificada que coincidió con la desaparición de una víctima condujo  a la policía hacia él. Pero Gary superó sin problemas dos veces la prueba del polígrafo, y al no encontrar nada irregular en su domicilio, se vieron obligados a soltarlo.

Casi veinte años después de los primeros homicidios, en 2001, el Sheriff Dave Reichert, quien estuvo a cargo de la investigación desde un inicio, decidió reevaluar toda la evidencia encontrada hasta la fecha con exámenes de ADN –que eran una novedad para el momento–, y al examinar restos de semen en tres de las víctimas, la prueba arrojó una coincidencia con un tal Gary Leon Ridgway. 

Sin pérdida de tiempo investigaron en los registros y notaron que el individuo había sido arrestado, interrogado y soltado en 1987 por falta de indicios criminales. Inmediatamente enviaron una patrulla a buscarle al trabajo y Ridgway fue arrestado el 30 de noviembre del 2001.

La evidencia directa del ADN y la evidencia circunstancial de rastros de pintura, consiguieron relacionar a Gary con al menos 8 de los homicidios. Por tanto, el «Asesino de Green River» –como se le había apodado– acordó confesar ser el perpetrante de los 49 homicidios y ayudar a encontrar todos los cuerpos, a cambio de evitar la pena de muerte. 

Luego de dos años, en septiembre del 2003, Gary Ridgway confesó en el juzgado sus hechos ante los familiares de las víctimas.

Él planeaba asesinar a todas las prostitutas que pudiera, sabiendo que esa clase de víctimas en especial, pocos reportarían como desaparecidas. Las observaba en su coche de camino al trabajo, las subía a su automóvil, dialogaba con ellas y simpatizaba con sus necesidades. Luego las llevaba a un lugar apartado, las forzaba sexualmente, las estrangulaba, y agrupaba los cuerpos en distintos lugares, para luego volver a practicar la necrofilia con ellos. 

Después de la horrenda confesión de Gary, el juez, incluso, permitió que los familiares le hablaran directamente, y muchos de ellos descargaron su furia en insolencias y maldiciones sobre él. 

Finalmente, aunque Ridgway consiguió evitar la pena de muerte, fue condenado a 49 cadenas perpetuas consecutivas, sin derecho a libertad condicional, que en la actualidad todavía está cumpliendo en la penitenciaría de Washington, ¿Sorprendente? Y en realidad se especula que el número de víctimas del asesino de Green River podría girar alrededor de las 200 mujeres. 

Después de leer esta historia, y en vista que Gary todavía está pagando su cadena perpetua #1, pienso: ¿Cómo puede la justicia ser satisfecha ante tales atrocidades? ¿Es suficiente para los familiares verle condenado a un alto número de cadenas perpetuas cuando, al final, saben que solo podrá cumplir una sola? Estos maniáticos nunca podrán pagar todo lo que hicieron en esta vida, a menos que… ¡Sigamos el «principio Divino» de la justicia! tal como lo entienden algunas personas con su concepto de las maldiciones generacionales.

¿Cómo sería esto? Bueno, una opción «justa»  consistiría en que, en vista de que Gary fue juzgado merecedor de 49 cadenas perpetuas, pero solo puede cumplir una, nos quedan restando 48. 

Por tanto, para que la justicia sea satisfecha, cuando él muera, su hijo Mathew debería pagar la siguiente. Luego su nieto, su bisnieto, tataranieto, tataratataranieto, etc. Hasta terminarlas. Porque, al fin y al cabo, Dios visita “la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera o cuarta generación” (Éxodo 20:4, 5). Pero como este hombre fue tan malo, podríamos permitir que el castigo continúe un poco más, ¿No es así?

¿Una gran idea verdad? ¿No estaríamos aplicando verdadera justicia de esa manera? Creo que más de uno nos sentiríamos un poco incómodos con esta clase de ejecución de «castigos generacionales» por hechos en los cuales la posteridad no ha participado. ¿Puedes imaginar que sobre ti reposara el castigo correspondiente a la décimo octava generación desde tu ancestro Rodrigo que cometió grandes males? ¡Cuánta justicia! Pero, ¿No es esta la manera como cierta clase de personas alegan que Dios actúa?

Maldiciones generacionales, ¿Qué son?

Las maldiciones generacionales son entendidas en algunos círculos religiosos –especialmente contemporáneos– como una especie de ataduras espirituales místicas que recaen sobre los hijos derivadas de los padres debido a sus pecados. 

Según ellos, estas maldiciones son producto de un pecado cometido recurrentemente que, o se transmite genéticamente a la descendencia, o está asociada con un espíritu o demonio «familiar» del cual la progenie tiene que desligarse con ciertos métodos prescritos.

Estas cadenas se pueden manifestar de distintas maneras, ya sea como el impulso o la tendencia a repetir los mismos pecados de los padres, adicciones, castigos, problemas financieros, de salud o de cualquier otra índole. De manera resumida, son consecuencias notables de cualquier tipo que son heredadas a los hijos, no por la responsabilidad individual, sino como la expresión de una maldición originada en los padres que se transmite a la descendencia hasta que se rompa la atadura.

Es necesario destacar que estas maldiciones no son interpretadas como influencias naturales del ambiente o la crianza, más bien como maleficios de índole sobrenatural que inexorablemente esclavizan a la descendencia. 

Ni aún el creyente en Cristo es liberado de éstos por su fe, sino que debe estudiar su árbol familiar para descubrir cuál es o cuáles son los males que pesan sobre él, pedir perdón por ellos y pasar por algún tipo de ritual de liberación.

La pregunta es, ¿Armoniza esta doctrina con el más puro sentido de la justicia? ¿Con el carácter de Dios revelado en la Palabra? ¿Con las declaraciones bíblicas respecto a la responsabilidad y el castigo por el pecado? Eso debemos mirar a continuación. 

El sentido de justicia

Recuerdo que en mis años de colegiatura tenía un compañero de clases llamado Leonardo. Cuando cursábamos el 4to grado, Leonardo empezó a ser conocido como el «Sr. Justicia», apodo que le colocó nuestra profesora ese año. 

El asunto es que él parecía tener una obsesión con el tema de aplicar siempre una justicia limpia y verdadera. Por tanto, cada vez que la profesora amenazaba con tomar una determinación incorrecta a sus ojos, Leonardo reclamaba «justicia».

Recuerdo de manera especial que aquella profesora constantemente ofendía el sentido de Justicia de Leonardo cuando, por algún hecho ocurrido dentro del salón, ella decía: “Por uno pagan todos”. Eso era inadmisible para él. 

¿Cómo era posible que por la desobediencia de un estudiante todos fueran tratados como culpables? Peor todavía, que estudiantes que actuaron  justamente tengan que llevar ahora la culpa. De cierta manera, esta frase común entre los profesores ilustra lo que es la personalidad colectiva (ver más abajo). 

Lo cierto es que a los seres humanos nos encanta que se nos haga justicia. La exigimos porque creemos es un derecho que merece tener todo aquel que obra con rectitud. El que hace lo bueno, merece ser tratado con bondad; mientras que el que hace lo malo, merece recibir el castigo. Cuando los papeles se confunden, y las personas reciben lo que no merecen, se ve perjudicado el orden moral.

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El conflicto se da cuando reconocemos que, en realidad, este orden existe sólo parcialmente en nuestro mundo. Pues son muchos los justos e injustos que son tratados como no merecen. El íntegro recibe castigo, y el deshonesto es recompensado. 

Sin embargo, este orden de cosas per se de un entorno humano falible, no sería concebible que acontezca también en la esfera de la perfección Divina. A esta escala se espera, por lo menos, que la justicia sea imparcial.

Es precisamente allí donde la doctrina de las maldiciones generacionales ofende los sentidos refinados. Que “por uno paguen todos” no parece ser la justicia infalible de un sistema moral equilibrado. Porque, si bien es cierto la justicia falla cuando es aplicada por el ser humano, no se espera que Dios premeditada y deliberadamente permita que el castigo que amerita el pecado del hombre injusto sea llevado por el hombre justo. 

Lo que sí entra dentro de nuestra definición de justicia es el elemento consecuencias. Si yo que soy injusto tomo decisiones y daño mi vida, las consecuencias para mi entorno y mi posteridad son inevitables. Así como a la inversa, si soy justo, mi vida y sus consecuencias podrán ser de bendición para el entorno y mi posteridad. Las consecuencias forman parte de la justicia, tal y como el perdón de un agravio no elimina las consecuencias que éste provoca. 

Pero el meollo del asunto es que, tales consecuencias son naturales e inevitables. Como el hecho de que el hijo de Gary Ridgway no tendrá una vida fácil por la influencia y las decisiones de su padre. 

No así con los resultados de las «maldiciones generacionales» tal como son entendidos por algunas personas, donde Dios es visto como la causa activa del mal que acarrea el pecado del injusto sobre el inocente. 

El principio según el que actúan las« maldiciones generacionales», es arbitrario y antagónico a toda moralidad. Como si nosotros obligáramos al inocente Mathew Ridgway que siga pagando la condena de su padre por un decreto judicial, o que sin libertad de elegir continúe con su legado homicida hasta que le suceda algo que sí satisfaga nuestro concepto de justicia.

En un mundo donde el pecado ha distorsionado el discernimiento del hombre de lo bueno y de lo malo, es permisible que las personas no reciban siempre lo que merecen; es permisible, incluso, que Dios por ahora –a causa del albedrío del hombre y el gobierno satánico (Juan 14:30)– no pueda dar a cada uno de acuerdo a sus obras. 

Que el inocente sufra y el injusto triunfe es permisible, sí. Pero lo que es inaceptable es que el inocente reciba un castigo por causa del culpable. Que arbitrariamente hagamos pagar al justo por el injusto, es totalmente contrario al principio de justicia.

Es por esto que la creencia contemporánea acerca de maldiciones o ataduras místicas no cuadra con el sentido más puro de la justicia; lo contraría de manera tal que aún dentro de un entorno humano falible no sería aceptable. Mucho menos que el Dios del universo actúe con normalidad dentro de estos estándares. 

Esto nos lleva a preguntar, ¿Existe congruencia entre el carácter revelado de Dios y los principios que se desprenden del concepto de «maldiciones generacionales»?

¿Cómo es el carácter de Dios?

Un principio hermenéutico sólido y seguro es cotejar cualquier pasaje bíblico específico con el panorama general de la Escritura sobre cierto tema. En este sentido, cualquier cosa que pensemos afirmar sobre Dios debe estar acorde con todo el cuadro general que de la Biblia surge sobre él. 

Es significativo que los pasajes principales usados como fundamento de la creencia en maldiciones generacionales son aquellos donde Dios habla de su carácter. Por ende, planeamos pelar el ojo en esta sección al carácter de Dios revelado en tales pasajes y compararlo con el panorama general de su Palabra.

El carácter es el conjunto de cualidades psíquicas y afectivas que condicionan la conducta que cada individuo y le distinguen de los demás. Así que, ¿Cuáles son esas cualidades, esas condiciones inherentes a la naturaleza de Dios que impulsan su conducta y su trato con el hombre?

Un examen del carácter de Dios a la luz de la Biblia está obligado a comenzar por la frase profunda y sentenciosa de Juan. “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:8). Y debe proseguir con la declaración hecha por Daniel en aquella oración memorable. “Porque Jehová nuestro Dios es justo en todas sus obras que hace, porque no obedecimos su voz” (Daniel 9:14).

Reuniendo estos dos pasajes, tenemos un boceto bastante próximo al modelo original: Dios es amor y es justicia. En realidad, la justicia es parte de su amor, pero para nuestros fines es más conveniente tratarlos separados. 

Podríamos decir que Dios es semejante a la madre que ama entrañablemente a su hijo, pero no por eso olvida la disciplina y la justicia. Al contrario, sabe que para formar un hijo con un carácter sólido, ambos principios deben ir de la mano. 

Tal como la madre para con su hijo, en el caso de Dios el sentido del amor supera al de la justicia. Por eso vemos que, en ocasiones, cuando la situación ameritaba la aplicación de una justicia inexorable, la misericordia Divina se manifiesta para con el hombre abundantemente. Toda la historia de Israel es testimonio de esto, pero un ejemplo práctico es el conocido relato de la adoración del becerro de oro en Éxodo 32-34. 

El evangelio mismo desarrollado en plenitud en el NT habla también de una gracia que es preeminente a la justicia. El pecado del ser humano exige condenación, pero en lugar de darle lo que merece Dios pone en acción un plan maestro para ofrecerle salvación eterna. 

¿Y eso no es injusto? ¡Allí está lo más maravilloso! Este plan Divino fue formulado de tal manera que cumple todo el requerimiento de la justicia, y a la vez, salva al hombre pecador.

Si reunimos estos elementos, el panorama es claro. Dios ama con una fuerza superior a la de la muerte (Cantares 8:6), pero no por eso invalida o pasa por alto la justicia, que es el fundamento de su trono (Salmos 89:14). Ese es el carácter de nuestro Dios: Infinitamente amoroso, e invariablemente justo.

Pero, si Dios obra siempre con justicia, ¿Actuará Él de manera tan contraria al sentido moral que todos los seres humanos respetamos como normativo? ¿Es posible que su carácter se contradiga a sí mismo de esa manera? Por otro lado, ¿Dónde queda su amor y misericordia cuando, sin problemas, ocasiona que un individuo cargue con el castigo de un mal que no cometió? ¿Le escucha Dios orar y piensa: “Lo siento, no puedo ayudarte hasta que te liberes de la maldición que te impuse”?

Definitivamente, el carácter de Dios no puede ser armonizado fácilmente con la creencia en estas «maldiciones generacionales». 

Y es en el contexto del amor y la misericordia superabundante de Dios –que no deja de lado un principio sólido de la justicia– que debe evaluarse toda declaración y narrativa bíblica que demuestre algún atisbo del carácter de Dios. Esto es lo que haremos con Éxodo 20:5, 6; que es el pasaje fundamental para la doctrina de las maldiciones generacionales.

Dios revela su carácter

Este pasaje de Éxodo, en el contexto de la entrega de los 10 mandamientos, es la piedra de toque de la revelación que Dios hace de sí mismo en el pentateuco, constituye el antecedente para la revelación posterior en Éxodo 34:6, 7 y ambos encuentran abundantes ecos en todo el Antiguo Testamento; lo que habla de la gran importancia que se le confiere dentro del mensaje canónico. 

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El pasaje dice: “No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos” (Éxodo 20:5, 6). 

Con una simple lectura superficial, este texto puede crearnos dudas. Pero hasta ahora hemos visto que el puro sentido de la justicia y el carácter de Dios testifican en contra de las «maldiciones generacionales». 

A partir de ahora, evaluaremos algunos detalles que abren más claramente a nuestra mente la compresión de este pasaje. Un comentario sobre el contexto será necesario.

Todo apunta a que Dios se relacionó con Israel no como hubiese querido, sino como ellos necesitaban que lo hiciera. Es decir, en un mundo que estaba perdiendo vertiginosamente el conocimiento del Dios verdadero, Dios escoge a Israel para preservar su luz, pero este pueblo no era nada ideal cuando Dios le redimió de Egipto, todo lo contrario. 

Por tanto, Dios tiene que revelarse a ellos de tal manera que, en medio de un contexto cultural totalmente desfavorable, ellos pudiesen entender algo del carácter de Dios.

Es por esto que la relación de Dios con Israel es semejante al padre que no puede explicarle a su hijo todas las cosas sobre el mundo de un solo trancazo; más bien, progresivamente le va enseñando más y más sobre sí mismo. 

Debido a esto, es comprensible que en el Sinaí Dios se aboque a «sorprender» y hasta «asustar» al pueblo con manifestaciones portentosas llenas de drama: Fuego, gloria, humo, sonidos de bocinas, voz retumbante, santidad y peligro de muerte…. Pues Dios necesitaba ganarse el corazón de estos ex esclavos nacidos en un país pagano. 

Es a través de este cristal de una revelación progresiva y adaptada a las necesidades de Israel y su entorno cultural, que debemos mirar este pasaje. Pero antes de continuar evaluándolo, es necesario que hablemos de la «personalidad colectiva».

La «personalidad colectiva» en Israel

Antes de volver a examinar Éxodo 20:5, 6 necesitamos prestar atención a algunas consideraciones adicionales que arrojarán mucha luz sobre el pasaje en sí y el entendimiento de las «maldiciones generacionales». Comprender la «personalidad colectiva» será un importante primer paso. 

Como dijimos en la sección anterior, Dios se reveló a Israel dentro sus propios parámetros culturales para llevarle desde el punto mismo donde ellos se encontraban –cuando fueron liberados de Egipto– en una escalera ascendente, a medida que pudiera revelarles más del ideal y la voluntad Divinas. 

Y uno de los elementos culturales arraigados a su cosmovisión enmarcada en el Antiguo Cercano Oriente cerca de 1500 años antes de Cristo, era la «personalidad colectiva». Dios, por eso, se revela a ellos dentro de estos mismos esquemas de pensamiento, que eran la norma para la sociedad israelita. Pero, ¿Qué significa? 

Según la cultura antigua, es la creencia de que la «personalidad» de un individuo, que se entiende como el núcleo vital de su existencia, es capaz de extenderse mucho más allá de sí mismo en tiempo y espacio.

Se extiende en el espacio llegando a englobar a sus pertenencias, familia y nación. Se extiende en el tiempo porque puede permanecer sobre su descendencia aún después que muera. A nosotros, occidentales, y con casi 3000 años de distancia, esta manera de pensar nos parece arcaica y extraña. 

Sin embargo, Dios se reveló y actuó con este pueblo precisamente dentro de los estándares que ellos consideraban aceptables dentro de un esquema de «personalidad colectiva».

Algunas historias bíblicas ilustran muy bien la «personalidad colectiva». La primera de ellas es Génesis 18:16-33, donde ante la develación de su propósito de destruir Sodoma y Gomorra, Abraham «negocia» con Dios teniendo la «personalidad colectiva» como presuposición básica. Nunca se dice nada de salvar al justo y destruir al malvado; más bien, se discute si destruir a toda la ciudad por causa de los malos, o salvarla por causa de los justos.

Otra historia importante que ejemplifica esta manera de pensar por partida doble se narra en Josué 7. Acán había pecado tomando para sí de las cosas que Dios prohibió y las había escondido debajo de su tienda. Su «personalidad» y su pecado se extienden a todo Israel, y en consecuencia, son derrotados en su primer intento de tomar Hai. 

La segunda aplicación de este esquema cultural se pone en evidencia después, ya que no solo Acán fue cortado del campamento, sino toda su familia y sus posesiones; a los cuales, según se consideraba, abarcaba su «personalidad».

Una última historia, más reveladora aún, se narra en 2 Samuel 21. Saúl había quebrantado el juramento hecho por Josué a los gabaonitas. Así que la «personalidad» de Saúl se extendió sobre todo el pueblo que él representaba como rey, aún después de muerto, y vino sobre Israel una hambruna de 3 años. 

David llama a los gabaonitas y ellos piden que se les entreguen 7 hombres de la casa de Saúl para ahorcarlos. Abarcando nuevamente a todo Israel con su «personalidad colectiva», David accede. Los hombres son ahorcados, los huesos de Saúl y Jonatán reciben un digno entierro, y solo después de esto la Biblia dice que “Dios fue propicio a la tierra” (2 Samuel 21:14). 

Esta narrativa, llena de elementos ajenos a nuestros paradigmas de pensamiento y comportamiento, y especialmente la manera como Dios obra en ellos, solo puede ser comprendida a través del cristal de la «personalidad colectiva».

Esto ilustra que Dios fue muy celoso en actuar justamente dentro del esquema de pensamiento existente en Israel. Si en Israel la norma era la «personalidad colectiva», Dios debía ser cuidadoso en defender la justicia precisa dentro ese marco, de otra manera Israel podría concluir peligrosamente que Dios no era en realidad justo como decía. [Ver Alden Thompson, ¿Hay que tenerle miedo al Dios del Antiguo Testamento?, 128-132].

De lo colectivo a lo individual

A pesar de que Dios condescendió a actuar dentro de los parámetros culturales que Israel aceptaba como normales y justos (y esto aplica para prácticas como la esclavitud, la poligamia, y otros), el propósito de Dios era llevarles desde allí, progresivamente, a una condición de armonía con su plan verdadero para el hombre. 

En cuanto a la «personalidad colectiva», vemos este progreso a lo largo del canon bíblico. De hecho, ya en períodos posteriores Dios confirma lo que había establecido en cuanto a la justicia en Israel en Deuteronomio 24:16. Ezequiel 18:2 y Jeremías 31:29-30 son las «puntas de lanza» del progreso hacia un pensamiento individual en lugar de colectivo. Allí el Señor desmeritaba por completo un dicho popular en Judá, que afirmaba los hijos habían sufrido el castigo por los pecados de los padres.

La personalidad colectiva finalmente es decretada ineficiente, y se afirma que “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo” (Ezequiel 18:20). 

Pero esta revelación Divina se da después de varios siglos del Sinaí, y tuvo que pasar un buen tiempo para que el pueblo de Dios llegase a entender el principio retributivo de una justicia individualista.

Más tarde, el Nuevo Testamento expone un ejemplo que muestra que la personalidad colectiva no había muerto por completo aún. Jesús es cuestionado por sus discípulos acerca de la causa que provocó que un joven naciese ciego. Se decía en aquel momento que un bebé podía tener pensamientos perversos en el vientre de su madre, así que podía cometer pecado. De allí la pregunta: “Rabí, ¿Quién pecó; éste o sus padres?” (Juan 9:2). 

Pero Jesús en su respuesta da a entender que desestima cualquier consideración respecto a la personalidad colectiva como causa del mal que sobre él pesaba. Y mucho menos la posibilidad del pecado del bebé en el vientre. 

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Su respuesta solamente alude a la gloria de Dios que estaba por manifestarse en aquel joven (v. 3). En lo sucesivo, el NT guarda completo silencio en cuanto a la «personalidad colectiva», simplemente se da por desechada. 

Es interesante notar que, en lugar de progresar en la revelación Divina, los que defienden las maldiciones generacionales solo están volviendo a una idea pagana arcaica que Dios respetó en los tiempos incipientes de Israel como pueblo, pero desde la cual quería llevarle a un conocimiento más próximo a la plenitud. 

Sin embargo, la comprensión de este elemento cultural en particular abre un panorama amplio para la correcta interpretación de los pasajes difíciles y las historias del Antiguo Testamento. Este es el caso del texto en cuestión.

Volviendo a Éxodo 20:5,6

Después de analizar la «personalidad colectiva» como un factor importante que influye sobre nuestra comprensión del significado del pasaje de Éxodo, hemos de volver a él y aplicar nuestras conclusiones. Enumeraremos algunos puntos.

En los tiempos incipientes de la historia de Israel, Dios se les reveló actuando dentro del esquema de justicia que ellos reconocían como norma: La personalidad colectiva. Por tanto, nuestro análisis sobre el significado de Éxodo 20:5,6 debe tomar en cuenta la progresión de la revelación; que todavía no era una realidad.

En este caso específico, cuando Dios habla de “guardar” el pacto y la misericordia o visitar la maldad sobre las generaciones sucesivas está hablando en términos de «personalidad colectiva». Según esta manera de pensar, Dios aplicaba justicia al bendecir todo aquello a lo cual la «personalidad» del obediente abarcaba. Pero la justicia exigiría que de la misma forma se hiciese con el desobediente.

Pero Dios deja en claro que la misericordia y el amor que está dispuesto a extender es proporcionalmente infinitamente más abundante. El propósito de Dios aquí no es establecer una ley inapelable e inmisericorde que implica su «desquite», castigando hasta la cuarta generación del hombre que comete pecado; sino hacer entender a Israel la primacía de su amor, incluso sobre su justicia, en sus propios términos de la «personalidad colectiva».

De acuerdo al contexto histórico, Dios acababa de liberar a Israel de una nación pagana caracterizada hasta los tuétanos por el politeísmo; es natural entonces que cuando da los 10 mandamientos en el Sinaí, se reafirme como un Dios “celoso” al legislar sobre la idolatría. Se trataba de un mal bastante sensible en el pasado de la historia de Israel, y Dios sabía que lo sería en el futuro.

En los primeros tiempos de la vida de Israel Dios no podía «suavizar» el carácter de su justicia y santidad, ya que como nación se verían asediados incesantemente por presiones culturales que les incitarían a la maldad, la perversidad y el pecado. Era preciso que Dios hablara de su amor magnánimo, pero también de su justicia fiel en la forma más elevada que ellos podían entender.

Cuando el pasaje dice “de los que me aborrecen”, el verbo hebreo es un participio activo. Por lo tanto, podría traducirse “de los que continúan aborreciéndome”. El pasaje no da a entender que Dios juzga a los descendientes inocentes de los padres culpables, sino que Dios es fiel en su retribución a la maldad de las generaciones que perseveran en su desobediencia a sus mandatos.

Pero ya que esta revelación se dio en los primeros tiempos de Israel, y luego la «personalidad colectiva» fue sustituida por el concepto de retribución individualista, este pasaje solo debe ser entendido como una expresión de los dos elementos principales del carácter de Dios: Amor supremo que perdona y guarda el pacto, y justicia fiel.

El breve estudio que hemos hecho sobre Éxodo 20:5,6 ha establecido que no es posible fundamentar el concepto de «maldiciones generacionales» sobre la base de él, ni sobre ningún otro pasaje de la escritura que demuestre estar usando el principio cultural de la «personalidad colectiva». 

Además, al unir estas conclusiones a lo dicho sobre el principio puro de la justicia y el carácter de Dios, hemos de concluir que no existió en el pasado ni existe en el presente tal cosa como estas «maldiciones».

Las maldiciones generacionales que sí son bíblicas

Hay algo más que se observa en Éxodo 20:5, 6 y de lo cual da testimonio el AT y la Biblia en su totalidad. Las maldiciones generacionales que sí son bíblicas son, nada más y nada menos, que las consecuencias naturales y la influencia de las decisiones y los caminos pecaminosos de los individuos.

En este pasaje de Éxodo, particularmente Dios estaba previniendo a su pueblo del peligro que les acecharía en el futuro, y que llegaría a causar su ruina nacional: El peligro de la influencia idolátrica. 

Cuando los padres se dejaran seducir a adorar imágenes u otros dioses, sería casi imposible que sus hijos no siguieran la misma conducta. No por una atadura espiritual, sino por la influencia de la conducta de sus padres y su entorno de crianza. 

Cuando esto sucedió, la historia bíblica muestra que Israel nunca logró librarse de estas influencias que se inmiscuyeron dentro de la nación, hasta después de regresar del exilio. La idolatría fue un mal que no pudo ser desarraigado por completo, y esto gracias a las decisiones desobedientes de los padres, que no podían dejar de tener una fuerte influencia sobre el comportamiento de los hijos.

Esta clase de «maldición generacional» sí es bíblica. Pues Dios no obraría milagros para librar al pueblo de las consecuencias de sus actos. Pero su gracia y misericordia continuarían estando disponibles para ellos, ya que Él es un Dios que “perdona la iniquidad, la maldad y el pecado” (Éxodo 34:7). Esto se deja ver, por ejemplo, en la historia de la caída de los hijos de David, y pasajes como 1 Reyes 21:29, donde Dios perdona a Acab por su arrepentimiento, pero su mala influencia fue tan extendida sobre su casa y el pueblo que la retribución tarde o temprano tendría que llegar. 

De hecho, la historia de la mayoría de los asesinos seriales testifica de esta influencia perniciosa. El mismo padre de Gary Ridgway, Thomas, era chofer de bus, y sentía un odio profundo hacia las prostitutas. Esto causó una honda impresión en la mente del niño, que además era abusado física y psicológicamente por su madre, Mary Rita, a tal punto que llegó a sufrir de incontinencia urinaria por el miedo que sentía hacia ella. 

La influencia directa de las palabras y el comportamiento de ambos padres trajeron una «maldición generacional bíblica» sobre su hijo, y le convirtieron en un asesino de prostitutas. Esta comprensión, bien fundamentada en la Biblia y en la historia, se ilustra con las palabras del apóstol Pablo: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? (1 Corintios 5:6).

Conclusión

Las maldiciones generacionales, tal como son entendidas por algunos grupos cristianos, no son bíblicas. El principio propio de la justicia, el carácter de Dios, el pensamiento colectivo incipiente de Israel, la evidencia del resto del canon, y los elementos importantes del pasaje de Éxodo 20:5, 6 así lo confirman. 

Pero lo que sí es bíblico, es la influencia inevitable y las consecuencias que la vida pecaminosa de un individuo trae sobre su entorno y su posteridad. Sin embargo, y a pesar de esto, Dios continúa extendiendo su misericordia a millares.

Toda persona, sea cual sea su trasfondo familiar y las influencias que han estado presentes en su vida, si ha aceptado a Jesús y confía en su poder de salvarle del pecado y llevarle a la santidad, puede repetir con seguridad las palabras del apóstol Pablo: “Ahora pues, ninguna condenación [o maldición] hay para los que están en Cristo Jesús; los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

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