La mujer con flujo de sangre y el Toque de Fe

Escuchar la misma historia contada por tres personas diferentes resulta muy interesante. Los cambios que se producen conllevan a conceptualizaciones diferentes del relato. Puede ser un cambio de un simple detalle o un giro total de la historia. Al comparar los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) se observa una maravilla de relación y en algunos casos, diferencias no tan sutiles . Así veremos la historia de “el toque de la fe” o la mujer con el flujo de sangre. 

¿Qué estaba pasando?

Jesús venía de Gadara, aunque había realizado un gran milagro allí, su salida fue auspiciada por las personas de la región. Al llegar a la orilla occidental muchas personas le esperaban, llenas de ánimo y regocijo. Llegó a sanar a un paralítico, después llamó a seguirle a un  cobrador de impuestos llamado Leví, que pasó a llamarse Mateo. Fue a la casa de este discípulo, mientras explicó unos parámetros del ayuno verdadero.

En ese lugar lleno de publicanos llegó un señor anciano y jefe de la sinagoga. Con angustia le pidió a Jesús que fuera a su casa para sanar a su hija. Toda la multitud salió con Jesús a la casa del alto rabino, lo más seguro es que se encontraba a poca distancia. En ese trayecto, lento por la multitud, ocurre la historia competente.

Un pasado tormentoso

Los tres evangelios comienzan la breve intromisión con: “… una mujer, que durante doce años había padecido de hemorragia…” (Mat 9:20;Mar 5:25; Luc 8:43). Aquí ya consentimos en una vida, por lo menos esos doce años, bastante desdichada. En nuestros días quizás podríamos denominarlo una menorragia muy grave. 

Al leer la palabra hemorragia o flujo de sangre -según la versión bíblica estudiada- podemos imaginar la angustia de la mujer. Conocemos el proceso natural de la menstruación, además de diferentes anomalías que pueden ocurrir en esos días, desde cambios hormonales drásticos, dolores de cabeza, acné, gases. 

Sin conocer las condiciones naturales de la mujer, atribuir el hecho de padecer flujo de sangre en cualquier momento del día, sin una razón médica, ni cura (Mar 5:26)con un desgaste físico y emocional cada vez mayor. Posiblemente aborrecida por su familia, es una carga muy alta, pero puede aumentar aún más. 

Levítico 15:19-23 específica normas muy claras sobre cómo hacer en el período menstrual. Vemos una lejanía del esposo, no solo en el contacto físico personal, sino en el lugar. No podían dormir juntos, hasta debía procurar no sentarse donde se sentó su esposa. Aunque no sabemos si ella estaba casada, la sociedad la veía y caracterizaba con una palabra: impura.

Levítico 15:25-30 aplica directamente a ella. Toma cada una de las normas anteriores y las aplica en caso de flujo (no por menstruación), sino por cualquier causa ajena a este ciclo. Podemos obtener vislumbrar una vida pesada, triste y muy solitaria. Si no tenía hijos, pues no podía tenerlos hasta librarse de tan grande problema y si los tenía, no podía acercarse a ellos. 

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Hechos relevantes del texto

Hay un aspecto a destacar. Sólo el evangelio de Mateo marca este hecho en su cronología exacta, Marcos  y Lucas, se acercan, pero omiten algunos hechos antes de la llegada de Jairo. Sin embargo, Mateo no describe los esfuerzos pasados de la mujer para curarse, al cambio Marcos y Lucas sí (Mar 5:26; Lucas 8:43). 

Otro hecho importante en la comparación de los evangelios es la palabra utilizada para reflejar el flujo de sangre en su idioma original. Marcos y Lucas usan dos palabras sustantivas separadas para dar a entender un hecho sobre la mujer, rusei (fluido) y aimatos (sangre). El caso de Mateo es más interesante. En el versículo 20, la palabra utilizada es aimorrousa (flujo de sangre o hemorragia), lo particular es que es un  verbo en participio presente, queriendo decir Mateo lo actual de la enfermedad. 

Este verbo muestra en su sintaxis la perjudicial de la vida de la mujer en ese momento. Al ser una acción lineal tiene en sí misma una carga de presión para la mujer en ese momento. Pero, ella tenía una esperanza en un pensamiento fijo: “Si tan sólo tocara el su manto, quedaré sana” (Mar 5:28). Pareciera una forma muy corta de pensar, porque es Jesús quien tiene poder, no el manto. 

El versículo 27 nos da la razón correcta de este pensar. No era su fe en tocar el manto, era la fe que tuvo en Jesús “Cuando oyó hablar de Jesús..” y por lo menos si toco el borde su manto, seré sana. Esta fe tiene un punto importante para aclarar  desde la perspectiva bíblica. 

En el libro de Números 15:37-41 hay mandato de Dios para el pueblo, donde les exhorta a tener un borde en la ropa con un cordón azul. Se llama “tzitzit” entre los judíos, y era para recordar los mandamientos de Dios y cumplirnos. Cuando la mujer pensó “aunque fuese el borde de su manto”, se refería a esta parte de la borla ritual. 

De igual forma, en una interpretación muy oriental y mesiánica, se lee Malaquías 4:2 como fundamento para la fe de la mujer. “…Y en sus alas traerá sanidad…”Es para muchos una interpretación realizada cuando ella recordó este pasaje, relacionando los cordones con el final de un ala, dando una fe no incierta. Al menos si tocare su ala (su borde del manto) seré sanada. Si notamos que la promesa de curación es para aquellos que respetan Su Nombre, entonces puede correlacionarse con el recordatorio de Números, donde los bordes eran para recordar los mandamientos. 

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El toque

Después de luchar y luchar para abrirse paso por la multitud, desde la orilla del mar cuando Jesús desembarcó. Esperó para en el momento preciso actuar rápidamente y tocar el manto del Maestro. Muy pocas veces vemos una fe tan grande en la Biblia, con la certeza de un gran poder de sanación en Cristo, tomando en cuenta todo lo sufrido, ninguna opción podía verse tan detalladamente como esta. 

En el idioma escrito, los tres verbos coinciden plenamente en cada uno de los pasajes. Al notar otros textos en los cuales se usa hepsato (tocó) aparece en 15 versículos, todos con referencia a toque milagroso o de desprendimiento de poder por parte de Cristo. Lo inusual de este pasaje en específico es que no fue una intención premeditada del Señor, sino un asunto de fe pura de la mujer. 

Creer en el toque de Jesús es un muy importante hecho en cada vida personal. Todos podemos creer conocer de Jesús, pero así como la mujer tuvo una certeza divina del poder que desprendería al tocarle el vestido ¿así lo creemos nosotros? Para poder llegar a este punto, la mujer estuvo luchando contra los prejuicios de la multitud. De todos lo que jamás hubiesen permitido que los tocara, Jesús no tuvo ningún indicio de discordia, ni miedo.

Muchas veces nos preguntamos cuál es la voluntad de Dios, sin antes haberlo tocado. Es importante siempre, aunque la multitud se burle o sintamos pocas energías para ir contra la multitud, no rendirnos sin haber tocado a Jesús. Allí sabremos si era su voluntad o no, encontraremos la plena perspicacia de lo mejor para nosotros. Porque lejos de él todo es imposible, pero con él todo es posible. 

El resultado final

Después de ser sanada, asumió su agradecimiento internamente. Pensaba irse desapercibida, pero el Maestro sabía lo que había pasado. La pregunta: ¿Quién me ha tocado? Muestra con veracidad que el toque no fue un empujón cualquiera, que al ir rodeado de la multitud muchos le tocaban, fue un toque de fe. 

A Pedro se le reconoce como el discípulo más boquiabierto, el más charlador del grupo. Sin pelos en la lengua, le reprochó a su Jesús su pregunta, a ciencia cierta era muy lógica. Cuando una va en el tren, ferro o metro de una ciudad agolpada en horas de alto tráfico humano, todo se basa en roces, empujones, arremetidas. No obstante, si alguien mete la mano en el tu bolsillo para sacarte el celular, cambia totalmente la escena. Así imaginó el momento, entra tantas hambre de Jesús para poder sanarse, solo hubo en ese momento, uno que con la fe genuina pudo llegar a Jesús y no esperar sentada. 

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Seguramente uno gritaría: “¡Me está robando el celular! En señal de la pérdida. Así, pero como una voz sobresaliente entre la multitud el Señor le respondió a Pedro que había salido virtud (poder) de él. No era para menos, entre tanto gentilicio algo como eso, debía ser especial. La mujer se dio cuenta de que la pregunta era para ella, posiblemente algo temblorosa respondió a la incógnita.

Postrada a los pies de Jesús, confesó todo lo sucedido, desde su enfermedad hasta la llegada al manto de Jesús. Este acto reveló una importante premisa en ese momento. Las bendiciones de Dios no son para quedárnoslas sin proclamar a voz en cuello el Dador de todas las cosas, la fe se da conocer por el oír y el oír por Palabra de Dios. Jesús es el Verbo y todo aquello que sea para su Gloria, debe ser las palabras más finas que pronuncien sus hijos.

“Hija, tu fe te ha salvado: ve en paz”. Además de la apreciación muy enfática de la palabra “paz” para los judíos: shalom, destacable como se mantuvo con claridad una situación que pudo ser muy contraproducente para los discípulos. Con esta despedida, no podemos darnos a pensar que la salvación estuvo en una “magia” en el vestido de Jesús. Al contrario, la salvación y sanación vino por creer en Jesús.

Con solo un toque breve fue suficiente. Me recuerda al famoso versículo de: “si tuvieses fe como un granito de mostaza”. La plena seguridad de una fe práctica mueve las montañas y cura las enfermedades que ningún médico en el mundo puede curar, si así se cumple la voluntad de Dios. Al final, nuestros testimonios de la llamada de plena seguridad en Cristo, brilla en cada uno como lo hizo en esta mujer despreciada.

Doce años de esclavitud y rechazo no fueron suficientes para pensar en: “ya no tengo esperanza, mejor me rindo” al contrario, tanto tiempo de sufrimiento fue el necesario para poder reconocer el verdadero Médico de Médicos, Cristo Jesús.

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