¿Puede la fe realmente mover montañas?

la fe mueve montañas

Es bien conocido el relato de un faquir de la India que movido por su astucia, se «inventó» una fórmula mágica para fabricar oro.

Este vivaracho hindú iba de lugar en lugar en busca de algunos ingenuos que estuvieran dispuestos a pagar para conocer la fórmula. 

Cuando llegaba a una localidad, hacía su promoción, y esperaba que se aglomerara un buen grupo de personas. 

Después hacía su procedimiento: Vertía agua en una olla, añadía un colorante, y pronunciaba algunas palabras «mágicas»  a la vez que batía el agua. Esperaba el momento oportuno, y entonces distraía la atención del público mientras dejaba caer en el envase algunas pepitas de oro. Luego vaciaba el agua y ¡oh, miren! Hay oro en el fondo del recipiente.

No es de sorprenderse que al final del espectáculo se acercaran algunos curiosos interesados en invertir en este negocio lucrativo. Cuando aparecía la «víctima», el faquir le daba las instrucciones detalladas de la fórmula secreta, pero le advertía:

—Usted debe hacer exactamente lo que yo hice. Pero eso sí, cuando pronuncie las palabras mágicas ni se le ocurra pensar en el mono de cara colorada. —¿El mono de cara colorada? –preguntaba sorprendido el comprador ingenuo– . ¿Qué quiere decir con eso?

—Le digo que si usted piensa en el mono de cara colorada cuando pronuncie las palabras mágicas, la fórmula no surtirá efecto. 

¿Puedes imaginar el final de la historia? Cada vez que uno de esos compradores iba a intentar pronunciar la fórmula mágica, no lograba sacar de su mente al mono de cara colorada [Adaptado de Fernando Zabala, Dímelo de frente, 01/11].

Una «fórmula mágica»

He escuchado a algunas personas que parecieran pensar en la oración y la fe como una fórmula mágica. 

“Bueno mira, tú te vas a levantar a las 5:00 am. No te bañes ni te cepilles los dientes, directamente te pones de rodillas. Ni se te ocurra orar sentado o acostado, es de rodillas. Empiezas por la alabanza, luego das gracias, confiesas tus pecados, y terminas con las peticiones. Duras allí al menos una media hora, y si se te acaban las cosas que querías decirle y pedirle a Dios, culminas con «en el nombre de Jesús, amén». No olvides que cada vez que pidas algo debes decir «hágase tu voluntad». ¡Ah! Y si no tienes fe, la oración nunca surtirá efecto”. 

Cuando escucho algo como esto, que podría llamarse parecido a «Instrucciones para orar efectivamente» (y aparecer en un anuncio comercial de TV), no puedo evitar pensar en el mono de cara colorada. 

Como si Dios fuese un faquir hindú interesado en descartar las plegarias de todos los que no cumplan con los «requisitos». O peor aún, que lleguemos a pensar que la oración solo es una fórmula barata; que algunas personas llamadas cristianos nos engañaron inventando la «fe», como el mono de cara colorada al que culparemos cuando no veamos cumplirse nuestros deseos.

En este artículo me propongo zambullirme a explorar la naturaleza de la fe de la cual habla la Biblia. Pero a fin de comprender en plenitud esa fe, daremos primeramente un vistazo a las montañas que Cristo dijo que esa fe movería.

Se moverán las montañas

Si hay algo que, considero, a todos los seres humanos nos parecería imposible, es pararnos delante de un gran monte, decirle: “Pásate para aquel lado, por favor” y ver que el monte, obedientemente, se desplace como si le hubiéramos pedido permiso a alguien al andar por la calle. 

¿Qué quiso decir Jesús cuando indicó a sus discípulos que las montañas se moverían ante el pedido de su fe? Bueno, a la luz del contexto, Jesús tomó las montañas como ejemplo de que “Nada os será imposible” (Mateo 17:20). 

Extrañamente, el NT no registra ningún caso en que algún creyente pidiese a un monte moverse… uhm… ¡Qué curioso! ¿Por qué si Cristo les aseguró que se moverían, ellos nunca “probaron” si les era posible? ¿Será que no creían tener suficiente fe? 

De hecho, ¿Por qué los discípulos no oraban para que lloviera comida, los judíos fueran libertados, o  cualquier otra petición que se les antojara, si Jesús dijo “Todo lo que pidieren, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22)? 

Al parecer, captaron claramente que esto no era una invitación a andar por allí moviendo montañas o pidiendo milagros a su antojo.

Entonces, ¿A qué se refería Cristo cuando hizo esas declaraciones grandilocuentes sobre la respuesta de Dios a la fe de los discípulos? ¿Se trataba de una fórmula mágica engañosa parecida a la del faquir de la historia? 

Sin duda, no era una fórmula engañosa, pues los discípulos sí que vieron «montañas» moverse. Pero, ¿Qué clase de montañas?

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A la luz del NT podemos decir al menos 3 cosas sobre las montañas: 1) Eran montañas «reales», 2) Se trata de necesidades que excedían la capacidad humana, y 3) No eran caprichos.

Montañas reales

Si le hacemos un análisis geológico a las montañas que se movieron en el NT (y podríamos incluir las del AT también), el resultado arrojará en primera instancia que esas montañas eran reales, literales, físicas, y no imaginarias o psicológicas. 

El problema es que algunos en tiempos recientes han procurado asociar la frase “la fe mueve montañas”, con ese impulso natural que somos capaces de auto-inducirnos para lograr todo lo que deseamos cuando creemos en nosotros mismos, nos esforzamos, nos comprometemos con nuestros planes y metas, y demás actitudes que esas personas engloban dentro de lo que, para ellos, significa tener «fe». 

Según esta forma de entender la frase, entonces, las «montañas» estarían solo en la mente del individuo. No serían obstáculos reales o –mucho menos– cosas imposibles. Serían tan sólo las limitaciones que nosotros mismos nos colocamos.

El problema de esta visión de las cosas y del texto bíblico, es que no es para nada congruente con la evidencia. Como hemos dicho hasta ahora, el NT habla de montañas reales, ¡Y nada menos que eso! 

No puedo imaginar al apóstol Pedro delante del cojo de la puerta La Hermosa en el templo de Jerusalén, diciéndole “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: En el nombre de todo el empeño que soy capaz de poner para lograr esta sanación, levántate y anda” (Hechos 3:6). Es decir, según ellos, la «montaña» no sería sanar un cojo de nacimiento con el simple hecho de decirlo –cosa imposible para un ser humano–; sino más bien superar la autolimitación que nos colocamos de no poder sanar. Y esto, debo decir, es absurdo. 

Quizás el compromiso y la confianza en sí mismo pueden lograr grandes cosas, pero tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos hablan de montañas bien literales que con oración y fe se pueden mover: Detener el movimiento rotativo de la tierra, hacer descender fuego del cielo, dividir el mar, sanar, resucitar, ser liberados de la cárcel milagrosamente, recibir el Espíritu santo con poder, son tan solo algunos ejemplos de las «montañas bien reales» que se moverán ante la fe.

 Exceden la capacidad humana

Hace algunos meses, cuando se decretó la cuarentena aquí en nuestro país, venía yo en viaje con una amiga desde la universidad hasta nuestro estado. 

En una de las últimas alcabalas que nos detuvieron, ella me pasó su teléfono mientras ubicaba la cédula en su bolso. La encontró, la mostró al guardia, y minutos después seguimos nuestro camino. 

Cuando llegamos al terminal recogimos nuestras cosas, y caminamos hasta la parte del frente a esperar que nos recogieran mis padres. Finalmente, cuando llegamos a su casa para dejarla con su familia, ella me preguntó por el teléfono. Comencé a revisar las cosas, cada vez con más inquietud. No tenía idea de qué había hecho con él, y el pensamiento sombrío de haberlo dejado en el bus me atormentaba. 

¡Tremendo lío! Y sabía que, ahora que las clases continuarían por medios digitales, si ella no tenía su teléfono la iba a pasar muy mal. Y yo tenía que responderle. 

Mi familia es de recursos limitados, y yo casi no pude dormir esa noche pensando cómo conseguirle un teléfono nuevo. La idea de regresar al terminal me parecía tonta, puesto que en nuestro país un teléfono que se queda en un bus hay un 95% de probabilidades de que no aparezca. 

Mientras mi oración era: Señor, ayúdame a encontrar un teléfono económico. La oración de mi mamá era: Señor, que aparezca el teléfono. 

Te cuento que al día siguiente, como a las 12:00 del mediodía, mi amiga me estaba contando cómo decidieron regresar al terminal y encontraron debajo de nuestro asiento el teléfono. 

¡No puedes imaginar la gratitud que sentía para con el Señor! No había nada que nosotros pudiéramos hacer, pero El Señor alineó las cosas para que el bus se quedara esa noche en el terminal, no viajara temprano en la mañana, y nadie se diera cuenta que allí había un teléfono extraviado. 

Esa es otra característica de las montañas que Dios moverá en respuesta a la fe: Exceden a nuestra capacidad.

Sencillamente, no podemos esperar que Dios haga un milagro para hacer aquello que nosotros podríamos hacer. No puedo levantarme en la mañana y esperar que después de pedir con toda la fe del mundo, el desayuno ya esté listo cuando vaya a la cocina. Ni puedo rogar que Dios me presente un trabajo de manera sobrenatural si yo no tengo la voluntad de salir a buscarlo. 

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Esta no es la clase de «montañas» de las cuales habla la Biblia. Y no podemos esperar que estos «milagros» ocurran aunque tengamos toda la fe. Dios obra cuando nosotros ya no podemos hacer nada más.

Las «montañas» no son caprichos

Un último punto, importantísimo, es que las «montañas» que se moverán armonizan con el plan de Dios. 

¿Qué quiere decir eso? Bueno, Santiago les habló muy francamente a algunos creyentes que estaban cumpliendo con todos los pasos de la «fórmula mágica», pero no veían aparecer oro. “Pedís y no recibís, porque pedís mal. Para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3). No les dijo que les faltó fe al pedir, sino que estaban pidiendo por los motivos equivocados.

Es necesario que tengamos claro que las montañas solo se mueven cuando armonizan con el plan de Dios para nosotros y nuestros semejantes. 

Por eso vemos a los apóstoles orando por las iglesias, orando por mayor fe, orando por valentía para predicar la palabra, orando por protección, sanidad,  una respuesta precisa de Dios sobre algún asunto… orando siempre por motivos que cuadran dentro de la voluntad revelada de Dios. 

¿Cómo puedo saber qué pedir? Puedes hacerte algunas preguntas como estas:

¿Qué es lo que me motiva para pedir esto a Dios?

¿Aconseja la Biblia explícitamente a favor o en contra de esto que yo estoy pidiendo?

¿Me ha mostrado ya Dios en el pasado que este pedido forma parte de sus propósitos?

Al analizar las montañas que Jesús dijo que se moverían, podemos reconocer por qué muchas veces nuestras oraciones parecieran una fórmula fallida. A la luz de lo que hemos dicho, nos es necesario entonces evaluar cuáles montañas estamos pidiendo que se muevan. 

Ahora es momento de proseguir a examinar la naturaleza de la fe bíblica. 

La fe según la Biblia

Cuando se habla de fe, a mi mente acude a una historia que nos relató un profesor una vez. 

Se trataba de un hombre que publicó por los medios de comunicación su intención de cruzar las cataratas del Niágara sobre una cuerda floja. El día pautado multitudes hicieron presencia para ver la gran hazaña. 

No sé tú, pero yo le tengo bastante pavor a las alturas, así que jamás me atrevería a hacer algo así. 

Pero aquel hombre se encaramó sobre la cuerda y empezó a atravesar el vacío, mientras la multitud aguardaba en silencio expectante. Cuando al fin llegó al otro extremo, el gentío prorrumpió en una fuerte ovación. Instantes después, aquel hombre anunció que ahora planeaba volver a cruzar, pero llevando una carretilla consigo. Preguntó si la multitud creía que él podía hacerlo, y la multitud respondió con gritos y aclamaciones. 

Efectivamente, el hombre pudo cruzar con la carreta, y la algarabía nuevamente se hizo sentir. Una vez más el hombre pidió la palabra, y expresó que planeaba cruzar  de nuevo. Pero ahora con una persona montada sobre la carretilla. El asombro y el griterío del público no tuvieron contención, parecían pasmados con la arriesgada habilidad del hombre. Hizo él nuevamente la pregunta:

—¿Ustedes creen que soy capaz de hacerlo? –preguntó el hombre desafiante. 

El alarido de la multitud que se escuchó era sinónimo de una respuesta más que afirmativa. Pero al calmarse el bullicio, él hizo una solicitud: Necesitaba un voluntario. Súbitamente, el tono de celebración, los aplausos y las aclamaciones cesaron, y el ambiente quedó absorto en el silencio. 

Todos creían que él podía hacerlo, pero nadie estaba dispuesto a subirse en la carretilla.

¿Qué es la fe?

Cuando acabó de narrarnos esta historia, nuestro profesor indicó que la fe de la cual habla la Biblia tiene tres escalones: El primero de ellos es creer. La multitud llegó solamente hasta este escalón, y muchos de nosotros hemos pensado que la fe solo es creer. Pero la Escritura dice claramente que aún los demonios creen (Santiago 2:19), así que la fe no puede ser esto solamente. 

Creer que hay un Dios, creer que Jesús es el salvador del mundo, creer que Dios tiene poder para aliviar dolencias, que todavía hace milagros, que es fiel a sus promesas, creer, creer… es importante. Pero no lo es todo. 

Hay un segundo escalón, confiar. La muchedumbre de la historia no alcanzó llegar hasta aquí, era un paso demasiado grande para ellos. Cuando se les pidió confiar ya no les pareció tan chévere la cosa. Creer que Dios puede hacer milagros es algo sencillo, pero confiar que el Señor hará un milagro cuando me pide que salte al vacío, eso sí es complicado. 

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La confianza es la creencia personalizada y en acción. Confío en que Cristo es mi salvador, confío en que hará milagros en mi vida, que aliviará mis dolencias, que será fiel a sus promesas para , confiar, confiar… es un paso más. Pero aún no lo es todo. 

Hay un tercer escalón, obedecer. Empiezo por creer, el creer engendra confianza, y la confianza impulsa la obediencia. Este es el proceso de la fe.

Si miramos aquel capítulo icónico de la fe, Hebreos 11, notaremos que en cada uno de los casos donde el autor publica los méritos de la fe de estos hombres y mujeres, están involucrados los 3 escalones. Ellos creían, esta creencia los llevaba a confiar, y esto se traducía en hechos de obediencia. 

En Mateo 21:22 Jesús habló de “todo lo que pidáis creyendo” (1er escalón), pero en 8:26 claramente habla de la fe como confianza (2do escalón), y en pasajes como Gálatas 5:6,  Santiago 2:22-23 y 1 Tesalonicenses 1:3 se nos habla de la fe como obediencia (3er escalón).

Por lo tanto, lo correcto no es clasificar la fe como solo alguna de estas cosas, sino tratarla como lo que es: Un proceso, en lugar de un final. Es una actitud de entrega a Dios que cuando comienza es débil e insegura, y Dios la acepta así. Pero nos pide que sigamos avanzando en el proceso, aprendiendo a creer en él, confiar y obedecer. 

La fe se aferra a un compromiso de lealtad a Dios, decide amar lo que él ama, y avanzar por el sendero que él escoge. Convierte sus planes en los nuestros y se identifica de tal manera con el Señor, que llega a ser su vida y no la nuestra (Gálatas 2:20). 

Como dijo Edward Vick “La fe significa que en nuestra condición perdida dejamos que Dios haga lo que le parezca con nosotros” [Is Salvation Really Free?, 56].

Por lo tanto, la «fe» es un ejemplo de esas palabras griegas que por su uso más amplio en el NT, tomaron un significado radicalmente mayor y profundo de lo que meramente se plasma en un diccionario. 

Fe + montañas

Después de explicar que la fe realmente no es algo que uno «tiene», sino algo que uno «decide», debemos preguntarnos finalmente, ¿Cómo se relaciona esta fe con las montañas que se moverán? 

Bueno, para contestar esta pregunta vamos a ubicarnos en Marcos 9. Jesús está bajando del monte donde se transfiguró ante sus discípulos, y se encuentra con la situación de un padre angustiado que había traído a su hijo para que Jesús lo sanara. 

La enfermedad de su hijo era totalmente real, el padre era incapaz de hacer algo por él, y confiaba en que era parte del propósito de Dios que fuera sano, así que era una «montaña» en todo el sentido de la palabra. El diálogo que se produce a continuación es interesantísimo:

—Muchas veces lo arroja al fuego o al agua, para matarlo; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos  –dijo el padre en tono de resignación.

—Si puedes creer, al que cree todo le es posible.

Y el padre se abandonó a Cristo.  ̶ Creo; ayuda mi incredulidad. 

El padre quería creer, pero reconocía que no tenía mucha fe. ¿Y qué hizo Jesús? ¿Lo reprendió y le dijo que volviera cuando creyera más? No. Para Jesús esa decisión de intentar creer fue suficiente: El milagro fue realizado. 

Así se moverán las montañas en nuestra vida también. Jesús mira con amor al creyente sincero que reconoce no tener la mayor fe, pero que ruega entregándose a la voluntad del Padre. 

Conclusión

Ver respuestas a nuestras peticiones no consiste en una fórmula mágica, es un don Divino. No es un engaño, es una promesa. No es una práctica natural, es totalmente sobrenatural. Y ¡por supuesto que sí! Dios está del todo dispuesto a mover nuestras montañas en la actualidad, lo único que nos pide es una fe sincera, una fe que decide ser leal al amor Divino, una fe que hace nuestros sus planes y que no desmaya en su propósito de vivir la voluntad de nuestro Dios. Una fe que se entrega, cree, confía y obedece.

No lo olvides nunca, “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23).

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