La educación – La familia

Versículo para memorizar. Proverbios 1:8. “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, Y no desprecies la dirección de tu madre”.

Durante la mayor parte de la historia humana, por lo común la educación se impartió en el hogar, especialmente durante los primeros años. ¿Qué dice la Biblia acerca de la educación en la familia, y qué principio podemos extraer de ella, cualquiera que sea nuestra situación familiar?

LA PRIMERA FAMILIA

“Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” (Lucas 10:27).

No se dan muchos detalles (en realidad, ninguno), en las primeras páginas de las Escrituras, con respecto al tipo de educación familiar que se impartía en los primeros días de la historia humana, aunque podemos asegurar que la educación tenía lugar en la misma estructura familiar en aquel entonces. La educación cristiana es un compromiso con el aprendizaje de las familias y sus miembros sobre doctrina, adoración, instrucción, camaradería, evangelización y servicio. El hogar es donde conferimos a los miembros de la familia el amor y las promesas de Dios. Es donde los niños aprenden de Jesús como su Señor, Salvador y Amigo, y donde se ensalza la Biblia como la Palabra de Dios. La familia es donde demostramos cómo es una relación
saludable con nuestro Padre celestial.

LA NIÑEZ DE JESÚS

“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo” (Mateo 1:18).

Las Escrituras nos dan muy pocos detalles sobre la infancia de Jesús. Gran parte de esos años continúan siendo un misterio. Sin embargo, se nos ha dado una idea del carácter de sus padres terrenales, María y José, y lo que aprendemos de ellos podría ayudarnos a explicar algo de la infancia y la educación temprana de Jesús. Los padres fueron buenos y fieles maestros para el niño, pero, como revela la historia de Lucas 2:41 al 50, había muchas cosas de su hijo que ellos no entendían, porque Jesús poseía conocimiento y sabiduría divinos, que solo el Señor le había impartido.

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COMUNICACION

“La boca del justo producirá sabiduría; Mas la lengua perversa será cortada. Los labios del justo saben hablar lo que agrada; Mas la boca de los impíos habla perversidades.” (Proverbios 10:31-32).

La educación en cualquier nivel es comunicación. El maestro tiene conocimiento, sabiduría, información, hechos y demás para transmitir al alumno. Alguien con mucho conocimiento debe tener la capacidad de comunicarlo a los demás; de lo contrario, ¿de qué sirve todo lo que sabe, al menos, en términos de enseñanza? La buena enseñanza también funciona en los niveles emocional y personal. En el caso de la familia como escuela, esto es muy importante. Se debe construir una buena relación entre el alumno y el maestro. Las relaciones se entablan y se fomentan mediante la comunicación. Cuando los cristianos no se comunican con Dios, por ejemplo, mediante la lectura de la Biblia o la oración, su relación con Dios se estanca. Las familias necesitan la conducción divina para crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo.

EL PAPEL DE LOS PADRES

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6:6-7).

Los padres tienen una gran responsabilidad. El padre es el jefe de la familia, y la familia es el semillero de la iglesia, la escuela y la sociedad. Si el padre es débil, irresponsable e incompetente, entonces la familia, la iglesia, la escuela y la sociedad sufrirán las consecuencias. Los padres deben tratar de cultivar el fruto del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad,
bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22, 23). La enseñanza que debemos dar es un hecho proactivo y continuo, en el que vertemos la verdad de Dios en nuestros hijos y los preparamos para su propia relación con Cristo.

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NO OS OLVIDÉIS

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6:6-7).

Antes de que los hijos de Israel entraran en la Tierra Prometida, Moisés les habló nuevamente, relatando la manera maravillosa en que el Señor los había guiado, y los exhortó vez tras vez a no olvidar lo que el Señor había hecho por ellos. En muchos aspectos, Deuteronomio fue el testamento de Moisés. Y, aunque se escribió hace miles de años, en una situación cultural y de vida radicalmente diferente de cualquier cosa que experimentamos hoy, esos principios también se aplican a nosotros. Por supuesto, si los padres deben desempeñar el papel principal para la integración de las enseñanzas bíblicas en la vida de sus hijos, entonces tienen la responsabilidad de organizarse y de preparar su propia vida de tal manera que tengan el conocimiento y el tiempo adecuados para dedicarles a sus hijos.

Nota de EGW: “Sobre los padres y las madres descansa la responsabilidad de la primera educación del niño, como asimismo de la ulterior, y por eso ambos padres necesitan urgentemente una preparación cuidadosa y cabal. Antes de aceptar las responsabilidades de la paternidad y la maternidad, los hombres y las mujeres deberían familiarizarse con las leyes del desarrollo físico […] deberían comprender también las leyes del desarrollo mental y de la educación moral” (La educación 276). “La cooperación debería empezar con los padres en el hogar. Comparten la responsabilidad de la educación de los niños, y deberían esforzarse constantemente por actuar juntos. Entréguense a Dios y pídanle ayuda, para sostenerse mutuamente. […] No es probable que los padres que imparten esta educación critiquen al maestro. Piensan que tanto el interés de sus hijos como la justicia hacia la escuela exigen que, tanto como sea posible, apoyen y honren a aquel que comparte su responsabilidad” (La educación 283).

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