¿Dios espera que tengamos una fe ciega?

fe ciega

¿Qué tan loco puede estar alguien para convertirse en cristiano? Es una buena pregunta.

Un día entra un creyente a una clínica para entrevistarse con el psicólogo. Después de pasar al consultorio saludando con toda cortesía, el cristiano se sienta mientras el psicólogo toma su hoja y su pluma, y se dispone a realizar algunas preguntas.

—Dígame señor, ¿cuál es su nombre?

—Bueno, mi nombre es Petulio. ‒Y agrega‒ no me agrada mucho, pero tengo la esperanza de recibir un día una piedrecita blanca con un nombre nuevo.

—¿Ah sí? Qué interesante… ‒coge su pluma y comienza a anotar‒. Cuénteme sobre usted, ¿por qué ha venido aquí?

—Bien ‒responde el hombre moviéndose hacia adelante en el asiento‒, trabajo en diseño de interiores, estoy felizmente casado, tengo tres hermosos hijos y estoy aquí porque tengo un problema. He dejado de escuchar la voz que habla a mi cabeza.

—¿Una voz? ¿De qué se trata eso? ‒inquiere el psicólogo‒.

—Bueno, es la voz que he escuchado todos los días de mi vida. Me dirige, me aconseja, habla conmigo, me dice cuánto me ama, me advierte del peligro… pero recientemente he dejado de oírla.

—¿Y por qué eso sería un problema? Más bien, creo que si no la escucha es porque usted ya está sano.

—¡Cómo va a decir eso, doctor! ‒responde alarmado‒. Si yo no escucho esa voz, estoy en grave peligro. Mi propia familia está en riesgo. Todos los días le hablo a ese ser que nunca he visto y le cuento lo más íntimo de mí, leo sus escritos de más de 2.000 años de antigüedad para escuchar su voz en ellos, y voy por allí siempre imaginándolo caminando a mi lado. ¡Todo para mantenerlo presente!

Antes que perder el contacto con esa voz ‒continúa el hombre‒, prefiero perder mis posesiones, el dinero, mi familia, y hasta mi propia vida. ¡Se da cuenta de lo grave que es! 

Al no escucharla, podré  ser engañado por falsos profetas, sucumbiré al dolor de las persecuciones que vendrán sobre nosotros, y perderé la vida eterna. Oh… los cielos nuevos y tierra nueva… volar por los mundos creados… jugar con leones y serpientes… cantar junto al coro de ángeles… ¡Todo eso lo perderé, doctor, ayúdeme! ‒clama desesperado‒.

—Disculpe, hijo. ¿Mencionó “ángeles”? ¿Esa es la voz que oye? ‒interrumpe el psicólogo‒.

—No, la de ellos no. Ellos están aquí con nosotros, en este consultorio. Es la voz de su jefe. El infinito Rey del universo, que dio origen a todo lo creado, pero que prefirió ser crucificado con tal de ser mi amigo.

¿A qué veredicto llegará aquel psicólogo? ¿Qué escribirá en su hoja? ¿Quizás “¡Loco de remate!”? Para él, todo lo que sale de la boca de aquel hombre probablemente no sean más que tonterías.

Es cierto que para muchas personas todo lo que profesa el cristianismo es producto de la imaginación. No es extraño entonces que, según su manera de ver, todos los que aceptan esas creencias ficticias estén ejercitando una fe ciega. Una fe ilusoria.

Este razonamiento tiene parte de razón. Si vas a creer en cosas que no existen y son improbables, ¡entonces necesitas una fe ingenua o una fe ciega! No se puede creer lógicamente en algo increíble. 

Esto nos atrae al tema de esta ocasión. ¿Existe tal cosa como una «fe ciega»? Por otro lado, ¿una persona está declarándose loca cuando acepta el cristianismo? Es decir, ¿ha sido el plan de Dios o pretende él que ejercitemos esta clase de «fe ciega»?

La «fe ciega»

En el barrio de las «fe», la fe ciega es el vecino más discriminado de todos. Nadie le quiere debido a su ceguera, huyen de su presencia, y prefieren juntarse con el presidente del condominio, la razón

En cierta ocasión, la triste fe ciega decide dirigirse como puede a un  centro de apoyo y rehabilitación. 

Sentada en el grupo, le toca el turno de hablar, y empieza a narrar su tragedia. Frases de endecha como “soy odiada por todos”, “nadie me quiere”, “no puedo ver”, “todo el mundo prefiere a la razón antes que a mí”, resuenan una y otra vez.

Sin embargo, al salir esa noche del grupo la fe ciega se sentía increíblemente feliz. Saltaba y cantaba, casi le parecía que podía ver colores alrededor. ¿Qué sucedió allí que la dejó tan contenta? 

Bueno, descubrió que en realidad todas las «fe» que se reunieron allí eran tuertas. Incluso le dijeron que la razón se tuvo que operar de miopía porque casi no veía. ¡Qué alegría! ¡No era tan diferente a las demás!

Si consideramos el “ver” como el poder palpar lo que se cree, entonces toda fe es, al menos, tuerta. Tendríamos que eliminar la palabra del diccionario, y hablar en su lugar de «deducción probabilística altamente comprobada».

Pero la vida en realidad se basa en tener fe. Cuando hago planes para el día de mañana, o para la semana que viene, o hasta el año que viene, estoy ejerciendo una tremenda fe (y tendríamos que clasificarla de ciega). 

¿Tengo acaso alguna evidencia de que estaré vivo aún? ¿O que las circunstancias no cambiarán de tal manera que mis planes queden en el olvido?

Cuando me levanto en la mañana y me cepillo los dientes, ¿no estoy teniendo una fe ciega en los que me vendieron esa crema dental, en los que la distribuyeron, en los que la fabricaron, y en los que les vendieron a ellos la materia prima? ¿Cómo puedo saber que no hay cianuro de potasio allí adentro?

Para considerar que es al menos una fe tuerta, yo tendría que preguntar a todos los que compraron ese cargamento de crema dental cómo les fue al usarla. 

Pero para decir que es una fe que ve (según lo que dijimos arriba: puede palpar lo que cree), yo tendría que hacerle un análisis químico a las propiedades de la crema antes de colocarla sobre mi cepillo. 

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Y todavía así, tendría que tener fe en que de verdad cumple una función útil para mi dentadura.

La vida se trata de la fe. El agricultor tiene fe en que llegarán las lluvias, el estudiante tiene fe en lo que le enseña el profesor de matemáticas y lo da por cierto, la gente le da su voto de fe a un gobernante sin saber ni siquiera mayor cosa de él y su vida. 

En realidad, no existe la fe indudable. Nunca podríamos llegar a tener una fe suficientemente evidenciada y sustentada como para eliminar todo grado de incertidumbre o que no presente algún margen de error.  Si todo está comprobado, ya no sería fe.

Si mi mamá me pide dinero yo se lo doy porque confío en ella y la conozco casi al 100%. Eso podría ser una fe vidente. Pero, ¿cómo sé que no la tienen encañonada en su casa para entramparme? Aun en cosas tan sencillas de la vida, nunca tenemos toda la evidencia como para creer.

Así que la pregunta no es, ¿los cristianos tienen una fe ciega? Si no, ¿conoces a alguien que tenga una fe que ve? Probablemente, la «fe que ve» sea la más inusitada. Mientras que las más frecuentes serán la «fe ciega», y la «fe tuerta». 

Ahora bien, la fe ciega la consideraríamos aquella creencia que se afirma sobre una plataforma totalmente inexistente. Como ya dijimos, hacer planes para el futuro probablemente sea un buen ejemplo de esta clase de fe. 

Por otro lado, la fe tuerta implica una creencia que no es 100% palpable, pero que sí hay evidencias que sugieren su legitimidad. 

Creer que me depositarán el sueldo a fin de mes no es una fe vidente, porque hay muchos márgenes de error posibles; pero sí es una fe tuerta, porque mi patrón nunca ha fallado al contrato, y yo he cumplido este mes con todo lo que me correspondía. 

¿Puedo estar 100% seguro? No. Pero sí con un buen grado de certeza.

Resumimos, fe vidente: sin dudas (poco frecuente). Fe tuerta: buen grado de certeza. Fe ciega: sin evidencias (ambas muy frecuentes).

La pregunta es, ¿cuál de estas 3 espera Dios que el cristiano ejerza?

¿En qué se fundamenta la fe del creyente?

Debemos establecer, en primer lugar, que la fe del creyente no está en los hechos (la sanación, la salvación, el perdón, la protección, el cielo, la vida eterna…), ¡No! Si nuestra fe estuviera en esos hechos, entonces sería una fe sumamente ciega e ilusoria. 

No hay ninguna evidencia que, cuando oramos “Señor, perdona nuestros pecados”, confirme que así ha sido hecho. Tampoco hay alguna razón lógica o palpable que me sugiera poder creer en la sanación milagrosa por la cual he estado orando. No hay evidencia de que Cristo vendrá otra vez, y mucho menos de la existencia de un «mundo feliz más allá».

Si mi fe la he colocado en eso, entonces estoy construyendo castillos en el aire. Y puedo ser tildado de tener una fe ciega.

Por el contrario, en vez de estar afirmada sobre un hecho, la fe del cristiano está arraigada en una persona, Dios (Hebreos 11:6). 

En otros artículos donde hemos hablado de la fe hemos dicho que ésta no se trata de algo que se tiene, sino de algo que se hace. Y eso que se hace es acercarse a Dios con una actitud de entrega.

Por eso la fe del creyente no es simplemente una creencia en algo. Es la relación con alguien. 

Ahora bien, si yo estuviera muy ocupado y le pidiera a mi mejor amigo que me ayudara a organizar todo para una fiesta sorpresa que quiero preparar a mi novia, la tarea sería titánica. Creer que la preparación va a suceder, es complicado. Creer que cualquier persona podría venir y hacerlo, es ilusorio. Pero mi confianza no está en que eso se hará, sino en mi mejor amigo.

Confío en mi mejor amigo y en su palabra, y por eso puedo tener fe en que la preparación se hará cabalmente.

Lo mismo sucede con Dios. Me relaciono con él en fe, y sólo por esa relación puedo creer en todo lo demás. Sólo porque confío en él puedo creer en sus promesas, en el perdón, la salvación, el cielo, ¡todo! Si él lo ha dicho, yo le creo. 

El asunto es que la confianza y la relación de amistad con Dios es la que nos lleva a creer en todo aquello que no podemos ver. Si me preguntaran “¿Por qué crees en el cielo?”, no tendría ninguna evidencia que dar. Pero porque confío en mi Señor y en su palabra, puedo creer en el cielo. 

No me preocupo por hallar evidencias para los hechos, porque sé que son inexplicables. Sólo puedo confiar en el alguien, y Él es la garantía de los hechos. 

Explicar esto nos permite despejar una cuestión fundamental. La fe del cristiano jamás podrá considerarse ciega en base al análisis de las evidencias que sustentan los hechos, porque su fe no está sobre ellos. Su fe está en el Dios de los hechos.

Por eso, el psicólogo no puede catalogar de loco a aquel creyente por todo lo increíble en lo cual cree. Todo ello es creíble si se puede tener confianza en Dios y su palabra. 

Sin embargo, esto sólo resuelve parte del problema. Si yo creo en los hechos porque creo en Dios, ahora me corresponde contestar ¿sobre qué base creo en Él y su existencia? ¿No es, acaso, una fe ciega?

¿Por qué creo en Dios?

Sería interesante que alguien que no sabe nada de Dios, religión y Biblia escribiese un libro titulado «Bitácora de un peregrinaje hacia la fe», narrando qué sucede con una persona que se aventura a examinar desde las evidencias más ancestrales y generales de la existencia de Dios y la naturaleza de las escrituras, hasta las más específicas y modernas.

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No sé si habrá algo así en la actualidad, pero bueno. El asunto es, ¿por qué creo en Dios? ¿Hay evidencia suficiente?

En este sentido, me causa mucha curiosidad la manera cómo Pablo utilizó la inscripción grabada en un altar de los santuarios de Atenas: “Al Dios no conocido”, para introducir su sermón ante el areópago (Hechos 17:23). Él lo vio como la oportunidad de conducir a aquellos filósofos de lo conocido a lo desconocido. 

Aquel altar era una evidencia a favor de un Dios del cual ciertamente había noción de su existencia, pero a quien ellos no conocían. Ese Dios era diferente de todos los demás que los griegos adoraban, no era una figura ni una escultura. Era un Dios desconocido y sin forma.

Pablo utilizó la noción de la existencia de un Dios desconocido para hablarles del Dios del cielo, el único Dios. Y considero que al examinar algunos de los detalles del sermón de Pablo en esa ocasión, encontramos también las evidencias objetivas de la existencia de Dios.

Y usaré algunos de estos detalles para elaborar brevemente las razones de mi fe.

Dios se ha dado a conocer: Dios podría haber decidido quedar en incógnito completamente. Pero en su lugar, ha querido revelarse al hombre. Y este término, “revelación”, es importante. Dios se revela al hombre, de tal manera que éste pueda tener suficientes evidencias para creer, pero le deja también lugar para dudar si así lo desea. 

Dios quiere ser hallado: En su deseo de revelarse, Dios ha dejado pistas claras de su existencia y su obra en el mundo. Esto es para que todo ser humano, si le busca, pueda palpar y hallarle (Hechos 17:27). ¿Cuáles son estas pistas?

  1. La naturaleza: Dios se revela en la naturaleza (Salmos 19:1, Isaías 40:12-31, Hechos 17:24, Romanos 1:20). El mundo y todo lo que en él hay habla de un diseñador inteligente, creativo y amoroso. Aun después de 6.000 o 7.000 años de pecado, al observar el mundo, podemos descubrir pistas de la gloria y el poder de Dios.
  2. El hombre: En él, el carácter y los atributos de Dios encuentran un reflejo más próximo que en la creación general (Hechos 17:25-26a, 28). Dios plasmó su propia imagen en el hombre (Génesis 1:26), y en sus cualidades y prerrogativas propias que lo diferencian de todo lo creado, puede hallarse la similitud con el Dios creador. Inclusive, existe un conocimiento intuitivo de Dios en el corazón del hombre (Eclesiastés 3:11, Romanos 2:15). Por lo cual, se dice que la consciencia es también una pista de la revelación Divina.
  3. La historia: La historia registra eventos que simplemente no pueden ser explicados por las leyes naturales que rigen el universo. Dios conduce la historia, marca la pauta e interviene en ella (Daniel 2:21, Hechos 17:26b). Al verla en retrospectiva, es posible ver la mano de Dios guiando todo cuanto existe (general e individualmente) para llevarlo a un fin. La historia es un testimonio de la trascendencia y la inmanencia de Dios.

Sin embargo, estos tres elementos de la «revelación general» de Dios (según han sido denominados) quizás sean suficientes para sugerir su existencia, pero no la afirman inequívocamente. Es por eso que Dios proveyó dos medios adicionales especiales a través de los cuales se reveló al mundo de manera clara.

  1. Las Sagradas Escrituras: Para hablar de la confiabilidad de la Biblia y cómo testifica de la existencia de Dios precisaríamos de otro artículo completo adicional. Pero Dios, quien ha tomado la iniciativa de revelarse al hombre, fue el que reveló e inspiró a los autores de lo que hoy llamamos Biblia (2 Timoteo 3:15-17), para que con el estudio de ella pudiésemos conocerle a Él. Cómo es, su obra, su carácter, su intervención en la historia, su propósito y su plan… todo está allí. 
  2. Jesucristo: Después de haber hablado a través de los profetas y autores bíblicos de diferentes maneras, el plan de Dios llegó a su punto clímax. Dios se revelaría en Cristo (Hebreos 1:1-2; Hechos 17:31). Cristo es la suprema evidencia de la existencia de Dios, y la más perfecta invitación a una relación personal con Él. Cuando leo de Cristo, contemplo al mismo Dios que nace, enseña, sana, muere y resucita (Juan 10:30, 14:8).

Finalmente, Pablo también menciona que Él “no está lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17:27). 

Cuando veo cosas en mi vida que no puedo explicar, cuando siento la paz sobrenatural que Jesús dijo que me daría, cuando en el viento y en el canto de un pajarillo escucho la voz de Dios que me habla, cuando las respuestas a mis oraciones llegan en el momento preciso, o simplemente cuando experimento la plenitud de ser salvado y perdonado; sumo argumentos adicionales que me convencen, no sólo de la existencia de Dios, también de su cercanía y su amor incondicional para mí.

¿Espera Dios que tengamos una fe ciega?

Cuando unimos todas las pistas dadas por Dios, obtenemos una imagen clara. 

Él es el creador del mundo, del hombre, el rey del universo y el gerente de la historia. Pero esos asuntos que por nosotros solos no serían sencillos de discernir, a través de la Biblia los ha explicado y revelado. En ella descorre el lente divino de la historia, y a la vez nos indica el camino que debemos seguir.

Pero finalmente Jesús viene a este mundo. Se mueve entre nosotros, camina entre nosotros, y de forma directa e indirecta afirma “¡Yo soy Dios! ¡Escuchen hijos, he venido para que puedan conocerme! Sí existo, y estoy muy interesado en ustedes. Además, vengo a cumplir todo lo que he dicho antes en mi Palabra”.

Y como si eso fuera poco, hoy, en nuestra consciencia, en los asuntos de nuestra vida, en la lectura de la Biblia y la oración, en lo sobrenatural y en lo natural, en todo Dios está allí diciendo “Hijo, aquí estoy, muy cerca de ti. Háblame, quiero escucharte”. 

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Creo que la respuesta es clara: Dios no espera que tengamos una fe ciega, ¡de ninguna manera! Si Dios pretendiera eso, simplemente se hubiera mantenido por allá muy lejos a 75.000 años luz pensando “bueno, el que quiera ser salvo tendrá que convencerse a sí mismo de que puede ser que yo exista”. 

¡Pero no es eso lo que vemos! En su lugar, vemos a Dios escribiendo en el cielo, en la tierra, en los animales, en la naturaleza, en el espacio, en la física, en la química, en la biología, en la historia, en nuestra vida, en cada página de la Biblia, y en Jesús, “AQUÍ ESTOY, MIRA HACIA MÍ Y VIVIRÁS FELIZ ETERNAMENTE”.

Puede ser que los hechos en los que Dios nos invita a confiar sean increíbles, pero nos ha dado tantas garantías objetivas y subjetivas de su existencia, nos relacionamos con él tan íntimamente, que nuestra confianza en la veracidad de los hechos reposa únicamente en la confianza que Dios ha colocado sobre sólida plataforma: su existencia. 

Una vez más, ¡el cristiano no está llamado a tener una fe ciega! 

¿Fe vidente o fe tuerta?

Sin embargo, y a partir de lo que hemos dicho antes, reconocemos que la fe del cristiano tampoco es una fe vidente. No es ciega, pero tampoco lo ve todo. Todo aquel que prefiere negar la existencia de Dios, y renunciar a creer en los hechos, podrá hacerlo.

Dios ha dejado pistas en todo cuanto miramos, pero no ha irrumpido en el mundo con evidencias que no se puedan esquivar o desmentir. El buscador sincero de la verdad encontrará suficiente fundamento para basar su fe. Pero el que no quiere ver, podrá encontrar razones para su incredulidad.

La fe del cristiano no es vidente ni es ciega, es una fe tuerta. Dios lo ha elegido así. Ha revelado su existencia en cosas y hechos que todos pueden ver, como la naturaleza y la historia. ¿Tienen margen de error? Por supuesto que sí. El pecado las ha manchado y oscurecido. 

Pero el buscador sincero de la verdad descubre en ellas una pista de la existencia de Dios y decide proseguir avanzando. No todos suben el peldaño, pero los que lo hacen se encuentran con pistas más claras: la Biblia y Jesús. ¿Tienen margen de error? ¡Por supuesto! Observa cuántos libros se han escrito desmintiendo la Biblia, la vida y deidad de Cristo.

Pero el buscador sincero encuentra en ellas una revelación suficiente (aunque no completa, Deuteronomio 29:29), para basar su fe, para creer. Y si decide subir el peldaño, y experimentar con Dios cara a cara, buscándole cada día de su vida y entregándole todo cuanto es, probablemente nunca volverá a tener dudas. 

Las evidencias que Dios ha dado podrán no convencer al observador crítico en un 100%, pero podrán darle suficiente material como para animarle a profundizar un poco más. Y al hacerlo, continuará encontrando mayor evidencia para creer y confiar. 

Dios no le ha pedido al hombre creer sin antes revelarse. Se ha revelado y ha dado pruebas para que el hombre crea. Pruebas que exigen fe, claro que sí. Pero suficientes para avanzar. 

Así, al caminar en medio de la vasta oscuridad de la incertidumbre alumbrados por la pequeña vela de nuestra fe, avanzamos descubriendo las pruebas abundantes que nos fortalecen para continuar. Al final llegaremos al hogar, donde ya no hay oscuridad, y la luz será encandilante. 

La fe del cristiano es tuerta. Sus preguntas no serán contestadas con absolutos, pero puede contemplar el panorama de la evidencia con total confianza en el Señor. 

Tomás no había visto a Jesús todavía, ¡y era muy difícil creer en un hecho como la resurrección! Pero tenía los informes de varios testigos que vieron la tumba vacía, sus apariciones a las mujeres, a los dos que iban en el camino, y a los 10 discípulos reunidos. 

Si decidía permanecer incrédulo, no era porque no tuviese suficiente evidencia para creer. Aunque no sería indiscutible, su fe podía descansar sobre fundamento seguro.

Pero lo maravilloso de la historia es cómo Jesús condesciende a dar luz, y mayor evidencia todavía a su discípulo resentido. Dios no desea que ningún incrédulo se pierda, y por eso todavía actualmente se acerca colocando nuestros dedos en sus manos traspasadas. 

Conclusión

En el plan de Dios, nadie necesita ejercer una fe ciega. Él es el primero que ha dado el paso para proveer la evidencia necesaria. El resultado no será una fe vidente, porque intencionalmente Dios ha dejado espacio para la duda. El que no quiera creer, no tendrá que hacerlo.

Pero la fe del cristiano es al menos tuerta. Descansa sobre una plataforma segura, y mientras más se relacione con Dios en fe, más razones encontrará para continuar creyendo.

Finalmente quisiera exhortarte a ti, querido hermano en Cristo, y a ti, apreciado lector curioso.

Hermano en Cristo: Si te has conformado con una fe ciega por no querer profundizar en las evidencias que establecen tu fe; si te has quedado con lo que otros te dicen, en lugar de investigar por ti mismo; si crees en un Dios de segunda mano, si crees en un Dios de otros, por no relacionarte personalmente con Dios y hacerlo TUYO, a partir de hoy los tesoros del cielo estarán abiertos para ti. 

Goza de la experiencia de conocer a Dios cara a cara, y construir tu fe sobre sólido fundamento.

Lector curioso: No permitas que ningún prejuicio te impida evaluar la evidencia por ti mismo. Dios ha dejado lugar para la duda de todos aquellos que lo miran de reojo, tratando de desestimarlo. Pero aquel que con corazón abierto se acerca, en procura de conocer la verdad, se sorprenderá del almacén de recursos con los cuales Dios alimenta la razón. ¡No lo dudes, no hay nada que perder!

Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:29).

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