En el mundo tendréis aflicción

en el mundo tendreis afliccion

¿Qué estrategia usarías tú al intentar comenzar un movimiento mundial, con intención de que mucha gente escoja tu propuesta para sus vidas?

Si yo fuese Cristo, creo que hubiese usado un discurso distinto. 

Frases como «vengan a mí todos los que están abatidos y agobiados, que yo los haré descansar», o «el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás», o «he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia», parecen bastante prometedoras.

Pero ponerse de pie y decir «aquellos que me sigan padecerán de muchas aflicciones en su vida», ¡parece ser más bien una invitación a rehusarse! ¿Quién desea padecer? ¿Quién diría «¡Oh, sí! Voy con Jesús porque quiero sufrir bastante»? 

Si Jesús quería ganarse el voto de las multitudes, con esa definitivamente se peló. Pero, ¿era eso lo que deseaba el Salvador?

Jesús vino a este mundo “anunciando el reino de Dios” (Mateo 4:17), pero era también el legítimo Rey de ese reino (Mateo 21:9). Entonces debemos considerarlo el candidato político más realista y transparente de la historia. 

Él se empeñó durante años en persuadir a los hombres, exhortándoles a elegirle. Más sin embargo, nunca exageró o distorsionó la realidad de las cosas. Sus benditas promesas eran reiteradas, pero los peligros y padecimientos que les acompañaban no fueron jamás disimulados.

Jesús y los autores del NT hablaron con claridad. “os azotarán” (Mateo 10:17), “los harán morir” (v. 21), “seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre” (v. 22), “si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?” (v. 25), “no he venido para traer paz, sino espada” (v. 34), “el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (v. 38); y Pablo dijo “es necesario que a través de muchas aflicciones entremos al reino de Dios” (Hechos 14:22).

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Ni Jesús ni los apóstoles procuraron ganar el favor del mundo hablando de prosperidad material o prometiendo una vida light. El Rey del cielo no buscaba ganarse un voto a toda costa, deseaba personas comprometidas y entregadas. Por eso habló repetidamente del costo del discipulado (Mateo 8:19-20; Lucas 9:62, 14:28-33).

Cuando uno se une al bando de Jesús no se está uniendo a un club social, se une a una milicia (2 Corintios 10:3-5; Efesios 6:12; 1 Timoteo 1:18; 2 Timoteo 2:3, 4). La vida no se vuelve más fácil, se vuelve más complicada. Luchamos contra el mundo, contra el pecado, contra Satanás y sus ángeles, contra nosotros mismos…

Somos soldados de Jesucristo, y en esta guerra muchas veces tocará padecer bajo el rigor de las aflicciones. Se nos ha dicho con claridad lo que nos espera, la pregunta es ¿cuál será nuestra actitud? 

Por un lado están los que, por miedo, se retractan como Juan Marcos (Hechos 13:13). Por otro los que permanecen firmes bajo el estandarte, como Nehemías, diciendo “Yo hago una gran obra” (Nehemías 6:3). 

Lo más interesante es que la promesa de Jesús en cuanto a las aflicciones se encuentra en el mismo pasaje de la promesa de Jesús en cuanto a la paz. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad: yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Aunque Satanás, el mundo, el pecado, las circunstancias de la vida y el «yo» están aliados contra los soldados de Jesucristo, El Rey afirma que en él está la paz. 

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Es irónico, pero mientras que el cristiano ve pasar bombas y granadas a su alrededor, mientras le disparan en la pierna y en el brazo derecho, tiene paz en su alma. ¿Cómo? Su comandante ya ganó la batalla, ya venció al mundo. Todas las aflicciones que a él le toquen pasar, no podrán frustrar su triunfo final. 

Mira, te pueden quitar todo en esta vida, pero nadie te puede quitar a Jesús. Y en Él está la paz. “Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con alegría” (1 Pedro 4:13).

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