La Salvación: ¿Contribuimos a nuestra propia salvación?

la salvación

– Padre, ¿qué debo hacer para recibir el perdón y salvarme? 

– Hijo, ven mañana a la catedral a esta misma hora. Entonces, se te perdonarán tus pecados y podrás salvar tu alma.

A la mañana siguiente.

– Aquí estoy clérigo.

– Dime ¿cuál fue tu pecado?

– Robé un pedazo de pan, porque tenía mucha hambre. Mis padres no pueden mantener el hogar y me vi en la necesidad de hacer esto.

– ¡Oh hijo! No vuelvas a deshonrar a Dios con tal osadía. Para poder limpiar tu alma deberás pagar por tus pecados. Como sabes bien, todo pecado tiene consecuencias. Lo mejor es librarse de ellas.

– ¿Cómo lo hago? 

– Paga 131 libras a la Iglesia -equivalente a siete sueldos-, de esta forma quedarás absuelto de tus faltas.

Después de conseguir el dinero -que robó a una familia adinerada- el joven fue donde el pontífice y le entregó la indulgencia.

– Muy bien hijo, ahora puedes estar seguro que has sido perdonado por Cristo a través de su sangre. La Iglesia te absuelve de tus fallas. No importa de donde conseguiste el dinero, hiciste un gran sacrificio.

– Gracias.

– Recuerda, siempre que peques puedes venir a pagar por el perdón de tus faltas. De esta manera, contribuyes a tu propia salvación.

En los siglos del medioevo (X – XV) la práctica de indulgencias era el método más conocido, además usado por la iglesia más poderosa del momento, para la remisión de pecados. Dar una contribución económica por mi salvación fue la redentora de pocos y la perdición de muchos. Altos precios se pagaban, sólo la élite podía conllevar tales gastos.

Con el paso del tiempo, las iglesias protestantes y los reformadores denuncian la práctica de herética. Su decisión fue muy acertada. Al notar el gran revuelo causado en casi todo el mundo, las conciliaciones de movimientos religiosos debían determinar cuál es la forma de contribuir a nuestra salvación. Más importante todavía ¿Si contribuimos para nuestra salvación? 

¿De qué soy salvo? 

Para comprender nuestro papel en el plan divino de la salvación, hemos de entender de qué estamos siendo salvados. La respuesta más lógica es: del pecado. No obstante, las implicaciones bíblicas del pecado varían entre: iniquidad, agresión, fallar al blanco, rechazo al Espíritu Santo, entre otras. Por ende, la resolución de nuestra salvación la podemos definir mejor en la consecuencia final y directa  del pecado.

La muerte eterna es el resultado final, da hasta miedo pensar en ello. Imaginar ser quemado hasta la máxima consumación (Apoc 20:9) espanta. Tenemos la mirada fija en la vida incorruptible, pero el pecado con su consecuencia final es tan verídica como la experiencia de la salvación (Rom 6:23). Siendo la consecuencia final tan determinante, no debemos justificar el hecho del pecado a la ligera.

Acontece que todos somos pecadores (Rom 3:19) así que todos merecemos el castigo eterno. O sea, todos nos hemos “desviado de la voluntad conocida de Dios, ya sea al descuidar lo que ha mandado específicamente, o al hacer lo que ha prohibido específicamente” (DBA, Pecado). De esta transgresión nos salvó Cristo, llevando nuestros pecados se separó del Padre y venció a la muerte. 

Después de aceptarlo ¿Qué hago? 

Aceptar a Cristo Jesús en la vida, es la mejor decisión de toda persona sobre la tierra. Este don es dado por la Gracia a Dios. Habiendo trabajado el Espíritu Santo en nuestros corazones, nos lleva al arrepentimiento de nuestras fallas para dejar nuestras cargas en el hijo de Dios. Hasta aquí, todo está bien definido.

Resulta inquietante darnos cuenta de una realidad que en algunas ocasiones es presentada y en otras no. La verdad de que después de aceptar a Jesús las luchas no solo siguen, son más arduas. Parece estar completamente dado el panorama para dudar de nuestra salvación ya aceptada, olvidándonos de un hecho fundamental, cada uno de nosotros solamente aceptó a Jesus por decisión.

Si, nuestras vidas cambian solo por el hecho de decidir a quién servimos, esta es la lucha denominada el conflicto cósmico, la guerra entre el bien y el mal. En la cual la humanidad se encuentra en el medio para decidir en que filas ha de marchar. Con el marco establecido, ¿qué espera Dios que hagamos después de aceptar su gracia? 

Santidad

Muchas veces nos referimos a personas santas como si tuvieran el atributo de impecabilidad. Lo cual, se encuentra muy lejos de la realidad bíblica. Al ser justificados por Dios, empezamos una nueva vida en Cristo (2 Corintios 5:17), comienza el proceso de santificación. Es aquí donde palpar la experiencia cristiana nos puede confundir en sí debemos hacer algo para salvarnos o no. 

Para no dejar huecos en el concepto, fijemos una ilustración:

Para recibir un título universitario necesitamos cursar las materias correspondientes, pagar las matrículas y tener la nota mínima en cada asignatura. Sabemos que el título está asegurado, siempre y cuando nosotros tengamos lo necesario para cumplir los requisitos que exige. La salvación pasa por un plano, muy distinto.

En esta universidad, si aceptamos “por fe” el título de salvos, se nos es concedido al instante. Hasta si hemos cometido errores pasados son totalmente adjudicados, pero esto no pasa por simple pronunciación de querer el título. Nos arrepentimos de nuestras faltas y se nos justifica de ellas. Al recibir nuestro título por una justicia impartida, debemos hacer algo… ¡Estudiar! Por más agradecidos que estemos, no podemos ejercer la profesión. 

La universidad brinda todo lo necesario para estudiar, ya tenemos el título, sólo debemos poner esfuerzo y disciplina, lamentablemente entre muchos participantes, son pocos los que obtienen lo necesario. Otros quedan a la mitad, algunos creen que tal mérito es una mentira.

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Así pasa muchas veces con nuestra vida cristiana, se nos imputa la justificación llegando a obtener por la justicia de Cristo el título para el cielo, pero no queremos que se nos imparta la idoneidad para el cielo. Ahora ¿Cómo se nos imparte? ¿Dónde la buscamos? ¿Cómo la encuentro? 

Tito 2:11-12, nos muestra en condensada la gracia de Dios y que implica un proceso de transformación. Al decir “…rechazar la impiedad y las pasiones mundanas” nos llama a estudiar para poder ejercer el título ya otorgado. Dios está interesado en hacer este trabajo en nosotros, sin obligarnos a nada, es nuestra voluntad que debe ser sometida a sus planes.

Pablo, nos exhorta a llevar una vida plena en consagración (1 Tes. 4:7). No estamos solos en esto siempre el Espíritu de Dios nos brinda lo necesario para salir victoriosos (Efe. 3:16,17). El objetivo es representar a Dios ante el mundo, dando una reflejo de la luz maravillosa. Así muchos otros puedan obtener el título de la salvación y llenar sus vacíos. 

Estudiar, estudiar, estudiar…

La santificación (por ende nuestra salvación) va a ir muy ajustada a nuestro conocimiento de Dios. Nos referimos a lo siguiente: si tienes que estudiar debes saber cual materia estudiar, por dónde empezar, quién será tu mentor o quienes pueden serlo. La Biblia es la primera fuente, la principal para obtener la voluntad y el conocimiento de Dios. 

¿Cómo podremos obtener una experiencia salvífica si no hablamos con Aquél que nos salva de todo pecado? “Por gracia sois salvos por medio de la fe” (Efe. 2:8) nada de lo que hacemos nos puede salvar, solo en Cristo obtenemos salvación. La fe nace por el oír y el oír por la Palabra de Dios. 

Por esta razón, nada de lo que hagamos por nuestros propios esfuerzos puede justificarnos del pecado, pero mantenernos en la salvación firmes y constantes requiere más que una aceptación, se requiere voluntad, tomar las decisiones correctas. Para saber cómo hemos de actuar, necesitamos escudriñar las Sagradas Escrituras. En ella hay palabras de vida para vida. 

Si a Dios no le hubiese interesado que conociéramos sus designios, conducta, bondad y amor, jamás nos hubiese dejado su Palabra. Sin embargo, no es así. Dejó todo lo necesario para nuestra salvación, en ella no hay mayor norma de moral y ética. Las historias son narrativas con principios para la eternidad, las palabras de Jesús son las lecciones más profundas y dichas para obtener la salvación y las cartas afirman nuestra fe que por años no ha vacilado en fábulas.

Podemos comprender cada día más en lo que pende nuestra salvación, así llegar a una comprensión más firme de la relación que Cristo unió, con nosotros y el Padre celestial. 

Hace tiempo, una iglesia estaba reunida para adorar a Dios. Al tomar el sacerdote la Biblia, los miembros se colocaban de pie y colocaban una posición de oración. Mientras estaba allí -no era creyente- me percaté de una importante lección. Cuando el sacerdote terminó de leer, todos se sentaron y escucharon atentamente la explicación del encargo eclesiástico, pero nadie sacaba una Biblia personal.

Al salir de la seción, pregunté a la persona que me invitó: 

– ¿Por qué nadie trae su Biblia a la iglesia? 

– No es necesario, todos sabemos que las palabras del sacerdote son suficientes.

Me impresionó totalmente su respuesta. Era consciente de la importancia de escuchar como Dios usa a otras personas para llevar un mensaje a sus escogidos, no obstante, me percaté de la falsedad de pensar en la intercesión de una persona para llegar a la verdad. Si quiero obtener el conocimiento necesario para poder ejercer el título de salvo, debería tener como menester estudiar su Palabra para poder compartir también con otros. 

Mi esfuerzo desmedido

El esfuerzo que colocamos va enjaulado de nuestra motivación. Sin embargo, la motivación no es algo que llega de la nada. El Señor pone en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil 2:13). Como un atleta profesional o una persona que desea cuidar su alimentación es nuestra vida espiritual, al momento de rendir nuestros propios deseos. 

Si queremos estar con Dios, más cerca cada día, no dudaremos en pasar tiempo firme y constante con él. Emplearemos una rutina dinámica para realizar nuestro cometido porque la fe sin obras está muerta. En la carta de Santiago 3:2 leemos “Si alguno no ofende en palabras , es varón perfecto, capaz de refrenar todo su cuerpo” ¿Cuánto puede ser necesario para alcanzar tal cometido? Por nuestros esfuerzos propios es imposible, nuestro impulso nos lleva a sentirnos más que los demás, pero en Cristo se hace una realidad.

Imagine por un momento que nos encontramos en el cielo, un lugar perfecto, tal cual es representado en los últimos capítulos del Apocalipsis y en bellos versos del libro de Isaías, un paraíso. Solo que hay un problema, ni allí se pierde el chisme, empiezan a correr rumores de el tamaño de las alas de Juan son más pequeñas que las de Pedro, se dice que todavía hay un grupo de ángeles dispuestos a seguir la voluntad del Enemigo de Dios. 

¿Le parece una tierra buena para vivir eternamente?  Por supuesto que no, y es que así  no va a hacer. Para llegar a tal concepción de moralidad donde ni siquiera al pensar ofendiéramos a nuestro prójimo se necesita empezar desde aquí. Pero no estamos solos en esta tarea.

El Espíritu Santo nos da las medidas necesarias 

Es verdad, la tercera persona de Deidad nos atribuye su poder para fortalecernos y abastecer en nosotros el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23). También  es el revelador en nuestras mentes de la benevolencia del amor infinito de Dios. Nos da la noción de nuestro pecado dirigiéndonos al arrepentimiento genuino. Hace el trabajo en los corazones de las personas que no han aceptado el sacrificio de Cristo en ellos. 

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Con todo prefiere pasar muchas veces por inadvertido, siendo el Consolodar del mundo, para redireccionar las mentes más dañadas por el pecado a la gloria del Padre y del Hijo. Nos enseña grandes lecciones de humildad, una de las gracias más valiosas dadas por Dios y enseñada en la práctica por Jesús (Mat 11.19).

Siendo el acreedor de los dones espirituales ¿por qué no nos da lo necesario para recibir la salvación de una vez? Recordemos siempre que la voluntad de Dios no es tener seres autómatas dirigidos de forma unilateral. Nuestro Señor ama que lo adoremos con devoción genuina, verdadera sinceridad. Esto lo podemos ver en la parábola de los talentos.

Mateo 25:14-30 narra Jesús una parábola bastante conocida. Enfatizamos un versículo bastante omitido por muchos, pero resulta totalmente inquietante para contestar bíblicamente por qué los dones son repartidos de manera no equitativa. El versículo 15: “A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y al tercero uno. A cada uno según su capacidad. Y se fue lejos” (agregada la cursiva). 

En estas palabras observamos cómo todos somos capacitados, en mayor o menor escala, pero lo son. No hay excusas para decir que no tuvo oportunidad de contribuir a la obra de Dios, a desarrollar sus talentos y a mantener su vida en completa armonía con su Señor. Todos los que aceptan trabajar en la viña en Dios tienen una labor que hacer, tanto en su vida personal y en la predicación del evangelio. 

Mis acciones repercuten en mi salvación

“La Biblia enseña que todo lo referente a nuestra salvación depende de nuestro propio curso de acción” escribió la educadora Elena White, en el libro Fe y Obras. Antes de de esta oración ella presenta como se nos exhorta a pedir, buscar, llamar porque la promesa de Dios es fiel en dar, encontrar y abrir a nuestra súplica. 

No hay que argumentar como la vida cristiana está llena de pruebas para el crecimiento del pueblo de Dios. Con observar las vidas de Pablo, Job, Abrahám, David y muchos personajes bíblicos, podemos reconocer la importancia de tomar las decisiones correctas, en favor de nuestro llamado hecho por Dios. 

¿Qué sucedía con nuestras inclinaciones antes de aceptar a Cristo? Como dice Pablo, eran hacia la carne, pero ya no lo son sino, que vivimos bajo el Espíritu. Esta determinación no es una obra mágica que ocurre cada 200 años en cantidad delimitada de personas escogidas por Dios. No es un cuento de hadas, es la verdad pura de la transformación de los Hijos de Dios al decidir recibir el derramamiento de su Espíritu Santo.

Esta voluntad viene tras acceder a la salvación en Jesucristo, por el cual somos únicamente salvados. Escogemos si obedecer o flaquear ante las vicisitudes de la vida, que no pasan desapercibidas ante la soberanía de Dios. Podemos confiar solo en el arrepentimiento espurio de la vez que nos bautizamos y creer en la suficiencia de un momento tan solemne, aunque nos engañemos a nosotros mismos. 

Dios exige dar nuestra voluntad bajo su voluntad, recordemos al joven rico. Deseoso de obtener la salvación, no se le pidió que confesara a Jesús como el Mesías, ni que hiciera algún milagro, Jesús fue claro con él: “Una cosa te falta. Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.” (Mar 10:21) Esta petición requería una dependencia absoluta a Dios. Significaba rendir cada una de sus pertenencias a la causa del bien al prójimo, sabemos que no lo hizo, no porque no amaba a Jesús, sino porque amaba más a lo material que ha Cristo.

Nuestras acciones así como contribuyen a permanecer en sintonía con Aquél que nos llamó de tinieblas a luz, de igual forma pueden llevarnos a la perdición total, empezando por rechazar los designios divinos. La respuesta de Jesús después de contar lo difícil que sería para un rico llegar al reino de los cielos, nos brinda es una bendición de esperanza irrebatible: “Para los hombres es imposible, para Dios, no. Para Dios todo es posible” 

Nuestra conducta define nuestro rumbo, si ella se está pareciendo a la de Cristo, entonces vamos por el camino correcto y estamos andando, no obstante, si solo se estanca hasta retroceder en anchura y profundidad en el amor de Dios, seguramente estamos yendo en dirección equivocada, tomando las decisiones erróneas. 

Mis acciones no me salvan, pero si son la muestra de que lo soy

Mateo 7:24 da la razón a el enunciado “En fin, todo el que oye estas palabras, y las practica, será como el hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca”. Existe una demanda de obediencia a los hijos de Dios, en todo sentido acción y pensamiento porque la Ley del Creador no se guarda externamente, se guarda en el corazón (la mente). 

Veamos que a los constructores le cayó la lluvia, ninguno fue librada de la misma. La diferencia siempre estuvo en el cimiento de ella. El salmo 117 registra un principio parecido, donde es explícita la construcción del carácter en las manos de Dios, fuera de Él, por mayores que sean los esfuerzos del hombre, nunca podrá alcanzar la salvación. Sin entrar al plan de salvación como es desde el principio de los tiempos, nuestros pecados no serán perdonados, no porque Dios no quiera, sino por la desobediencia que va en contra de la Ley de Dios.

Por supuesto, estamos bajo la gracia, recordando siempre que el título de salvación nos lo dan gratuitamente, pero nos dan la oportunidad de decidir si tomarlo o no.

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En cierta ocasión un joven de un país occidental hizo un experimento social, el cual explica muy bien porque muchas veces como seres humanos no aceptamos la gracia de Dios y nos rendimos ante Él. 

A través de su cuenta en internet brindó gratuitamente dos apartamentos para poder vivir en Palestina e Israel, apenas fue subido el video a las redes, miles y miles de seguidores comenzaron a enviar correos para ocupar el tiempo en los apartamentos. Todo normal hasta que unos pocos meses posteriores, alrededor de la mitad de los ocupantes estaban negando su confirmación.

No se debía a falsedad, porque la información era (y todavía es) verídica. Pasó lo menos esperado, muchos apartaron con la intención de quizás ir a estos países o sólo lo hicieron por bromear o tal vez por ser gratuitos no era suficiente para algunos. La cuestión estaba en cómo se valoraba la oportunidad de tener un hospedaje sin pagar, y los sacrificios que se debían hacer. Solamente lo disfrutaron aquellos que estaban seguros de querer ir a disfrutar de tal regalo. 

Como seres caídos nos cuesta aceptar que lo más valioso en nuestras vidas, la bendición de Dios, nos es dado gratuitamente. Somos llamados por Dios no por tener buenas obras en una lista para recibir su llamado. Al contrario, somos llamados para empezar por fe, a caminar con Dios. Siendo la mejor relación que un hijo puede llegar a tener con su Padre.

Nuestros deseos carnales nos impulsan a la muerte, pero el Espíritu a la vida. Subyugar los deseos de carne, aunque es a medida de nuestra consagración diaria, depende de nuestra semblanza a dedicar el tiempo necesario para el estudio de la Palabra y la oración. Estamos hechos para mantener nuestra vista hacia Dios, pero no obligadas a hacerla. 

Somos sometidos a aferrarnos a nuestras inclinaciones, desagradando a Dios, haciendo todo lo contrario para nuestro bien espiritual. Nos desligamos de los principios de ética y moral genuinos establecidos en la Ley de Dios. 

En este punto la transformación realizada por el Señor hace la diferencia, viviendo como vivió Cristo, según el Espíritu, somos templo de Él, vivimos por Él. Porque si no tenemos a Cristo con nosotros, estamos en contra suya. Más, al morir a Jesús nuestra carne es deteriorada, siendo el espíritu el que vive a causa de Su justicia (Rom 8:6-10).

La unión de la fe y las obras

El mayor dilema que podemos tratar de nuestra contribución a nuestra propia salvación se basa en creer que nos salvamos por las obras. Este engaño es el otro extremo de un sinfín de acontecimientos en la historia. 

Desde el pago de las indulgencias, hasta la entrega de ofrendas para demostrar que se es un verdadero cristiano (por obligación) todo ha sido corrido con el mismo cauce. Me salvo por lo que hago. 

El apóstol Pablo deja en claro que esto no es así. Desde Gálatas 3:6-14 diluye la verdadera esencia de la salvación del Nuevo Pacto, por la justificación de la fe en Dios. No hay más, ni menos. Además, la promesa de Dios a Abrahám es la gran piedra angular del asunto. No es un simple ejemplo, es la verdadera forma de poder entender como una promesa realizada miles de años por Dios, se cumple con firmeza por todo el mundo, a través de sus hijos en la tierra.

En la carta a los Efesios 4:25-32 da la razón explícita de dejar todo aquello que es vano y va en contra de la Ley de Dios. “Renovad la actitud de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado para ser semejante a Dios en justicia y santidad” (Efe. 4:22-23) prosigue una lista de actos que van en contra de la renovación en nuestras vidas. El cristiano hace el bien en consecuencia de ser salvo, no hace el bien para ser salvo. 

Por último, la carta de Santiago es la mayor controversia, porque pareciera argumentar que las obras son más importantes que la fe. Si somos radicales en algunos de estos puntos corremos el riesgo de atestiguar con falsedad no solo con palabras sino con nuestros hechos. Jacobo (Santiago como se conoce actualmente) fue inspirado a escribir como la fe mueve por completo a ser obedientes en cada aspecto de la vida.

Un versículo muy pleiteado es: “Ya ves que el hombre es justificado por las obras, no sólo por la fe” (Sant 2:24), aunque a priori muestra una posible discrepancia a las palabras  de Pablo de salvación por la gracia. Sin embargo, toda la Escritura fue inspirada por Dios para llevarnos a la completa realización de la santificación en cada una de nuestras vidas. 

Si leemos otros pasajes como 2 Ped 1:13; Efe. 2:8,9; Rom 6:15 toda sombra de duda se disipa. Nuestra vida empieza a cobrar el sentido correcto. Dios nos ama tanto que nos brinda la salvación a todos sin acepción de personas. Cuidando cada detalle del plan para la redención de los caídos. Por si fuera poco, nos prepara para poder estar aptos en su segunda venida de morar con él y los santos por la eternidad. Aceptar su sacrificio es mostrar interés por ser cada día un ciudadano que estando en la tierra tiene su ciudadanía en cielo. 

La respuesta final sería un rotundo, ¡Sí! contribuimos a nuestra salvación, con una sola cosa: tomar una decisión. Aceptar o rechazar el título de salvación y aprender cómo ejercer tal profesión divina, es nuestra elección. Pudiendo ser nuestra mejor contribución a la vida eterna o definirnos para siempre como enemigos de Dios.

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