Isaías: “Consolaos, pueblo mío” – Crisis de liderazgo

Versículo para memorizar: Isaías 6:1. “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo”.

El rey Uzías “hizo lo recto ante los ojos de Jehová” (2Cr. 26:4). No obstante, “se enalteció para su ruina” (2Cr. 26:16). Por esta razón, tuvo que compartir los últimos años de su reinado con su hijo Jotam. Durante esa crisis, Isaías fue llamado como profeta para denunciar los pecados de Israel. Pero, al morir Uzías, Dios consideró necesario renovar el llamamiento profético de Isaías con una visión que marcaría su misión durante el resto de su ministerio profético.

EL REY ESTÁ MUERTO. ¡LARGA VIDA AL REY!

“Los demás hechos de Uzías, primeros y postreros, fueron escritos por el profeta Isaías, hijo de Amoz” (2ª de Crónicas 26:22).

Como miembro de la familia real, Isaías tuvo un estrecho contacto con Uzías. Uzías fue un fiel siervo de Dios y recibió grandes capacidades. Fue un gran estratega, constructor y agricultor (2Cr. 26:5-7, 9-10, 15). Pero quiso ser más de lo que Dios le había encargado. Aspiró a realizar funciones sacerdotales, y Dios le castigó con lepra (2Cr. 26:16, 19, 21). Durante ese periodo, el pueblo pareció contagiarse de una “lepra” moral. Necesitaban que Isaías les presentase al Rey santo, puro, inmortal y perfecto.

SANTO, SANTO, SANTO (ISA. 6:1–4)

“Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3).

Uzías quiso presentarse ante Dios y quedó herido por Su santidad. Dios se presentó ante Isaías y éste quedó transformado por Su santidad. Sentado en un trono alto y sublime, la presencia de Dios cubría todo. Las puertas se estremecían y el humo llenaba el templo. Seres envueltos en llamas [serafín significa “el que arde”] le rodeaban y le alababan, proclamando la santidad de Dios. El mensaje era claro: Dios es santo y exige santidad (Lv. 11:45; 19:2; 20:26; 1P. 1:16). Al igual que Ezequiel, Daniel o Juan, la fe de Isaías quedó fortalecida con esta visión (Ez. 1; Dn. 10; Ap. 1).

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NUEVA PERSONALIDAD (ISA. 6:5–7)

“y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:7).

Dada la similitud con el Día de la Expiación, donde el humo llenaba el Lugar Santísimo, ocultando al sacerdote de la gloria directa de Dios, es comprensible que Isaías se sintiese juzgado… ¡y condenado! El carbón encendido fue tomado del altar de oro, donde se ofrecía el incienso intercesor. Representaba, pues, a la intercesión de Jesús, el único capaz de perdonar el pecado y transformar a los creyentes. Uzías quiso ofrecer incienso y cargó con su pecado. Al ser tocado por el carbón, Isaías fue hecho incienso por Dios, y su pecado fue perdonado.

COMISIÓN REAL (ISA. 6:8)

“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8).

Reconfortado por el perdón divino, Isaías fue movido a ofrecerse voluntariamente para cumplir la misión a la que Dios le quisiese enviar. Pablo nos insta a acudir confiadamente al Santuario, ante el trono de Dios, y hallar gracia, porque allí se encuentra Jesús intercediendo por nosotros (Hebreos 4:14-16). Después de todo, es en el Santuario Celestial donde el creyente encuentra consuelo para sus aflicciones y fuerzas para llevar adelante su misión (Salmo 73:17; Apocalipsis 5:4-6).

TERRIBLE APELACIÓN (ISA. 6:9-13)

“Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad” (Isaías 6:10).

El propósito de Dios es que todos se arrepientan y se salven (Jn. 3:16; 2P. 3:9). Por eso, envía continuamente mensajes de reprensión a través de sus mensajeros (y cada creyente es un mensajero de Dios). Estos mensajes provocan dos tipos de reacciones: aceptación o rechazo. Al igual que ocurrió con Faraón, cuanto más se rechace el mensaje, más se endurece el corazón, más se cierran los oídos y más se ciegan los ojos. Los pocos que lo aceptan son llamados “simiente santa” (Isaías 6:13).

Nota de EGW: “A todo aquel que llega a ser partícipe de su gracia, el Señor le señala una obra que hacer en favor de los demás. Cada cual ha de ocupar su puesto, diciendo: “Heme aquí, envíame a mí.” Isaías 6:8. Al ministro de la Palabra, al enfermero misionero, al médico creyente, al simple cristiano, sea negociante o agricultor, profesional o mecánico, a todos incumbe la responsabilidad. Es tarea nuestra revelar a los hombres el Evangelio de su salvación. Toda empresa en que nos empeñemos debe servirnos de medio para dicho fin” (El ministerio de curación, pg. 106).