El libro de Hechos – Arresto en Jerusalén

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Versículo para memorizar. Hechos 23:11. “A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como
has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma”.

El anhelo de Pablo era ver una iglesia unida (Gálatas 3:28). Por ello, animó a las iglesias gentiles a ayudar a sus hermanos judíos de Jerusalén llevándoles una ofrenda (Romanos 15:25-27). Tal como había sido anunciado por el Espíritu Santo (Hechos 21:11), su estancia en Jerusalén se vio pronto llena de problemas, tanto dentro como fuera de la iglesia.

ENCUENTRO CON LOS DIRIGENTES DE JERUSALÉN.

“Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres” (Hechos 21:21).

Pablo recibió una cálida recepción por parte de la iglesia en Jerusalén. No obstante, Jacobo le informó de algunas críticas que habían recibido sobre él. Según estas críticas, Pablo enseñaba a los judíos a abandonar las costumbres nacionales. Se le pidió que hiciese una demostración de “piedad” pagando el voto de unos nazareos. Pablo podía haber negado sin más las críticas. Sin embargo, accedió a la petición de Jacobo. Esto implicaba, tácitamente, aceptar las tradiciones judías como medio de salvación.

Nota de EGW: ““Esa concesión no estaba en armonía con sus enseñanzas [de Pablo] ni con la firme integridad de su carácter. Sus consejeros no eran infalibles. Aunque algunos de esos hombres escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo, sin embargo, a veces erraban cuando no estaban bajo su influencia directa. Se recordará que en una ocasión Pablo se opuso a Pedro frente a frente porque estaba actuando en forma doble” (CBA, tomo 6, sobre Hechos 21:20-26).

DISTURBIOS EN EL TEMPLO.

“Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano” (Hechos 21:27).

En algunos casos del voto del nazareo, se debía realizar este rito: “el día de su purificación raerá su cabeza; al séptimo día la raerá. Y el día octavo traerá dos tórtolas o dos palominos al sacerdote” (Números 6:9-10). Poco antes de cumplirse el tiempo señalado, Pablo fue acusado por los judíos de haber introducido gentiles en el atrio de los judíos (grandes carteles advertían de la pena de muerte). Fue tal el alboroto que, de no ser por la intervención del tribuno Claudio Lisias, la multitud habría linchado a Pablo. Claudio encadenó a Pablo y ordenó llevarlo a la fortaleza Antonia.

ANTE LA MULTITUD.

“Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros” (Hechos 22:1).

Pablo pidió permiso para dirigirse a sus conciudadanos. Al hablarles en lengua hebrea (arameo), la multitud calló. La defensa de Pablo era un intento de evangelizar a sus compatriotas a través de su testimonio personal, intentando convencerles de que Jesús era el Mesías. Todos escucharon con atención a Pablo, hasta que se refirió a su misión entre los gentiles. “Entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva” (Hechos 22:22). Llegados a ese punto, el tribuno lo introdujo en la fortaleza y le mandó azotar. Pablo usó entonces sus derechos como ciudadano romano para librarse del castigo.

ANTE EL SANEDRÍN.

“Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga” (Hechos 23:6).

Pablo intentó hablar al Sanedrín, como lo hizo a la multitud, de su devoción personal, de su persecución de los cristianos, de las revelaciones de Jesús, y de su conversión. Sin embargo, nada más comenzar, Ananías mandó golpearle. Así terminó abruptamente el discurso del apóstol. Entonces, Pablo puso a los fariseos en contra de los saduceos al hablar de la resurrección. Nuevamente, Claudio tuvo que rescatar a Pablo. Dios animó al apóstol y le aseguró que daría testimonio en Roma.

EL TRASLADO A CESAREA.

“Venido el día, algunos de los judíos tramaron un complot y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo” (Hechos 23:12).

Dios usó al sobrino de Pablo para librarle de la muerte a manos de los judíos. Avisado el tribuno por el joven, ordenó que se trasladase a Pablo hasta Cesárea. La cantidad de hombres que formaban el complot (más de 40) y el odio que habían demostrado los judíos y el propio Sanedrín, obligó a Claudio a tomar grandes precauciones para asegurar la seguridad de Pablo.
Ante el gobernador Félix, el apóstol podía ejercer su derecho a un juicio justo, y a apelar –si era necesario– al propio César.

Nota de EGW: “Nuevamente el Señor se apareció a Pablo y le reveló que debía subir a Jerusalén, que allí sería atado y que sufriría por su nombre. Aunque estuvo preso mucho tiempo, el Señor se valió de él para llevar adelante su obra especial. Sus cadenas habían de ser el medio de difundir el conocimiento de Cristo y de esta suerte glorificar a Dios. Al ser enviado de una ciudad a otra para ser enjuiciado, su testimonio concerniente a Jesús y los incidentes interesantes de su propia conversión fueron relatados delante de reyes y gobernantes, para que ellos quedasen sin excusa en lo concerniente a Jesús. Miles creyeron en Cristo y se regocijaron en su nombre” (Primeros escritos, página 207).

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