Salmo 145: explicación

explicacion del salmo 145

Uno de los grandes problemas de la humanidad, que ha causado tanto daño a la gente, a los pueblos, que ha impedido a gran escala el progreso de las sociedades y costado la vida de multitud de personas inocentes, que ha corrompido a buenas personalidades, y mantenido las riendas del mundo bajo el a gusto dominio del Diablo, es el hambre de poder.

Reyes, gobernadores, papas, empresarios, administradores, presidentes, pastores, y distintas clases de personas, en sus respectivas escalas, han sucumbido a este mal. Y por ello han intentado destruir todo lo que se atravesaba en su camino, comenzando por su consciencia. 

Por eso dicen que si deseas conocer el carácter auténtico de una persona, debes darle poder. 

¿Tienes tú ansias de poder? ¿Quieres ser alabado por la gente? ¿Quieres que te reconozcan y te admiren? ¿Que te consulten a ti para lo que es importante? ¿Que el mundo se ponga de pie cuando aparezcas? ¿Procuras las mejores cosas para ti? ¿Qué te escojan para las mejores posiciones?

Entonces quiero compartir contigo el remedio preciso para eso: la alabanza. ¿Quieres librarte del deseo de adulación y poder? Entonces alaba, alaba, no te canses de alabar. Alaba al que es digno, al Magnífico, al Admirable, Al Dios fuerte, al que es sobre todo nombre, y delante de quien se postra toda rodilla, el único que es bueno, ¡alaba a Jehová! Y no te canses. 

Quizás por esta misma razón alguien tan grande como el rey David jamás dejó de alabar. Se deleitaba en reconocer la superioridad de Dios, y eso le ayudaba a mantener una sana comprensión de sí mismo. 

El sobre escrito del Salmo 145 es exactamente ese: Alabanza de David.

Salmo 145

El salmo 145 es considerado el primero de los 6 salmos triunfantes que sirven de conclusión a todo el salterio (145-150); aunque no forma parte del halel final, que es el conjunto de los 5 últimos salmos que comienzan y terminan con la exclamación “¡Aleluya!” (146-150), como una invitación a la adoración. 

Y este salmo es también el último de los salmos acrósticos (Salmos 9/10, 25, 34, 37, 111, 112, 119). Es decir, que cada versículo comienza con una letra distinta del alefato hebreo, comenzando por la Álef y terminando por la Táv. Sin embargo, por alguna razón contamos solamente con 21 versículos en lugar de 22, puesto que carece del verso de la letra Nun

Esta composición ayuda a visualizar la estructura del salmo como una integridad, sin divisiones en estrofas. Los salmos acrósticos se caracterizan por esto, a menos que su longitud sea mucho mayor, formando conjuntos de versos que empiezan con la misma letra (un ejemplo es Salmos 119).

En cuanto a la autoría, es bastante probable que haya sido escrito por David, ya que el sobre escrito del salmo le menciona. Sin embargo, por razones de la incertidumbre histórica alrededor de estos encabezados, y la ambigüedad de la lectura de los mismos, es difícil afirmarlo sin lugar a dudas. 

Finalmente, su temática es bastante evidente. David se ha propuesto escribir un salmo acróstico de alabanza, y para eso debe reunir sinónimos (alabar, exaltar, bendecir, etc…), títulos (Dios, Rey, Jehová, etc…), atributos (grande, digno, clemente, etc…) y acciones (sostiene, colma, cumplirá), con el fin de poder cumplir con las exigencias que representa un salmo de este tipo.

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Así que el tema es alabanza y más alabanza. Alabanza por lo que Dios es, alabanza por lo que hace. El autor enumera diferentes razones y motivos para alabar a Dios, uno tras otro, con invitaciones intercaladas a la asamblea para unirse con él en adoración. 

Por lo tanto, no es un salmo para ser visto meramente desde un punto de vista exegético. Es más bien para ser disfrutado, cantado, recitado, para ser leído con devoción  y un intenso deseo de exaltar y entronizar a Dios en el corazón. 

Así que alabemos, entonces, a Dios con las palabras de este salmo.

Versos 1 al 3

La primera porción del salmo es de naturaleza muy personal. Un monólogo del adorador dedicado a Dios. Y aunque la interacción en segunda persona se mantiene por el resto del escrito, parece que a partir del verso cuatro el autor disipa en cierta medida su propia personalidad, para fundirla con la multitud. 

Pero en estos tres primeros versos, quizás a manera de introducción, el autor habla a Dios directamente y le expresa su necesidad de exaltarle, bendecirle y alabarle; y hacerlo “eternamente y para siempre” (vv. 1, 2). 

No solamente habla de duración, sino también de constancia, pues dice “Cada día te bendeciré” (v. 2). El salmista desea alabar a Dios hasta el fin de su vida, aunque quisiera también hacerlo por la eternidad. Para nada es algo que le cansa o agobia; alabar es algo que le apasiona, alaba cada día de su vida y bendice el nombre de Dios (símbolo de su persona, su fama y su carácter).

Le llama “mi Dios”, “El Rey”, lo que es muy significativo, pues, si el salmo lo escribió David, quiere decir que está reconociendo a Dios como el legítimo Rey. Nada de ansias de poder aquí. 

Y ahora presenta una primera razón para alabar a Dios: “Grande es Jehová y digno de suprema alabanza; su grandeza es insondable” (v. 3). Dios es grande, supremo, Rey, y digno de toda honra y honor. Como diría el Señor Jesús “Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos” (Mateo 6:13).

Puedo visualizar al salmista abriendo sus ojos a un nuevo día y, agradecido, recitar estas palabras. Puedo verlo arrebatado en un atardecer diciéndole al Señor: «Oh, Padre, dame por favor el privilegio de alabarte por siempre». 

¿Nos damos cuenta que alabamos a aquel cuya grandeza no puede ser medida ni examinada? ¡Grande es Jehová y digno de gloria!

Versos 4 al 7

Tras una introducción sustancialmente personal, a partir del verso 4 el autor comienza a fundir su propia figura individual en el grupo cuando dice “Generación a generación celebrará tus obras” (v. 4).

En los primeros 3 versículos era como si sólo fuesen Dios y él. Permanece el diálogo en segunda persona pero ya no son él y Dios solamente; ahora aparecen también las generaciones de los fieles que celebrarán las obras del Señor y anunciarán sus “poderosos hechos”. 

Estos “hechos” parecen recibir especial atención en estos versículos. El salmista se goza de pensar en cómo su Dios y su Rey será alabado por todas las edades. Las generaciones celebrarían sus obras y anunciarían sus hechos, los hombres hablarán de ellos, de la memoria de su bondad y cantarán su justicia. Él mismo meditará en los “hechos maravillosos” de Dios, y publicará su grandeza (vv. 5-6).

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En estos pasajes se nota un proceso interesante que, aunque no es lo que el salmista está procurando colocar en el centro de atención, nos lleva a la reflexión. Antes que una generación pueda anunciar los hechos poderosos de Dios, otra anterior tiene que haberlos vivido y celebrado. Antes que el salmista pueda meditar en el poder de Dios, alguien debe haberlo registrado. Antes que los hombres puedan proclamar la memoria de su bondad, otros tuvieron que haberla publicado.

Es decir, ninguno en el siglo VI a.C hubiera alabado a Dios por abrir el mar rojo si el pueblo no hubiese alabado a Dios generación tras generación por ese hecho. Para que alguien pueda alabar a Dios mañana, nosotros tenemos que alabarle hoy. 

Los hechos de Dios son poderosos (v. 4), maravillosos (v. 5), estupendos (v. 6), son hermosura y gloria (v. 5), bondad y justicia (v. 7), pero si no los publicamos y celebramos, de nuestros propios recuerdos no pasarán. 

¿Pero quién puede quedar callado cuando ve los milagros del Señor? Jesús le mandaba a los sanados que no dijesen nada, y la gente hacía todo lo contrario, ¿por qué? ¡Es imposible callar!

Así que el salmista se goza de que las generaciones y los hombres no se quedarán callados; hay demasiadas razones para alabar como para permanecer en silencio. Como dice una canción que me encanta: «¡Que suene hoy su nombre en todas partes! ¡Que el mundo entienda que la solución es él! Que en él la vida es diferente, que en él la vida es de valor, que sólo él llena de paz y de alegría el corazón».

¿Has conocido y experimentado los hechos de Dios? Entonces abre tu boca y alaba.

Versos 8 al 13

A partir del verso 8 no solamente el salmista involucra a otros grupos en la conversación, sino que incluso el diálogo fluctúa entre la segunda y la tercera persona. La conversación pasa de ser con Jehová a ser más que todo sobre Jehová. 

Es de esperarse, pues, el que alaba responde al deseo de publicar la grandeza de Jehová, publicar sus hechos, mostrar la hermosura de su carácter. Quiere hablar a los oyentes de su bondad, su reino y poder.

Por eso el siguiente verso se hace eco de uno de los pasajes que más repercusiones tiene en todo el Antiguo Testamento, Éxodo 34:6. El salmista cita “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia”, y luego dice “Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras”.

Qué precioso es el carácter de Dios. Su mismo existir es una razón para alabarle. Su manera de vernos y tratarnos, tan buena y misericordiosa, debiera de traer consigo una estela de amorosa adoración. 

Este es el razonamiento del salmista, por eso prosigue con la exclamación “¡Te alaben, Jehová, todas tus obras, y tus santos te bendigan! La gloria de tu reino digan y hablen de tu poder” (vv. 10-11).

Son los santos, los que han experimentado la bondad y la misericordia de Dios y se deleitan en alabarlo, los que pueden testificar fielmente de la gloria del reinado de Dios, su poder y grandeza. Ellos tienen las mejores credenciales para “hacer saber” sus hechos y la “magnificencia de su reino” a los “hijos de los hombres” (v. 12). 

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Y le sigue una breve doxología “Tu reino es reino de todos los siglos y tu señorío por todas las generaciones” (v. 13, Salmos 10.16). No solamente es un reino de bondad y misericordia, es también el único que permanecerá para siempre. Los reinos de este mundo decaen, pero el de Dios “no será jamás destruido” (Daniel 2:44).

Versos 14 al 21

Por último, el salmista enumera algunas de las actividades que el Dios misericordioso, como cabeza de su reino, realiza en favor de sus santos. 

Ya en esta sección final desaparece casi por completo la segunda persona, pues el salmista se aboca a detallar los hechos «rutinarios», pero portentosos, de Dios, que le hacen digno de toda alabanza y honor. 

Él sostiene a los que caen en el pecado y levanta a los oprimidos por las cargas y tristezas (v. 14), él le da la ración de alimento en el momento preciso a todos cuantos esperan en él (v. 15), él abre su mano para colmar de bendición a los vivientes (v. 16). En su accionar, la justicia y la misericordia por demás están aseguradas (v. 17). 

Él está muy cerca de todos los que buscan su rostro, los que le invocan de todo su corazón (v. 18), él cumple los deseos y anhelos de los que le temen, oirá sus clamores, y los salvará del peligro y las asechanzas del diablo (v. 19). Guardará bajo su sombra protectora a los que le aman, pero también hará justicia a los impíos (v. 20).

Dios es el prototipo de Rey que toda nación quisiera tener. El Rey con el que todos sueñan, por el que todos votarían, ¡ese es Dios! Justo, fiel, misericordioso y generoso. Que restaura, que sana, que provee. 

La grandeza de Dios no conoce límites, claro; sus hechos son poderosos y maravillosos, por supuesto; su carácter es perfecto y su reino eterno, definitivamente; ¡por todas esas razones alabarlo es un placer! Pero más aún por lo que hace por sus hijos, por sus milagros diarios, por estar cerca del que le busca, por amar y escuchar la oración, por proteger y sustentar… Por doquiera miramos, hay razones para alabar a Dios.

A fin de cuentas, esa es la conclusión: por lo que ha hecho, por lo que hará, por lo que es y por lo que no, por su promesa y bendición, por todo, rendirnos en alabanza a Dios es lo mínimo que podemos hacer.

Y el salmo culmina tal como empezó: “La alabanza de Jehová proclamará mi boca. ¡Todos bendigan su santo nombre eternamente y para siempre!” (v. 21).

Con un Dios tan grande y bueno, que de su trono está dispuesto a descender muy cerca del que le invoca, y alabando a un ser de una naturaleza tan humilde y preciosa, ¿es posible andar desviviéndonos por la gloria humana?

La respuesta es no. Mientras más alabamos al que es digno, más pequeños deseamos ser delante de él. Cancelada la alabanza propia, ¡que toda la que existe sea para el Señor!