No te dejaré ni te desampararé

no te dejaré ni te desampararé

La vida a veces pareciera consistir en una larga lista de promesas incumplidas. Promesas de amor, de ayuda, de amistad “para siempre”, apoyo, confianza, favores… etc. Hablamos y no cumplimos, decepcionamos y nos decepcionan. ¡Esas son nuestras promesas!

Si se llevara un registro de la cantidad de promesas que hemos hecho y hemos recibido, que han quedado inconclusas, probablemente nos sorprenderíamos de cuán poco vale la palabra humana.

Por eso nos identificamos con pensamientos como “En las promesas almíbar, en el cumplimiento acíbar” (Tirso de Molina), “El medio más seguro de mantener la palabra es no darla nunca” (Napoleón), o “El más lento en prometer es siempre el más fiel en cumplir” (Jean-Jacques Rousseau).

Confiar en las promesas humanas definitivamente suele ser una mala elección. 

Ahora bien, esto no siempre es así. Hay factores que intervienen en la manera cómo decidimos percibir el valor de una promesa, y uno de ellos ‒quizás el más importante‒ es la confianza probada. ¿Cómo es eso?

Cuando llevas 3 meses relacionándote con una persona y te promete amor eterno, si te atrae probablemente te ilusionarán sus palabras. Sin embargo, en el fondo sabes que en 3 meses no existe una confianza probada como para medir el verdadero valor de dicha promesa.

Si en lugar de 3 meses llevas relacionándote con una persona durante 10 años, la confianza ya ha venido siendo examinada por buen tiempo; ha sido demostrada en diversas circunstancias, ha pasado por el fuego de las promesas cumplidas/incumplidas. 

Ahora sí estarías en posición de medir de manera más realista el valor de una promesa hecha. 

Lea también: ➡️  Mi pueblo perece por falta de conocimiento

Ahora pongámonos en el lugar de Josué. Él fue testigo presencial de la liberación de los israelitas de Egipto, vio descender plagas y juicios, y a su pueblo ser protegido de ellos; vio el mar rojo abrirse y la provisión milagrosa que Jehová hizo para ellos durante toda su estancia en el desierto.

Vio la fidelidad de Dios frente a frente con el fracaso de Israel en obedecerle, fue enviado como espía a la tierra de Canaán, y junto con su amigo Caleb fueron los únicos en creer en la promesa del Señor. Fue la mano derecha de Moisés, y contempló muy de cerca la intervención Divina hasta llegar a la misma frontera de la tierra. 

Ahora Moisés había muerto. Dios aparece y le dice a Josué “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida: como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé” (Josué 1:5). 

¡Huele a una promesa! Claro, sí, sí. Es una promesa, no cabe duda. Entonces… ¿será que se puede creer en ella? 

Debo decir que “no te dejaré ni te desampararé” es una promesa sospechosa. Se asemeja mucho a esa clase de promesas que nos hacen: “Yo siempre voy a estar aquí para ti”, “no dudes en llamarme, cuenta conmigo”, “tranquilo, otros te fallan pero yo no”; ¡Y nunca cumplen!

¿Qué nos hace pensar que Dios podría ser diferente a los demás? Precisamente la confianza probada. 

El Señor no le pide a Josué que crea ciegamente en sus palabras. Lo invita a avanzar por la confianza en los hechos que Él ya ha realizado antes. Le anima a sustentar su fe sobre los años y las experiencias que han demostrado que la confianza en sus promesas está 100% probada.

Lea también: ➡️  El amor es sufrido

Josué podía dormir confiado. Dios, cuya veracidad y fidelidad están firmemente probadas, había prometido no dejarlo ni desampararlo jamás. 

Más tarde el autor de Hebreos interpretó que esta promesa trasciende del 1300 a.C. Él estaba convencido que aplica a todo súbdito del “príncipe del ejército de Jehová” (Josué 5:14) cuando exhortó en contra de la avaricia afirmando que Dios dijo “Nunca te dejaré ni te desampararé” (Hebreos 13:5).

La mayor seguridad de protección, propósito, guía, estabilidad emocional y financiera, se encuentra en estas palabras. 

Dios (sí, Dios) ha prometido nunca dejarnos ni desampararnos. Ha prometido estar con nosotros todos los días de nuestra vida. Ha prometido prosperar nuestro camino (Josué 1:8) y acompañarnos doquiera vayamos (1:9). ¡Dios mismo! ¿Qué más se puede pedir?

Esto no es una promesa liviana y fugaz. Es una promesa asegurada por las palabras y hechos de aquel que “no miente”; que cuando dice algo, lo realiza (Números 23:19).