No os conforméis a este siglo

No os conforméis a este siglo

En 2017 se llevó a cabo el festival Starmus que reunió en Trondheim (Noruega) a científicos y visionarios de diversos ámbitos preocupados por el futuro de la tierra y de la humanidad. 

El difunto Stephen Hawking participó por videoconferencia tras cancelar su viaje a última hora, y junto a Buzz Aldrin, Charlie Duke y Harrison Schmitt, expuso reiteradamente la necesidad de comenzar a implementar planes estratégicos a largo plazo para abandonar la órbita terrestre. 

Hawking hizo declaraciones como las siguientes: “no tenemos futuro si no colonizamos el espacio”. “Tenemos que salir de la Tierra”. “El mundo se está quedando demasiado pequeño para nosotros”. “Nos estamos quedando sin espacio. Ha llegado la hora de explorar otros sistemas solares”. “Nos encontramos en el umbral de una nueva era espacial”. “Nuestro futuro está en ir con audacia adonde nadie ha ido jamás”.

Sin embargo, sus estimaciones giran en torno a que quizás en unos 200 años puedan iniciar los viajes interestelares. Por otro lado, Aldrin prevé que en el transcurso de 50 años se llevará a cabo el primer viaje espacial a Marte. 

Finalmente dejaron en claro que para poder alcanzar este objetivo, las naciones, y especialmente las potencias espaciales, deben unirse y trabajar en común. 

Parece que hay muchas personas siguiendo el consejo del apóstol Pablo: “No os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2). Han entendido tan bien el texto —interpretando “siglo” como “mundo”—, que están montados en poder dejar este planeta atrás y conseguir uno nuevo. 

Sin duda que han llevado las palabras de Pablo a su máxima expresión. «¿No debemos conformarnos a este mundo? ¡Pues salgamos de él!».

Aunque podría conservar algo de razón, nosotros no vamos hasta ese extremo. El verso es citado repetidamente, pero, ¿Cuál fue la intención del mensaje de Pablo en Romanos 12:2?

La carta a los Romanos

Se ha debatido mucho en cuanto a la estructura formal de la carta a los Romanos. Pero un rompimiento tan abrupto como el de Romanos 12:1 hace que todos reconozcamos a leguas la existencia de una nueva división principal; que separa la carta en una primera sección doctrinal (capítulos 1-11), una segunda sección parenética (capítulos 12-15), y un epílogo personal (15:22-16:27).

Estructura que deja ver nuestro texto ubicado en la transición de la parte teológica a la práctica. 

Pablo ha venido esbozando algunos puntos doctrinales básicos en la primera sección: 1) La universalidad de la justificación por la fe (caps. 1-5) en respuesta a la universalidad del pecado y la condena (caps. 1-3); la justificación por la fe y la santificación (caps. 6-8), donde discute ampliamente la participación de las dimensiones física, mental y espiritual del hombre en la redención. Y los capítulos 9-11 desarrollan el papel de Israel en el plan de Dios.

Todo aquello que Pablo ha venido explicando encuentra ahora su respuesta a partir del capítulo 12. Es por eso que la construcción de la primera frase del griego de 12:1 reza: Parakalo oun umas, adelphoi, dia ton oiktrpmon tou theou. Lo que traducido literalmente sería «ruego, pues, a vosotros, hermanos, por medio de las misericordias de Dios…».

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Dos detalles importantes de esta frase propician que el lector comprenda que lo que sigue a continuación no es más que las secuelas de la explicación teológica: la partícula causal oun (“pues”), y la apelación “las misericordia de Dios” que remite a las bondades de Dios ya descritas.

Ambos elementos sirven de puente de una justificación meramente teórica hacia una intensamente experimental. La teoría es un importante inicio, comprender los fundamentos del evangelio es necesario, pero no ha de quedarse allí. 

A partir de 12:1 él prosigue ahora explicando «¿qué debo hacer con todo esto?».

En este sentido, la primera instrucción concerniente a presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo al Señor, es una directriz que para el lector atento ya ha quedado suficientemente clara. 

Pues en Romanos 6:10-19 Pablo menciona repetidamente que el creyente ha muerto con Cristo al pecado para vivir a la justicia; lo que significa que dejará de “presentar” sus miembros al pecado, a fin de consagrarse a la santidad, como siervo de Dios. De esa forma, el pecado no se enseñoreará más de él (Romanos 6:14).

Con estos textos en mente, en Romanos 12:1 Pablo compara la nueva vida del creyente con los sacrificios del AT (especialmente el holocausto). Pero en lugar de un animal consagrado a Dios como ofrenda cruenta, el creyente es una ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Es una dedicación absoluta a la justicia de lo que se habla aquí.

El creyente se presenta a Dios así como se presentaba el cordero, para servirle completamente con su “culto racional” (o “verdadero”, “auténtico” [Samuel Pérez Millos, Comentario exegético al Nuevo Testamento. Romanos, 878], apartando sus miembros del pecado y viviendo en santidad y en amor. 

La primera instrucción es, en realidad, un llamado a la entrega total. Dios no quiere una ofrenda o un miembro, sino una entrega total, voluntaria, santa y obediente. Quiere al creyente en plenitud, sin que falte nada. Tal es el primer imperativo de las «misericordias de Dios».

No os conforméis a este siglo

Y el segundo continúa en la misma línea, pues la construcción del griego comienza con una kai conjuntiva. No es una instrucción aparte, sino que fluye junto con la progresión de la anterior. ¿Cómo se llega a ser un sacrificio vivo y santo para Dios?

La lectura del texto anuncia la presencia de dos imperativos: “No os conforméis”, “transformaos”. El primero es un mandato negativo, mientras el segundo se muestra como una orden positiva. Pero nótese que ambos están en la voz media o pasiva.

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No conformarse. En el griego se usa el verbo suschematizomai, que transmite la idea de amoldarse a, formarse de acuerdo a, adoptar la forma, el esquema. Mismo verbo que se utiliza en 1 Pedro 1:14 “como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais”.

El apóstol continúa su instrucción diciendo que, para consagrar la integridad de nuestra persona como un sacrificio vivo, es necesario negarnos deliberadamente a adoptar el esquema del “siglo”. 

¿Qué quiere decir esto? Así como para los creyentes podría ser una tentación amoldarse a lo que eran antiguamente (según Pedro), con sus hábitos, deseos y pensamientos pasados, también podría llegar a ser permitir que el “siglo” continúe siendo una fuerza que los arrastre en la corriente de su vanidad.

La presencia de la voz media/pasiva es importante, pues, no necesariamente el creyente es quien busca amoldarse al siglo; sino que el siglo conformará a todos los que encuentre a su paso de acuerdo a su modelo. 

El mandato negativo está orientado a no permitir que el siglo nos moldee. A resistir, a oponerse. Pero, ¿a qué se refiere con “siglo”?

El uso que hacen Mateo 13:22, 1 Corintios 2:6, Gálatas 1:4 y 2 Timoteo 4:10 del griego aión (“siglo”, “edad”) ilumina el significado en Romanos 12:2. El siglo presente, por estar en contraposición con el “siglo venidero” (la eternidad), conlleva pecado, inmoralidad y vanidad. 

De hecho, Pablo habla de Satanás como “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:4). Por lo que “siglo” en el Nuevo Testamento es paralelo de “mundo”, y muchas traducciones que así lo entienden vierten siglo por mundo. El significado no difiere.

Cuando el apóstol dice “no os conforméis a este siglo”, está exhortando a los creyentes a romper con el molde mancillado por el pecado que este mundo presente ofrece. Todo lo contrario, al convertirnos en un sacrificio vivo para Dios hemos de adoptar el molde del cielo. 

Por eso en otro lugar se aconseja “poned la mira en las cosas de arriba” (Colosenses 3:2), “sed santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15), “sed imitadores de Dios” (Efesios 5:1), “haya, pues, en vosotros este sentir que hubo en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5), “andad como hijos de luz” (Efesios 5:8).

El mandato no es salir del mundo, buscando uno nuevo o aislándose de la sociedad. El mandato es llegar a ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de la nación maligna y  perversa”, como “luminarias en el mundo” (Filipenses 2:15). Es decir, sacrificios vivos. 

¿Y cómo hacemos para no conformarnos al mundo? La corriente es fuerte, por lo que permanecer simplemente en una actitud pasiva es un riesgo no menor. Por eso el consejo que sigue.

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Transformaos. El sacrificio vivo a Dios no ha de amoldarse al mundo, sino que será transformado por Dios. El verbo griego es metamorphoo, que se refiere a una transfiguración radical. Tan radical como cuando una oruga llega a ser mariposa. 

A diferencia de lo que el mundo hace (conformar, amoldar a su esquema), Dios transforma. No simplemente adoptamos algunas cosas de la vida celestial; la obra de Dios en el hombre conlleva el nacimiento y desarrollo de la vida celestial al punto de tener semejanza con la imagen de Jesús (Romanos 8:29, Gálatas 4:19), ¡Y esto sí que es radical!

Por supuesto, el segundo imperativo está también en voz media/pasiva, así que tampoco es una acción directamente humana. Dios es quien lo hace (2 Corintios 3:18). 

El mandato del apóstol pudiese ser entendido de esa forma: “no os dejéis conformar al mundo, sino permitid que se os transforme por medio de la…”.

¿Y cómo llegamos a ser transformados para ser un sacrificio vivo, sin conformarnos al mundo en su corriente de pecado? El apóstol dice: “por medio de la renovación de vuestro entendimiento”.

Definitivamente todo debe comenzar por una mente nueva, diferente, santa. Para esto es bueno que leas nuestro artículo ¿Cómo renovar nuestra mente en Cristo?

El asunto es que debemos colaborar con Dios en este proceso de transformación. Ser un sacrificio vivo precisa de entrega, no conformarse al mundo exige voluntad, y ser transformados demanda disposición. 

Llenar nuestra mente de lo santo y puro, estar en constante meditación y oración, bombardear nuestros pensamientos con la Palabra de Dios, procurar hacer su voluntad, desearle, amarle, buscarle, ¡esa es nuestra parte! No es fácil, es cierto. Pero el fin lo vale.

¿Y cuál es el fin? Comprobaremos la perfección de los planes de Dios, de su voluntad buena y agradable para con nosotros. De sus propósitos presentes y eternos. Y eso no tiene precio. 

Conclusión

El llamado de Dios no es a buscar un nuevo planeta. Es a rehuir a los males de este mundo. Permanecer firme contra la corriente de pecado, y mientras tanto permitir que Dios obre en nosotros esa transformación radical de la vida entera, comenzando por nuestra mente. 

Esta transformación es el medio eficaz que provee la fuerza y el valor para resistir al mundo. De esa forma, podemos llegar a ser personas entregadas por completo al servicio de Dios, la santidad y la justicia. Ser, verdaderamente, un sacrificio vivo para Él.

No dejes que el mundo te conforme. Pide a Dios que te transforme por completo y conviértete en una luz en esta generación. Tú puedes marcar la diferencia.