La obediencia en la Biblia

la obediencia en la biblia

Hagamos un experimento interesante. 

En las escrituras se narran muchas hazañas que algunos hombres de Dios fueron instruidos a realizar por mandato divino. El detalle es que algunas de ellas sinceramente debieron haber parecido no menos que una locura. 

Así que el experimento consiste en elegir el «Grammy» a la obediencia más absurda. Aquella que según las apariencias declaraba a viva voz «¡ni se te ocurra hacer esto en casa!». Aquella que cuando el personaje intentaba explicarle lo que hacía a las personas que preguntaban curiosas, se volvía un embrollo.

¿Puedes imaginarte la escena? «Bueno, sí… fue Dios quien me mandó a hacer esto. Sí, sí, ¡escuché su voz, no estoy loco! Ningún mosquito me picó. Tranquilo, no me importa lo que pienses. Ya después verás que sí es cierto».

Creo que El Todopoderoso 2, es una producción que nos permite tener algún vistazo de lo que pudo haber sucedido con esas personas «obedientes» en lo antiguo.

Sin más dilación, he aquí las nominadas:

  1. Nunca se había construido un barco, ni mucho menos había llovido sobre la tierra. El mundo apenas tenía un par de siglos de haberse formado, ¿y ahora, tan temprano, Dios lo iba a destruir por completo? Digamos que llovía, ¿era posible que lloviese tanto como para que se inundase el mundo? ¡¿Un arca, Noé?! Seguro una balsa es suficiente.
  2. Más de 25 años esperando el cumplimiento de la promesa de un hijo, y luego Dios le envía a sacrificarlo. «¿Desde cuándo Jehová pide sacrificios como esos, Abraham? Creo todo eso te lo has imaginado».  
  3. Se fue de Egipto como fugitivo, y llevaba 40 años pastoreando ovejas. Ahora, desde un árbol que arde pero no se quema, “Dios le dice” que vaya y libere a un pueblo de esclavos muy tercos de las manos de la máxima potencia mundial de ese entonces. ¿Con qué arma? Una vara. 
  4. El plan de batalla para conquistar aquella ciudad muy bien amurallada sería el siguiente: levantar al pueblo muy temprano, organizarlo bien y darle una vuelta a la ciudad. Hacer eso siete días, y al último dar siete vueltas, gritar y sonar algunas trompetas. «Hazlo así, Josué; y te aseguro que los muros caerán».  
  5. Te pareces mucho a los seres humanos, pero no eres como uno de ellos. Eres Dios hecho carne, naciste para cumplir mi voluntad y salvar a toda la raza. Sufrirás y morirás, pero ese ese es el plan. Allí está el triunfo. Si sufres en la cruz y cargas con el pecado del mundo, entonces viviremos felices para siempre. 

Y la obediencia absurda ganadora del Grammy es… 

En serio que está bastante complicado. Mejor declaremos un empate. 

La obediencia en la Biblia es un tema sumamente extenso, que podríamos ver desde diferentes puntos de vista. Sin embargo, aquí notaremos cómo pese a ser contraria a nuestra naturaleza, y muchas veces desafiando nuestras aspiraciones, la obediencia que Dios pide es una bendición para el que la practica con las motivaciones correctas.

Dios pide obediencia

Obediencia. Una palabra que no tiene muchos amigos. Y es que cómo nos cuesta ser obedientes… Hacer las cosas a nuestra manera es más fácil. Imponer nuestros puntos de vista, complacer nuestro juicio, y desdeñar las instrucciones de otros, es parte del diario vivir del humano promedio.

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Lamentablemente para nuestro punto de vista, nuestro juicio y nuestros deseos, Dios pide obediencia. Y ésta no está sujeta a nuestras propias opiniones. O eres blanco o eres negro, juntas con Dios o desparramas. No hay término medio.

En el jardín del Edén, con el mandato de abstenerse de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 2:16-17) Dios puso sobre la mesa la condición para gozar de toda la bendición prevista para el género humano: no comer del árbol. 

¿Era ilógico el mandato de Dios? Pensemos. ¿Qué podía tener de malo ese árbol? ¿Y para qué lo puso allí en primer lugar? El árbol fue colocado allí únicamente con el propósito de que el hombre tuviese la libertad de tomar su decisión, obedecer o no hacerlo.

Por otro lado, el mandato no era nada ilógico. Al fin y al cabo, había muchos árboles deliciosos en el huerto. No había nada más atractivo en ese árbol específico salvo el hecho de que quizás les generaba intriga saber por qué Dios se lo había reservado.

¿Obedecer o desobedecer? Esa era la cuestión. Y para Dios no había opciones: la desobediencia es sinónimo de muerte. La consecuencia era lógica, pues, el pecado no puede ser eterno. 

Así que desde los primeros capítulos de la Biblia notamos que Dios pide obediencia. En Génesis 26:5 se dice que Abraham guardó los preceptos, mandamientos, estatutos y leyes de Dios. 

Otros textos como Éxodo 15:26, 19:5-8, Levítico 18:5, Deuteronomio 4:5-6, 5:29-6:3, 10:12-13, 30:15-16, Josué 1:7-8, 23:6, 15-16, Jeremías 7:23, y tantos otros, recalcan esto mismo, que Dios pide obediencia. 

En la Torá Dios da la instrucción, los libros históricos demuestran los resultados de la obediencia o desobediencia a la instrucción, los libros sapienciales reflexionan en la instrucción desde un punto de vista personal y práctico, y los profetas se levantan para llamar al pueblo a recordar y poner por obra la instrucción.

Visto de esta manera, en los libros históricos queda muy evidenciado que la consecuencia de la obediencia es bendición, mientras que los resultados de la desobediencia son maldición (tal como Dios lo había dicho). ¿Y por qué?

Piensa en un padre que pide a su hijo que le obedezca. Su intención no es egoísta, «Oh sí, soy el mejor padre del mundo. Todos mis hijos me obedecen». No lo creo. Tiene más bien dos razones principales para hacerlo: 1) la obediencia misma es bendición; 2) enseñar la disciplina ahora será un aprendizaje necesario para ellos en el futuro. 

Pienso que por estas dos razones Dios pidió a Israel obedecerle. Él no coloca una bendición sobre sus mandatos autocráticos para que el que los cumpla sea recompensado; sino que nos instruye a través de sus mandatos para que podamos conocer cómo alcanzar la bendición y la vida.

Él no ordena “no matarás” porque sea empecinado, lo hace porque matar solo traerá maldición y dolor consigo. Su mandato no viene siendo producto de su orgullo, más bien de su gran interés por el bienestar y la felicidad de sus hijos.

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Por otro lado, Dios estableció muchas cosas que quizás no albergaban bendiciones visibles para el que las obedeciera (como algunos resquicios de la ley ceremonial, por ejemplo), pero cuya función era didáctica, y propiciaba el aprendizaje de la disciplina; lección fundamental para el futuro.

Cuando mandó a Noé construir el arca, a Moisés a libertar a Israel, a Abraham a sacrificar a su hijo o a Josué a dar vueltas alrededor de Jericó, no lo hizo para “probar” la obediencia de ellos. Siempre existió una razón lógica, una bendición, que de conocerla plenamente desde antes, todos los espectadores encontrarían en ello abundante sabiduría.

Cuando Dios ordena, lo hace pensando en nosotros; no en Él.

¿Qué clase de obediencia?

Hay una fuerte tentación con la cual Israel tropezó, y que todavía hoy puede representar un peligro para nosotros. 

Si bien Dios a veces ordena sin dar mayor explicación, quizás porque en el momento no alcanzaríamos a entender el porqué, lo que nos brinda la oportunidad de desarrollar la disciplina que hablábamos arriba y confianza total en la sabiduría y buena voluntad de Dios; de muchos mandatos divinos tenemos el privilegio de indagar en la razón. 

Por ejemplo, ¿por qué Jesús mandó lavarnos los pies? (Véase Juan 13). La razón explícita es el aprendizaje de la humildad, la abnegación, y la clase de grandeza estimada en el reino de Dios.

Israel tropezó con la tentación de quedarse con lo frío de los mandamientos (en este caso, lavar los pies), y no ir más allá: a las razones detrás de los mismos (aprender humildad y servicio). Y esto es lo que denominamos legalismo. El cumplimiento estricto de una serie de mandatos, sin disfrutar de los principios que les dieron razón en primer lugar.

De esa forma, un judío podía guardar toda su vida el sábado como día de reposo, sin experimentar la verdadera bendición que Dios se traía entre manos al apartar ese día como santo. 

Por eso decimos: está bien, Dios pide obediencia. Pero, ¿de qué clase? ¿Hay condiciones?

En el NT, Jesús sentó las bases para un correcto entendimiento del lugar de la obediencia en la experiencia cristiana. Luego los apóstoles construyeron sobre este fundamento. El panorama resultante nos proporciona las «requisitos» de la obediencia que Dios espera.

En primer lugar, hemos de notar que la gracia no ha eximido a los cristianos de obedecer. Romanos 6:15-18 explica claramente que la gracia no es una excusa para pecar; todo lo contrario, nos sometemos a Dios para obedecer a la justicia. Pues de otra manera seríamos siervos del pecado.

Y como el pecado es infracción de la ley y es conocido solamente por medio de esta (Romanos 4:15, 5:13), es obvio que el cristianismo se rige por la misma ley de Dios. Pablo le llama “la ley de Cristo” (1 Corintios 9:21), y Santiago la “ley de la libertad” (Santiago 2:12); pero está claro que el cristiano debe obedecer. 

1 Corintios 7:19 dice “la circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios”.

Ahora bien, la gracia sí precede a la obediencia. Tal como Dios escogió y bendijo a Abraham antes de que este se circuncidara o mostrase sujeción (Génesis 12:1-3), y como redimió a Israel de Egipto antes de solicitarle que hiciese cosa alguna (Éxodo 20:1-2), es la gracia la que debe imperar e inundar el corazón humano.

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La obediencia no tiene lugar sin la gracia. Pero es una respuesta innegable a la gracia.

Comentando sobre la obediencia en la época patriarcal, Walter Kaiser Jr. Dice: “[Ley y promesa] La relación es innegable. El deber de obediencia (ley, si lo desea) estaba ligado íntimamente con la promesa como una secuela deseada. Por lo tanto, la transición al tiempo venidero de la ley mosaica no debía ser tan difícil para cualquiera que de manera adecuada escuchó toda la revelación de la promesa en la Era Patriarcal” [Walter Kaiser, Hacia una Teología del Antiguo Testamento, 65].

Es decir, aunque Abraham fue escogido y bendecido por gracia (Génesis 12:1-3), la obediencia para él debía ser una “secuela” obvia. Entregarse a Dios, depositando fe completa en su palabra, implicaba obedecer todo aquello que su palabra indicaba.

De la misma forma Pablo en Efesios 2:4-9 resume el poder de la gracia para la salvación humana, y finaliza en el verso 10 mostrando que la consecuencia de una vida salvada son las buenas obras, la obediencia a la voluntad de Dios.

En tercera instancia, la obediencia debe ser impulsada por el amor. Jesús dijo: “si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15, 23). Pablo también dice que su ministerio es para conducir a la “obediencia de la fe en todas las naciones por amor de su nombre” (Romanos 1:5), y en 1 Corintios 13:1-3 pone en claro que ninguna obra tiene valor si no es hecha por amor. 

Según Efesios 4:15-16 incluso la verdad se obedece en amor, y en Gálatas 5:6 se dice que lo que cuenta para Dios es la “fe que obra por el amor”.

Como último punto, la obediencia cristiana debe ser íntegra. No es algo que podamos simular, no podemos meter a Dios «gato por liebre». En Marcos 7:6-7 Jesús acusa a los fariseos de honrar a Dios de labios, pero tener su corazón muy lejos de él; y en Mateo 23:27-28 les recrimina por mostrarse muy bonitos por fuera, y por dentro estar llenos de pecado y maldad.

Samuel también recriminó a Saúl por creer estarle “sirviendo” a Dios ofreciendo sacrificios, a la par que despreció sus mandamientos directos (1 Samuel 15:22). La obediencia que le rendimos debe ser íntegra y sincera, fruto de una entrega total. De no ser así, no tiene valor. 

Y la obediencia a Dios debe estar por encima de todas las cosas. “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Antes que el jefe, la nación, la familia, ¡y cualquier otra cosa! Dios es la prioridad. 

No olvides, sin embargo, que nuestra obediencia es como “trapos de inmundicia” (Isaías 64:6). Es la única respuesta que podemos dar a su gracia y amor, pero no puede ganarnos ningún mérito delante de Él. No ganamos la salvación obedeciendo. Jamás. Pero si Jesús nos quiere salvar del pecado, “¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:2).