La integridad en la Biblia

La integridad en la Biblia

«La muerte tenía que llevárselo dormido, porque si Roosevelt hubiese estado despierto, hubiera habido una pelea». Fueron las palabras del vicepresidente de Marshall el 6 de enero de 1919, tras la muerte de un personaje ilustre como lo fue Theodore Roosevelt.

La primera vez que supe acerca de su vida, fue a través de la conocida película Una noche en el museo, estrenada en 2006. Desde ese momento supuse que el expresidente Roosevelt tenía que haber sido una persona sabia, valerosa, de corte vaquero y personalidad colorida.

Más tarde me interesé por saber un poco más sobre él. 

Nació en Nueva York en 1858, murió a la edad de 60 años, pero su vida abarcó tal amplitud de desarrollo en intereses tan diversos que el tiempo le alcanzó a Roosevelt para desempeñarse como político, escritor, boxeador, historiador, militar, jefe de policía, secretario de la armada, presidente de los Estados Unidos de 1901 a 1909, viajero, explorador, safarista y conservacionista, progresista y hasta vaquero en Dakota del norte.

Desde su cargo policial a inicios de los 90 hasta su presidencia, Roosevelt luchó a brazo partido contra la corrupción, defendió y fomentó los derechos de las clases más segregadas, fue el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos, el primero en recibir el premio Nobel de la paz, el primero en invitar a un político de color a la casa blanca, y el primer candidato de un tercer partido (progresista) en quedar de 2do lugar en las elecciones.

Roosevelt es considerado por la mayoría de los historiadores como uno de los 5 más grandes presidentes en la historia de la Nación; su rostro es uno de los 4 que se hallan tallados en el monte Rushmore, junto a Abraham Linconl, George Washington y Thomas Jefferson.

A mí parecer, Roosevelt podría ilustrar bien lo que significa la integridad. Aparte de ser un fiel defensor de los sanos principios, enemigo de la corrupción, un hombre recto y cabal, comprometido a muerte con lo que creía correcto, no dejó por eso de ser quien era. 

Su integridad no le quitó lo Roosevelt. 

El problema es que algunos tienen una concepción de «integridad» que le roba todo atractivo. La integridad no se trata de ser como la Madre Teresa, dedicarse a la vida monástica o tener siempre una cara larga de aburrimiento. ¡No es nada similar!

¿Qué dice la Biblia?

La integridad

La integridad en nuestro entorno contemporáneo tiene que ver con la transparencia, la fidelidad en todas las esferas de la vida, la sinceridad y el bienhacer incluso cuando nadie nos está observando.

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Una persona es considerada íntegra cuando cumple perfectamente con los estándares sociales de conducta, cuando se eleva por encima de la corrupción ‒cualquiera sea su tipo‒, cuando está completa moralmente hablando.

¿Cómo es esto? A la persona íntegra, según se entiende, no le falta nada. Es una integridad, algo completo, bien unido entre sí. Como un rompecabezas donde todas las piezas encajan sin problemas. Si alguna faltase, no podríamos afirmar su integridad.

Por eso cuando hablamos de medicina integral, educación integral, alimentación integral, ejercicio integral, programa integral o visión integral estamos diciendo, en otras palabras, que no les falta nada; que abarca todas las partes necesarias.

Una persona íntegra es, por tanto, aquella que está completa. Y de esto se desprende la rectitud. En su carácter nada ha sido obviado por descuido o hipocresía, y por ello demuestra rectitud y sinceridad en lo que hace. Integridad y rectitud son dos caras de la misma moneda.

Ahora bien, aunque la integridad corre en paralelo con la perfección (siendo entendida como la inerrancia), se baja en una parada anterior. La persona íntegra no necesariamente no comete errores, pero se espera que, de hacerlo, no los camufle o disimule. 

La Biblia, aunque comparte la mayoría de los puntos de este esbozo que hemos hecho, difiere en algunos, y agrega nuevos. 

La visión bíblica de la integridad

Todas las veces que se traduce algún derivado de “integridad” en el AT lo hace del término hebreo Tam, que es el mismo que se traduce en Génesis 17:1 como “perfecto” en la orden dada por Dios a Abraham. 

Sin embargo, el hecho de que Dios se refiera a David como de “corazón íntegro” (1 Reyes 9:4), nos hace repensar la definición que la Biblia le adjudica. Al fin y al cabo, David no demostró tener un corazón perfecto; más bien, sus errores son abiertamente expuestos en las escrituras. 

Allí es donde se separan la integridad y la perfección. A la verdad Dios no pide perfección, pide integridad. Y el vocablo tam es mejor entendido como aludiendo a un carácter maduro, completo. En un artículo ya hablamos de ¿Por qué es importante la madurez espiritual?, aquí solo haremos algunos comentarios al respecto.

Utilizar “madurez” para hablar de integridad refleja mucho más exactamente el sentido que la palabra tiene a lo largo de las escrituras. La madurez tiene que ver con el desarrollo paulatino que Dios espera de cada uno de sus hijos que crecen “en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesio 4:15).

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No tiene tanto que ver con no cometer errores (aunque esto va implicado), sino en desarrollar por la gracia de Cristo y su poder, las virtudes espirituales y frutos del Espíritu. El amor, la misericordia, la piedad, el dominio propio, mayor dependencia del Señor, humildad, trabajo misionero, ¡esa es la madurez cristiana!

Por lo que la integridad según la perspectiva del Antiguo Testamento se asocia con el armónico desarrollo de un carácter de este calibre, en la medida que Dios obra en nosotros “el querer como el hacer por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). 

No todos maduramos con la misma rapidez, es un proceso lento pero efectivo.

En un día no haremos el trabajo de 10 años, pero la madurez implica esforzarse en avanzar en el cumplimiento de las etapas. Dios exige de acuerdo a su capacidad al cristiano que lleva 2 meses conociéndole, y lo propio con el que lleva 40 años. 

La integridad y la madurez, por lo tanto, tienen que ver con el empleo diligente de la mayor gracia divina de la disponemos conforme a nuestro crecimiento espiritual. Todo el cielo está abierto a nosotros, pero con el tiempo y el aprendizaje es que entendemos cómo usar los recursos divinos.

Por otro lado, La integridad en el AT presupone también la sinceridad y la armonía. Génesis 20:6 e Isaías 38:3 dan a entender esa voluntad honesta, aplicada a la rectitud y que carece de segundas intenciones. A su vez, Salmos 7:8 coloca la integridad en paralelo con la justicia.

Job 2:3 presenta el informe de los resultados de las pruebas con que Satanás amordazó a Job. Conclusión: él retuvo su integridad. Lo que debe referirse a su carácter recto y a la transparencia con la cual servía y adoraba a Dios. Job no era perfecto, pero sí se entregaba a Dios sin reservas. Sin duda era maduro espiritualmente.

No le tembló el pulso de decir “hasta que muera, no quitaré de mí mi integridad” (Job 27:5). Sería difícil entender tal actitud, al borde de la arrogancia, si estuviese hablando de perfección. Pero Job sabía de lo que estaba hablando: un corazón sincero y recto delante de Dios.

La integridad en la fe es de magna importancia, el proverbista declara “El que camina en integridad anda confiado” (Proverbios 10:9) y “el que en integridad camina será salvo” (Proverbios 28:18). 

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El salmista dice que solo “el que anda en integridad y hace justicia” podrá morar en el monte santo de Dios (Salmos 15:1-2). Las palabras de Dios son “el que ande en el camino de la integridad, éste me servirá” (Salmos 101:6).

Dios únicamente acepta el servicio íntegro. Un servicio rendido con todo el corazón, con aspiración de justicia, con sinceridad, en la verdad; a esto se refirió Josué cuando dijo “temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad” (Josué 24:14).

A esta perspectiva se añade el vocablo griego aftharsis traducido en el NT dos veces como “integridad”: Tito 2:7 y Efesios 6:24. El significado básico de este término representa aquello que es incorruptible. Por lo que refuerza que la integridad legítima no admite ninguna mancha de corrupción disimulada.

Así que la Biblia presenta la integridad desde dos puntos de vista principales que se complementan el uno al otro. En primer lugar, como un sinónimo de madurez espiritual: completo, maduro, perfecto.  En segundo, como la suma del carácter que se fundamenta sobre la sinceridad, la transparencia y la entrega completa. 

Del papel a la vida

La integridad bíblica suma un último detalle importante, pues en lugar de centrarse únicamente en la moral, involucra también el aspecto espiritual. 

Los cristianos estamos llamados a ser íntegros con nosotros mismos, en la dimensión horizontal con nuestros semejantes, y en la dimensión vertical en nuestro andar con Dios. Lo que se manifiesta de distintas formas:

Entra algunas de ellas, en Mateo 23:1-3 se nos advierte en cuanto a la integridad en lo que predicamos y practicamos. Santiago 1:22 y 23 nos exhorta a no solo ser oidores de la palabra, sino hacedores de ella. 2 Samuel 24:7, Salmos 32 y 1 Juan 1:9 nos recuerdan la importancia de reconocer y confesar nuestros errores y así recibir el perdón. Mateo 5:37 nos anima a honrar nuestros compromisos. Colosenses 3:23 a hacer todo como para la gloria de Dios.

Génesis 39:2-12 es uno de los grandes ejemplos de integridad. Un hombre que cumple cabalmente con su trabajo, da gloria a Dios con él, lo administra con cuidado, y hasta en lo secreto rehúye a cualquier oportunidad de mal.

¿Y a ti qué tal te va con la integridad?

Te recomiendo que hagas de ella tu «marca de fábrica». Recuerda que dondequiera estés, representas al Cielo. La gente y el universo te está observando. Por lo tanto, sea que comas o bebas, o hagas cualquier otra cosa, que Dios sea glorificado con tu íntegra fidelidad.