La guerra espiritual en la Biblia

la guerra espiritual en la biblia

Prácticamente desde que la humanidad existe han existido también los conflictos bélicos. Si nos remontamos al tercer o cuarto milenio antes de Cristo, hallaremos registro de los primeros enfrentamientos armados, que reunían milicias de poco más de 50 o 70 hombres. 

Sin embargo, con los años las guerras aumentaron en número, armamento y duración. La Segunda Guerra Mundial representa el mayor conglomerado de número de tropas y armamento, pero su duración fue muy corta comparada con la de otros enfrentamientos anteriores. 

El portal de Vix recopila para nosotros algunos de los más largos:

  1. Guerra de los 80 años. Con ayuda de Inglaterra y Francia, 16 provincias holandesas batallaron con España desde 1568 hasta 1648, lo que acabó con la independencia de Holanda a través del acuerdo de paz de Westfalia.
  2. Guerras púnicas. Las protagonistas fueron Roma y Cártago, que lucharon desde 264 hasta 146 A.C. En la última de tres batallas principales, los romanos destruyeron las murallas de Cártago, y luego la ciudad casi por completo.
  3. Guerra de los 100 años. Se nos dice que Inglaterra y Francia en realidad estuvieron en guerra durante 116 años; desde 1337 hasta1453. 
  4. Las cruzadas. El papa y varios reinos europeos intentaron restablecer el dominio cristiano en Tierra Santa a lo largo de 195 años, de 1096 a 1291. Finalmente los católicos abandonaron sus últimas posesiones en Tiro y Sidón.
  5. La reconquista ibérica. Desde el siglo VIII d.C los monarcas cristianos procuraron reconquistar la península que había caído en dominio musulmán a principios de siglo. En 1492 tomaron Granada, el último reducto; tras un desarrollo histórico de 722 años. 

Aunque claro está estas cifras de años de lucha están separadas por tiempos de receso. 

¿Sorprendente, no? La codicia y la ambición humana por alcanzar aquello que desea ha costado tantas vidas, tanto tiempo y energía que, de haber sido usada para el bien y la paz, cuán diferente habría sido la historia.  

Pero esta vez quiero hablarte de un conflicto que comenzó hace muchos años ‒más de los que son posibles de contabilizar‒ y, sin tener descanso alguno, empleando los más poderosos arsenales, involucrando a la totalidad de los seres humanos y mucho más, todavía hasta hoy no acaba. 

Sin embargo, sí sabemos cómo terminará.

Una realidad que no vemos

El rey de Siria se sentía frustrado por los fracasos repetidos de sus planes contra Israel. Manda “un gran ejército” para sitiar Dotán y capturar al aparente culpable de esta situación, el profeta Eliseo (ver 2 Reyes 6:8-23).

Cuando se levanta de mañana, el criado de Eliseo ve el ejército sirio y se angustia. “¡Ah, Señor mío! ¿qué haremos?” (v. 15)

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Eliseo ora, y a continuación el panorama ante los ojos de su siervo cambia drásticamente. Alrededor del ejército sirio observa ahora una multitud de carros de fuego, ¡ángeles del Señor!

Este relato ilustra la existencia de una realidad que no podemos ver. Una realidad invisible que tiene suma influencia en el desarrollo de los acontecimientos que sí somos capaces de contemplar.

Esta realidad tiene que ver con poderes cósmicos, que desde nuestro punto de vista de la materia denominamos «espirituales», que pugnan en el universo. ¿De qué se trata todo esto?

Dos poderes universales

En el capítulo 12 del libro de Apocalipsis es como si al apóstol Juan se le resumiese los fundamentos básicos de la guerra espiritual. 

En los primeros 5 versículos nos presentan a los personajes principales: 1) una mujer que representa al pueblo de Dios (ej. Efesios 5:22-32); 2) un dragón que simboliza a Satanás, y en ciertos contextos a los poderes políticos que usa como intermediarios; 3) Dios y su hijo; 4) las estrellas del cielo que figuran a los ángeles que Satanás engañó.

Identificando estos 4 personajes ya tenemos la materia prima que nos permitirá desglosar los detalles de la guerra espiritual.

Observa que en los versos 7-9 se nos habla precisamente de una batalla “en el cielo”, donde hay dos bandos en lucha: Miguel y sus ángeles versus el dragón y sus ángeles. 

Demos pausa y hagamos un retrospectivo: en algún momento muchos años antes estos dos bandos fueron uno solo, y todos los ángeles se deleitaban en adorar y servir a Dios con todo su ser. El pecado era un mito desconocido, y la paz y el amor reinaban en el vasto universo.

Sin embargo, Lucifer, un ángel de muy elevada jerarquía, comenzó a enfrentar una dura lucha interior que luego llevó al exterior. Él sintió envidia de Dios, y codició el ser igual a Él (Isaías 14 y Ezequiel 28), lo que significó su caída. Se rebeló contra el gobierno del Eterno y sedujo con engaños a una tercera parte de los ángeles para unirse a su movimiento disidente.

Dios actuó con él con mucha paciencia, le llamó insistentemente con su misericordia, pero nada de eso funcionó. Finalmente llegó a ser necesario expulsar a Satanás del cielo para que no causase mayor daño entre las huestes angelicales, y se produjo el conflicto bélico del cual se nos habla en el texto.

Una pregunta más, ¿Quién es Miguel? El contexto relaciona a Miguel con el hijo que fue arrebatado para Dios y su trono; esto, sumado al uso de este nombre en Daniel 10-12, Judas 1:9, y al compararlo con pasajes de Daniel 8, con Josué 5:14 y el personaje del “ángel de Jehová”, llegamos a la conclusión de que no puede ser otro que Jesús. 

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Seguimos. Se desató entonces una guerra en el cielo, y Satanás fue echado fuera de aquel que había sido su hogar por muchos siglos. 

Sin embargo, el conflicto estaba lejos de terminar. Cuando Adán y Eva ceden a las pretensiones de la “serpiente antigua” que es el mismo Diablo y Satanás (Apocalipsis 12:9), automáticamente inmiscuyen a toda la raza humana en la guerra espiritual.

Por eso el verso 12 anticipa alegría en los cielos pero pronuncia un “¡ay!” para los moradores de la tierra “porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira sabiendo que tiene poco tiempo”. 

Ahora que no puede atacar a Dios y su gobierno directamente, lo hace en la persona de su pueblo (la mujer del capítulo). Sus pretensiones son engañar (v. 9), acusar (v. 10), perseguir (v. 13), o en resumidas cuentas, “hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (Apocalipsis 12:17).

Así que Satanás ha trasladado el conflicto de los cielos a la tierra. Lo que antes era físico y material en el cielo, lo llamamos ahora “espiritual” porque las fuerzas que pugnan no las vemos a simple vista. 

Nuestro papel en la guerra

Cuando Jesús vino a este mundo el Diablo sabía que estaba en juego el desenlace final del conflicto. Con cantidad de tentaciones procuró desviarlo de cumplir su misión y así sellar el destino eterno del universo, pero no lo consiguió. Jesús murió, consumó su obra (Juan 19:30), condenó (Juan 12:31) y firmó la destrucción de Satanás (Hebreos 2:14).

Sin embargo, el enemigo de los hombres está procurando arrastrar a todos los seres humanos que pueda a la muerte eterna, asestando el mayor golpe posible al corazón de Dios. Por ello Pedro nos dice que anda como “león rugiente buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8), por lo que nos anima a velar y ser sobrios, a resistirle con firmeza en la fe.

La guerra espiritual se trata de un conflicto por el corazón humano. Dios quiere salvar, Satanás quiere destruir, ¿qué decidirá el hombre?

Los cristianos nos hemos colocado decididamente del lado de Cristo, pero eso solo vuelve más encarnizada la lucha. El enemigo intenta seducirnos, llevarnos al pecado, y así acusarnos delante de Dios. De esa forma se burla del plan de salvación.

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Así que en este conflicto nuestra parte es pelear la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12, 2 Timoteo 4:7), resistir al diablo (Santiago 4:7), combatir contra el pecado (Hebreos 12:4), soportar la tentación (Santiago 1:12), y batallar con nuestras propias pasiones (1 Pedro 2:11, Gálatas 5:17).

Porque nuestra lucha es la fidelidad. 

En esta lucha la única forma de vencer es la sangre del cordero (Apocalipsis 12:11). ¡Su muerte es nuestra victoria! Por eso el apóstol nos recomienda fortalecernos en el poder de la fuerza del Señor (Efesios 6:10). Es su fuerza, no la nuestra.

Pero la victoria de Jesús nos habilita para hacer uso de recursos poderosos en la guerra espiritual. Pablo, por ejemplo, nos instruye a vestirnos urgentemente de las armas de la luz (Romanos 13:12), y en otro lugar habló de esto más detalladamente.

Ceñirse los lomos con la verdad de Jesús y desechar el error, portar la coraza de justicia que proviene de Dios, calzarse con el evangelio de salvación, tomar el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, orar en todo tiempo, son los elementos de la armadura espiritual descrita en la carta a los efesios (Efesios 6:13-18).

Satanás es un enemigo fiero, pero cubiertos por la sangre de Jesús y haciendo uso valeroso de todos estos recursos del arsenal de Dios, seremos “más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37).

Gracias a Dios que el éxito no radica en nuestra fuerza sino en su Espíritu (Zacarías 4:6), la tercera persona de la Trinidad, que nos empodera, dirige, aconseja, intercede por nosotros, perfecciona nuestro servicio, habla a nuestra consciencia, y demás. 

Porque aunque en derredor hay cantidad de enemigos que no podemos ver, las “potestades de las tinieblas”, “huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12); también hay muchos aliados poderosos que están de nuestra parte en la lucha.

Todo el cielo y su poder están al alcance de la oración de fe de cada creyente. Y para Dios no hay nada imposible (Lucas 1:37). 

La guerra, aunque larga, ya está ganada. Lo único que está por decidirse es el lugar que ocuparás tú. Con los vencedores por la eternidad; o con el maligno, afuera, en el llanto y crujir de dientes.

La decisión es sencilla: fidelidad, o muerte.