La fortaleza en la Biblia

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En su libro Las 21 leyes irrefutables del liderazgo, John Maxwell relata la historia de una competencia extrema por conquistar el polo sur. Por un lado estaba el equipo del noruego Roald Amundsen, y por el otro el de Robert Falcon Scott. 

En el año 1911 estos dos grupos se embarcaron en una misión sin precedentes. Poco tiempo antes Robert Peary había conquistado el polo norte por vez primera, y ahora estos se debatían por quién sería el más rápido en llegar al sur.

Por un lado, la expedición de Amundsen fue un rotundo éxito. Había planificado todo con tanta precisión, que una tarea avasallante como aquella acabó siendo poco más estrepitosa que un paseo al parque. 

A principios de diciembre de ese año, en espacio de unas 5 semanas, llegaron a polo sur y plantaron su bandera. Según nos dice Maxwell, el peor inconveniente que tuvieron durante el viaje fue que a un miembro del equipo se le infectó un diente y tuvo que ser extraído.

Pero el caso del grupo de Scott fue todo lo opuesto. Debido a la mala previsión de su líder, el equipo enfrentó «pequeños» inconvenientes como estos:

*A los 5 días de haber comenzado la expedición, los motores de los trineos dejaron de funcionar.

*Al pie de las montañas Transantárticas tuvieron que sacrificar a los caballos porque no soportaban las bajas temperaturas.

*La ropa estaba mal diseñada, por lo que sufrieron congelación.

*Las gafas no eran las adecuadas, y todos fueron  cegados por el reflejo de la luz en la nieve.

*Los depósitos de provisiones fueron mal ubicados, y siempre estuvieron escasos de comida y agua.

Llegaron al polo sur en muy malas condiciones, a mediados de enero de 1912, ¡un mes después de Amundsen! Pero la tragedia en realidad fue el viaje de regreso.

Sin alimento y con escorbuto, teniendo que recorrer 800 millas para llegar al campamento base, el fin parecía inminente. Murió un primer miembro del equipo por el estupor, luego un segundo se suicidó, y faltando aún 150 millas, Scott y los dos que quedaban finalmente se rindieron.

Algunas de las últimas palabras que dijo Scott antes de morir fueron: «Moriremos como caballeros. Creo que esto mostrará que el espíritu de arrojo y de poder para aguantar no se ha ido de nuestra carrera».

Una historia como esa me causa sentimientos encontrados. Si hubiesen logrado regresar, se habría tratado de una gran historia de fortaleza y perseverancia. Pero con el final que tuvo, solamente puede considerarse el intento de eso.

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La fortaleza es esa actitud poderosa que necesitamos para permanecer de pie frente a la adversidad. Pero si queriendo hacer una gracia nos sale una morisqueta y nos metemos en un gran aprieto, ¿podemos considerarlo así?

La fortaleza humana

Hay personas que se muestran muy, pero muy fuertes. Dan una imagen sólida de firmeza y valor, a la par que se esfuerzan por poner un rostro positivo a toda circunstancia difícil. Sin embargo, en algún momento nos damos cuenta de que esa capa exterior no lo es todo.

Lo que sucede es que la fortaleza humana es muy vulnerable. 

En algún momento podemos estar tan duros como una roca, plantar cara a la hambruna, las amenazas de muerte, el celo del pueblo y hasta a los profetas de Baal. Podemos ir y correr bajo los fuertes vientos de una tormenta mientras tiramos del carro del rey; y en otro instante, estar huyendo temerosos y pidiendo a Dios que nos quite la vida. 

Humanamente podamos experimentar momentos de coraje, y nuestro carácter puede ser por lo general vigoroso, pero nuestra fuerza está sujeta a fallar. Llegarán ocasiones en las que nuestra fortaleza será tocada, y en lugar de estar de pie, nos hallaremos postrados.

Esa es nuestra situación. Es como un balón de fútbol, que por muy buena calidad que tenga, en algún momento se vaciará. 

Viene a mi mente, por ejemplo, la historia de Manasés (2 Crónicas 33:1-18), el peor de los reyes de Judá. De seguro manifestaba una gran fortaleza en su obstinada rebelión contra Jehová; pero cuando el rey de Asiria lo llevó prisionero, ¿dónde quedó su fortaleza? Le tocó reconocer que él nada era.

Por otro lado, ya que la fortaleza tiene que ver con hacerse fuerte, con sentir ánimo y valor, uno puede intentar encontrar esto en otra persona. Como el niño pequeño que no cree tener mucha fortaleza para enfrentar al chico abusivo de la escuela, e invoca entonces la fuerza de su hermano mayor. Al hacer eso, nuestra fortaleza parece incrementar, al apoyar el brazo en una nueva fuente de fuerza.

Sin embargo, ¿qué tan efectivo es? El Señor advierte enfáticamente contra esto en Isaías 30:1-7: 

“¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi Espíritu, añadiendo pecado a pecado! Que se apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi boca; para fortalecerse con la fuerza de faraón, y poner su esperanza en la sombra de Egipto. Pero la fuerza de Faraón se os cambiará en vergüenza, y el amparo en la sombra de Egipto en confusión”.

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¡Buscar fortaleza en Egipto sería inútil para Israel! ¿Dónde podía encontrar su fortaleza? El Señor lo dice claramente: en su consejo, su Espíritu, su fortaleza, su esperanza.

La fuerza humana es vulnerable, y apoyar el brazo en el hombre es fútil. Jeremías dice: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor!” (Jeremías 17:5).

La verdadera fortaleza no está en nosotros, ni mucho menos en la carne. Hay una mujer opción.

Dios es la fortaleza

¿Sabes por qué Jesús podía dormir plácidamente en una barca que ya se anegaba por los vientos tempestuosos y las fieras olas de una tormenta en el mar de Galilea? (ver Mateo 8:23-27). —Por cierto, me cuesta bastante comprenderlo. Después de mi primer viaje en lancha, cuando mis pies tocaron tierra le dije a mi madre: «¡No vuelvas a arriesgar mi vida en una lancha!»—.

Jesús había entendido y aplicado una verdad fundamental. Si la fortaleza es meramente humana, llegará un momento en que, desesperados, clamaremos como los discípulos: “¿No tienes cuidado que perecemos?” (Marcos 4:38); “¡Sálvanos que perecemos!” (Mateo 8:25).

Pero si nuestra fuerza, nuestra fortaleza, nuestra firmeza, valor y vigor reposan sobre la fuerza Divina, entonces podremos estar rodeados por un ejército de 185.000 hombres, como Ezequías, y aun así decir:

“Esforzaos y animaos; no temáis […], porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de la carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y librar nuestras batallas” (2 Crónicas 32:7-8).

Es saber que “Jehová tu Dios es el que va contigo, no te dejará ni te desamparará” (Deuteronomio 31:6), saber que Dios es roca, fortaleza, libertador, escudo, fuerte, refugio y salvador (2 Samuel 22:2-4), que es apoyo firme en la angustia (v. 19), lámpara para nuestras tinieblas (v. 29). 

“Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios saltaré muros” (v. 30). Dios ciñe de fuerza, endereza el camino, afirma en las alturas, aligera los pies, adiestra las manos para la batalla, ensancha los pasos y libra de resbalar, su bondad engrandece, humilla a los enemigos, libra de ellos, del varón violento, venga los agravios (vv. 33-48). ¿Qué no hace nuestro Dios eterno?

¡Por eso no hay pensamiento tan cierto como el de Salmos 27:1! “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?”.

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Cuando hemos apoyado el brazo en el trono infinito y Todopoderoso del Señor, la fuerza no fallará. Dios es la magna fortaleza, el bastión sobre la montaña, ¡ese es el Señor! No hay mayor seguridad que la que se tiene al habitar al abrigo del Omnipotente (Salmos 91:1).

Cuando la carne y el corazón desfallecen (Salmos 73:26); es decir, cuando sentimos que nuestras fuerzas no dan abasto y el gozo parece fugarse del rostro, Dios continúa siendo una fuente de fortaleza. Porque junto a él sabemos que la esperanza no se pierde, está más viva que nunca.

El asunto es que para Dios no hay nada imposible (Lucas 1:37, Génesis 18); de hecho, no hay nada difícil (Jeremías 32:17). Si así fuese con nuestro padre o nuestro mejor amigo, ¿acaso no viviríamos confiados? ¿No seríamos llenos de fortaleza en la prueba? Bien, Dios eterno es tu padre, y también tu mejor amigo.

Cuando pases por el fuego o por el agua, recuerda que Él te ha puesto nombre, eres suyo (Isaías 43:1). Y por eso te dice: No temas. “Yo te ayudo” (Isaías 41:13). Recuerda también que ha prometido multiplicar las fuerzas al que parece ya no quedarle (Isaías 40:29). 

No olvides que a su lado todo lo puedes, porque estará para fortalecerte (Filipenses 4:13). Que su gran poder está a nuestra disposición (Efesios 6:10), que cuando somos más débiles, es cuando más se manifiesta su fortaleza (2 Corintios 12:9), que Dios no nos dio un espíritu de cobardía sino de valor (2 Timoteo 1:7).

Por eso el salmista anima a los que esperan “en Jehová” a esforzarse; y dice “tome aliento vuestro corazón” (Salmos 31:24). Porque abrir los ojos a esta realidad implica llenarse de fortaleza y valor: Dios está con nosotros. 

“Fiel es el Señor, que os afirmará y os guardará del mal” (2 Tesalonicenses 3:3).

Eso sí…

Todo aquel cuya fortaleza es Dios, no se aventurará a meterse donde Dios no lo haya enviado. La fortaleza no se demuestra al ir hasta el polo sur y pasar hambre, frío, enfermedades y angustias. 

La fortaleza se demuestra al cumplir la voluntad del Padre pese a toda la oposición (1 Timoteo 1:12). Se demuestra al perseverar en la fe sujetos de su diestra poderosa. Recordemos que la escritura ha dicho “no tentarás al Señor tu Dios” (Lucas 4:12).

No olvides, pues, que aunque la fortaleza humana falte, Dios jamás fallará. 

Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros” (2 Crónicas 20:20).