Explicación del Salmo 51

explicacion del salmo 51

Todo verdadero creyente tiene bien grabadas en la memoria algunas escenas de su vida que marcaron un punto de inflexión en su transitar espiritual. Ya sea una palabra, una frase, una oración, una predicación, una noche, un amanecer, un accidente, o lo que fuere… Todos tenemos algo que nos impresionó para siempre.

En lo personal, las experiencias que más significativamente han influido en mi peregrinaje casi siempre han tenido que ver con el arrepentimiento. Recuerdo muy nítidamente una de las primeras. 

Ya estábamos a la mitad de la semana del Camporee anual de jóvenes de 2015. Las capellanías habían sido realmente excepcionales; a diferencia de ocasiones anteriores, todos los jóvenes se alegraban cuando llegaba el momento de escuchar la predicación. 

A mí particularmente cada una de ellas me pegó fuerte, pero el miércoles en la mañana toqué fondo. Al momento de cantar el himno final, “Transfórmame a mí”, estaba profundamente conmovido. Veía claramente los errores que había cometido en el pasado y mi sed de la gracia divina se acentuaba con intensidad.

Al terminar el servicio, en lágrimas me desplacé como pude hasta llegar a mi carpa, para poder conversar allí a solas con Dios. Le abrí mi corazón, pidiendo perdón por las faltas que había cometido y suplicándole que abriese una vez más sus brazos para recibirme con misericordia.

Antes era meramente un cristiano nominal, un joven que a sabiendas cometía muchos errores; pero a partir de ese momento empecé a acercarme a Dios de una forma nueva y diferente, más profunda, más real. El joven que entró a la carpa no fue el mismo que salió. Salió perdonado y limpiado por el Cordero.

Todos en algún momento hemos vivido en carne propia el dolor por el pecado del salmo 51. La pregunta es, ¿hemos vivido también su restauración?

Salmo 51

¿Cómo sería la Biblia sin David? No tendríamos el libro de Rut, ni el mayor ejemplo de amistad bíblicamente hablando. Tampoco existirían las emocionantes narrativas de la lucha con Goliat y la huida de manos de Saúl. Quizás no hubiese habido templo de Jerusalén, ni un estándar para evaluar a todos los reyes de su linaje. Israel no se hubiese elevado al nivel de las potencias mundiales, ni mucho menos se habría dado la promesa de un nuevo David.

El libro de los salmos se reduciría al punto de dejar de ser el más largo, la genealogía de Cristo cambiaría drásticamente y, sobre todo, no tendríamos el relato más significativo de pecado y restauración de toda la Biblia.

Si alguna porción de la escritura nos enseña de forma gráfica la profundidad y las consecuencias del pecado, el alcance de la gracia de Dios, su misericordia, su justicia al tratar con el mal y la posibilidad de redención humana, es 2 Samuel 11-12 juntamente con los salmos 51 y 32. 

Si preguntásemos a David sobre los momentos que marcaron su transitar espiritual, probablemente varios acudirían a su mente. Pero uno de ellos sería, sin duda, cuando pronunció las palabras del salmo 51. 

David había pecado, había caído sumamente bajo, el diablo lo había enredado de tal manera que lo que comenzó en el balcón de su palacio, acabó en un despiadado asesinato. Para colmo de males, había hecho lo necesario para encubrir su mal, y transcurrió muchos meses creyendo que, aparentemente, se había salido con la suya.

Pero fue entonces que el profeta Natán entró a la cámara real para advertirle que aunque sólo él, Betsabé y Joab supieran lo que había sucedido, Dios estaba al tanto de cada minucia. Le hizo ver con detalles la gravedad de su pecado; Dios le había exaltado hasta más no poder, ¿y así le recompensaba?

En ese momento nació uno de los 3 salmos más importantes y conocidos del salterio. Salmo que inspiraría a muchos en todas las edades a implorar y confiar en el perdón que tan completamente se ofrece desde el santuario celeste, salmo que se presenta como una cátedra para el pecador arrepentido, salmo que por los siglos demostró y demostrará que Dios provee lo necesario para levantar al caído. Salmo que todos nosotros necesitamos leer, meditar y recitar hasta el cansancio.

Ese es el salmo 51. 

Su estructura fue diseñada en dos movimientos. El primero abarca los versículos 1 al 9, y el segundo del 10 al 17; 18 y 19 casi con seguridad son un añadido posterior, con el fin de darle una tonalidad de adoración grupal, a un salmo que está revestido hasta los tuétanos de individualidad.

La nota general del primer movimiento está orientada hacia el arrepentimiento y la súplica de perdón, mientras que el segundo avanza un poco más profundamente hacia una restauración total de la naturaleza y consiguientes votos de gratitud y alabanza. 

Un detalle más: Su belleza no solamente estriba en el tema y el lenguaje, sino también en su estilo. La obra está organizada de tal manera que presenta algunas pequeñas estructuras de paralelismos e inclusiones que marcan los diferentes énfasis, anuncian los temas posteriores y remiten a los anteriores; destaca el primer movimiento, que tiene un desenlace concéntrico hacia el versículo 4.

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Explicación del texto

Ten piedad de mí. Son las palabras con que el acusado pide clemencia al verdugo, con que el indefenso se dirige al fuerte que alza su mano contra él, con que un esposo que ha errado apela al corazón de su esposa, y con que todo pecador se aproxima, tembloroso, a la presencia de Dios. 

Son las palabras de alguien que no tiene nada de valor para dar, tampoco es capaz de presentar excusa alguna por sus delitos, simplemente puede pedir piedad, favor, gracia (verbo chanan, Génesis 43:29, Números 6:25, 2 Samuel 12:22, Ester 4:8, Salmos 25:16). 

El salmista no ha venido ante el Señor para disimular sus faltas ni para presentar en su defensa sus acciones pasadas de justicia. Simplemente se postra ante el trono de Dios, con la ley señalándole como pecador y reo de muerte, y suplica: «piedad». 

Y es que toda esta oración tiene lugar solamente porque David sabe que Dios es piadoso y misericordioso (Éxodo 34:7). Por eso, haciendo uso del paralelismo sinónimo, suplica piedad “conforme a tu misericordia” (ver Salmos 25:7), y “conforme a la multitud de tus piedades” le pide que borre sus rebeliones.

“Borrar”, el verbo machah, es una palabra fuerte. Su uso por lo general se refiere a un exterminio total (Génesis 6:7, Éxodo 17:14, Deuteronomio 9:14, Salmos 9:5, Isaías 25:8). Pero de manera especial parece aludir a la imagen de un registro divino de las acciones buenas y malas de los hombres (Éxodo 32:32-33, Nehemías 4.5, 13:14, Salmos 69:28, Isaías 43:25).

Así que el pedido de David no es simplemente que Dios perdone su falta, sino que borre, que destruya toda memoria de ella, conforme a su misericordia.

Nota que en el verso nueve se eleva nuevamente el clamor “borra todas mis maldades”. Esta repetición forma una inclusión que agrupa todo lo que está en el medio y delimita el espacio del primer movimiento.

Inclusión que es reforzada por el paralelismo de los versos 1 y 2 borra-lava-limpia, con el de los versos 7-9 limpia-lava-borra. 

El salmista describe en términos enfáticos y reiterados, a través de los sinónimos, su necesidad del perdón y la limpieza del pecado. Metáfora del lavamiento que es utilizada también en Isaías 1:18, Jeremías 4:14, Ezequiel 36:25, 1 Corintios 6:11, Tito 3:5, Apocalipsis 1:5, etc…

Estos términos deben ser entendidos, no como aludiendo a diferentes acciones, sino como una súplica de perdón completo y pleno. Los sinónimos acentúan la necesidad del salmista; lo que es todavía más evidente con la presencia de los tres términos comunes para pecado (awon, hattá y pesha).  

Mientras más clara es la visión que tenemos de la magnitud de nuestro pecado, mayor es también nuestra necesidad de experimentar la plenitud de la oferta divina del perdón. David aborrece su pecado y en sencillas palabras está pidiendo al Señor de misericordia que le limpie desde el cabello hasta la planta de los pies; ¡hasta que no quede en él nada de suciedad!

Porque yo reconozco. Es muy fácil acostumbrarse a orar todas las noches “perdona mis pecados”, pero no es esa la confesión que surge de la verdadera necesidad de gracia.

La confesión es el único requisito para recibir el perdón, pero no se trata de una confesión obligada, rutinaria o superficial. El pecado debe ser escudriñado profundamente, debe ser conocido, deben comprenderse sus profundamente arraigadas raíces en nuestra naturaleza pecaminosa; y al verle en su más pura expresión, debe ser abandonado a través de la confesión.

La súplica de perdón por un pecado que ni siquiera se aprecia es un ejercicio vano, pues la confesión precisa odiar el mal, aborrecer lo que hay en nosotros contrario a los principios del cielo, ¡eso es confesar! 

Pues es muy fácil “pedir perdón” y salir a hacer lo mismo de nuevo. Pero no es tan sencillo cuando hemos dedicado tiempo en oración a escudriñar el mal de nuestro corazón y, tal como un jardinero, sacar son decisión y sacrificio cada mala hierba que hay en él. 

David comprendía su pecado. Dice “mi pecado está siempre delante de mí” (v. 3), y el abatimiento que el recuerdo de su pecado le causaba (v. 8), le condujo a comprenderlo en toda su expresión. Por eso dice: “Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos” (v. 4).

Mismo reconocimiento que brotó de sus labios tras la reprensión de Natán (2 Samuel 12:13).

El arrepentimiento nos lleva a entender el pecado de tal forma que vemos nuestro proceder como lo que en verdad es: una ofensa abierta contra el mismo Dios. 

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No es solamente quebrantar la ley o faltar a nuestros semejantes, no es una pequeña mentira o un momento de placer, ¡es despreciar lo que Dios ha dicho, es deshonrar lo que Dios es, es rebelarse contra sus principios, es preferir nuestro propio juicio! El pecado, en fin último, es contra Dios; es alzar nuestro puño y decirle: «no me interesa».

Todo pecado contra el mundo, nuestro prójimo, contra nosotros mismos, es pecar contra Dios. Porque Dios es quien establece lo moral, es el dueño del mundo, el creador de cada ser humano, quien vela por su vida… Sea pequeño o grande, pecado es escupir al rostro de Cristo.

Y aún más: cada pecado nos aleja de Dios. Por lo que cada uno de ellos ocasiona profunda tristeza a su corazón. 

Observa ahora la contraposición intencionada de los versos 3 y 4a: “Porque yo… mis… mi… mí…”, “Contra ti… ti… tus…”. Lo mismo que en los versos 5 y 6: “he sido… me concibió…”, “tu amas… me has hecho…”. 

Estas dos sub estructuras que contraponen pronombres y terminaciones de primera y segunda persona forman una nueva inclusión, que deja suelto el verso 4b: “para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio”. 

Este es el único elemento que no tiene paralelo en todo el salmo, y fue ubicado en el centro de la estructura de vv. 1-9: el juicio de Dios. 

La condena de Dios al pecado deja al hombre sin excusa (Romanos 3:4-6, 19); no hay argumento que valga para debatir con él, su juicio es veraz y puro. Lo que David está diciendo es: reconozco que he pecado contra ti, y si intentase decir otra cosa sería absurdo. 

Es posible que con “tu palabra”, que es la sentencia, David se esté refiriendo al mensaje de reprensión y condena dado por medio de Natán (2 Samuel 12:7-14).

La confesión de David su fundamenta en el conocimiento de la plena sabiduría de Dios en su trato con el pecador. Dios es justo, él tiene razón, él sería y será justificado en su trato con cada ser humano, ¿tiene caso discutir con él? 

Y, sin embargo, lo maravilloso de la realidad y la justicia del juicio de Dios, es que la confesión y la sumisión abren las puertas del perdón generoso. 

En pecado me concibió. Todo esto conduce a David a una conclusión en cuanto a su propia naturaleza, pues se da cuenta que su pecado no tuvo origen en sus decisiones, ni en su codicia o sus pensamientos; va mucho más allá de eso. 

Entiende, entonces, que él no es un pecador porque falló, sino que falló porque es un pecador. “En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre” es ir muy atrás en el tiempo, al comienzo de su propia existencia, y entender cómo inició todo. 

No comenzó en su palacio, no comenzó al decidir no ir a la guerra o no hacer su devocional en la mañana, no comenzó si quiera en los malos hábitos adquiridos en su juventud, comenzó desde el momento de su nacimiento; pues él, y cada ser humano que ha pisado este mundo, nacemos siendo pecadores (Job 14:4, Juan 3:6, Romanos 5:12, 7:14, Efesios 2:3). [Comprender eso le lleva a hacer después una petición mucho más radical que el perdón de los pecados].

Una naturaleza tal, concebida en pecado, formada en pecado, está en inmensa contrariedad con la santidad y pureza infinitas de Dios. Esto deja ver cuando dice “Tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría” (v. 6). Lo que le ha llevado a apreciar su pecado, y le enseña ahora el camino que debe seguir.

Purifícame y seré limpio. El verso 7 retoma la súplica del verso 2, y el 9 es paralelo al verso 1. Entre ambos, el verso 8, que pide a Dios le haga “oír gozo y alegría, y se recrearán mis huesos que has abatido”. Anhela recibir la música del perdón de Dios, y subraya el cambio radical que experimentará al recibirlo, cuando su culpa sea borrada. 

Es también un anuncio de tema de lo que será la segunda sección del salmo, pues introduce en escena el “gozo” (cf. v. 12).

Pide ahora que Dios le purifique con “hisopo”, una planta que se utilizaba en los rituales de purificación que estipulaba la ley judía (Levítico 14:4, Números 19:18), lo que evidencia la comprensión que tenía del significado espiritual de los rituales ordenados por Dios; entiende que era un poder superior y divino el único que verdaderamente podía limpiar al pecador de su mancha.

Acompaña su ruego con la certeza de que si Dios le limpia, quedará más blanco que la nieve. No importa cuán manchado de pecado estés, el blanqueador que Dios utiliza es suficiente para borrar hasta el registro más sombrío y denso. “La sangre de Jesús nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

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La segunda sección la analizaremos un poco más brevemente gracias al estudio anterior.

Crea en mí. Bará, el mismo verbo hebreo que señaló en el principio la creación de “los cielos y la tierra” (Génesis 1:1), es el que usa aquí el salmista para hacer la primera de 7 peticiones en los versos 10 al 14.

Como dijimos antes en el verso 5, el ser humano ha sido concebido en pecado y es pecador por naturaleza. Quiere decir que el perdón es solamente una solución temporal, pues a la brevedad será necesario nuevamente. Por ello el salmista inicia el segundo movimiento con un pedido diferente: Un corazón nuevo y un espíritu recto.

Sabe que su corazón es pecaminoso ‒¡claro, es fácil darse cuenta!‒, así que su solicitud básicamente es: «Señor, tú que eres poderoso para crear de la nada, tú que pronunciaste la palabra y todo existió, por favor, crea en mí una nueva naturaleza».

Este es el anhelo del corazón completamente arrepentido. Su deseo no solamente es que Dios no le inculpe de pecado (Salmos 32:2), ¡sino dejar de pecar! Alejarse lo más que pueda de esa plaga repugnante, odiarlo desde lo más hondo de su ser, sentir náuseas por su sola mención. Eso queremos cuando nos arrepentimos de corazón.

Y Dios puede hacerlo. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). Un corazón limpio, y “un espíritu recto” (firme, fiel), son posibles gracias al nuevo nacimiento. 

No me eches. David ansiaba estar siempre en la presencia de Dios (Salmos 27:4), y por eso ruega que no se le eche de su presencia. Recuerda la historia de la caída de Saúl debido a su pecado, cómo fue desechado por su orgullo, y le suplica tiernamente que no le eche. Que no le prive de ese privilegio.

No quites de mí tu santo espíritu. Posiblemente este texto sea el antecedente de Isaías 63, la única otra mención de la frase “santo Espíritu” en el Antiguo Testamento. David sabía que había ofendido y contristado al Espíritu de Dios, pero pide al Señor que no lo quite de él.

En la nueva vida que él aspira tener, con un corazón y un espíritu nuevo dentro de sí, sabe que depende del Espíritu de Dios para poder vivir en armonía con su voluntad.

Devuélveme el gozo. La petición de David había sido que Dios le hiciere oír “gozo y alegría” (v. 8), ahora nos explica cuál es ese gozo: el gozo de la salvación. El pecado causa eso, incertidumbre, pesar, tristeza… pero a través de su perdón Dios devuelve el gozo al corazón.

El gozo de la salvación es uno de los grandes privilegios del creyente. Saber que su vida está escondida con Cristo, y que nada ni nadie puede arrebatarle la herencia eterna. Por la gracia de Cristo, puede empezar a disfrutar la salvación desde ahora.

Por su parte, “espíritu noble (dispuesto, generoso)”, no es muy diferente a la petición de un espíritu recto. El primero se refiere principalmente a la fidelidad, y el segundo a la disposición de servir y entregar el yo a Jesús.

Entonces enseñaré. Los versículos 13 al 15 expresan los votos de gratitud y alabanza del salmista: enseñar a los transgresores los caminos de Dios, cantar su justicia, abrir su boca para publicar su alabanza. 

La reacción de David al perdón de Dios será ayudar a otros a vivir la misma experiencia. Cantar, enseñar, publicar son parte de la testificación del corazón arrepentido que ahora disfruta nuevamente del gozo de la salvación. La misma misericordia que se le extendió a él, la contará a los pecadores para que se conviertan a Dios. 

¿Qué seguidor de Cristo puede abstenerse de alabar y testificar cuando vive una experiencia así de real?

Al corazón contrito y humillado no despreciarás. La oración de David culmina con una nota muy importante. Para Dios hay algo mucho más importante que los sacrificios y holocaustos, y eso es el espíritu quebrantado, el corazón contrito y humillado.

Todos los sacrificios y ofrendas, las penitencias o “padres nuestros”, no pueden reemplazar el arrepentimiento, la tristeza y compunción del corazón. El que así se acerca, humillado, jamás será despreciado por el Señor. Tal como el publicano, regresará a su casa justificado (Lucas 18:14).

Cuán valiosa es esta oración. Ojalá que tú, si tropiezas y caes, sepas también que Dios no cerrará la puerta de la misericordia para ti. Estás a tiempo todavía, acércate hoy a él y pide su perdón.