Explicación del Salmo 4

explicacion del salmo 4

Más de una vez me he acostado a dormir con tantas cosas en mi cabeza que algo tan natural como conciliar el sueño se ha vuelto casi una meta a alcanzar. En ocasiones, culpa del miedo, en otras el estrés, en otras la tristeza.

Pero recuerdo la historia de una jovencita que estaba por abordar un avión. El personal de la aerolínea pronto se dio cuenta que sus padres no viajarían con ella, y encargaron a una aeromoza que estuviese particularmente pendiente de ella; así tendría algo de compañía.

Los pasajeros tomaron sus asientos, el avión despegó, y casi inmediatamente la jovencita quedó profundamente dormida. 

Un par de horas después despertó y le pidió a la aeromoza si podía traerle algo de comer. Sin demora fue y le trajo unos panqueques y un jugo. 

—¿Es la primera vez que viajas? ‒le preguntó curiosa‒.

—Sip, primera vez ‒contestó la niña acurrucándose nuevamente en su asiento para dormir‒.

La aeromoza estaba sorprendida de la facilidad con que se dormía aquella niña que volaba por primera vez en un avión, y además, estaba sola.

El viaje transcurrió plácidamente hasta que se desató una fuerte tormenta y el avión presentaba turbulencia. El sonido se encendió para solicitar a los pasajeros que, por favor, mantuvieran la calma mientras atravesaban el mal tiempo. 

El avión se agitaba con fuerza y algunos pasajeros estaban verdaderamente asustados y alterados. La tripulación se empeñó por algunos minutos en desplazarse por los pasillos dando instrucciones y tranquilizando a los más nerviosos, a lo que la aeromoza se acordó de la pequeña niña.

Salió corriendo hacia su asiento, sólo para llevarse la sorpresa de que, en medio de la agitación, ella todavía dormía. La despertó preguntándole cómo podía dormir tan tranquila, como si nada estuviese sucediendo. 

La niña, soñolienta, le hizo una pregunta: «¿Quién está pilotando el avión?». En cuanto contestó, su respuesta fue: «Ese es mi padre. Mientras él esté al timón, sé que todo va a estar bien». Se recostó y durmió una vez más.

¿Qué te parece? ¿No ilustra muy bien este relato las palabras del salmo 4:8? Ciertamente “En paz me acostaré y asimismo dormiré, pues sólo tú, Jehová, me haces vivir confiado”, es un texto muy conocido por todos nosotros.

Salmo 4

En algunas Biblias, de hecho, el salmo 4 lleva por título “Oración vespertina”, mayormente gracias a la importancia conferida al mensaje del versículo final, citado arriba. Sin embargo, advertimos que esa noción se trata de un reduccionismo sustancial, pues claramente este salmo no fue compuesto simplemente como una oración para ser recitada antes de dormir. 

Es cierto que su ubicación entre los salmos 3 y 5 favorece una clasificación tal, por sus menciones a momentos de devoción en distintas horas del día (Salmos 3:5, 5:3), pero una lectura más analítica permite entender que hay todo un contexto mucho más amplio que da forma e intención a estos salmos.

Siendo que el sobre escrito del Salmo 3 lo relaciona con la huida de David de Jerusalén por causa de la sublevación de Absalón, por sí mismo cuestiona la posibilidad de simplificar su intención al punto de verlo como una “oración matutina”. 

David está huyendo de su propio hijo, el pueblo que antes le era leal se ha rebelado, sus mismos consejeros y parte de su ejército se han ido tras Absalón, hasta sus compañeros dudan, y el rey se siente en profunda angustia y perplejidad. Refugiándose en las montañas, recurre a Dios como su única garantía de protección y cuidado.

Se ha dicho que los salmos 3 al 7 podrían haber sido colocados juntos en el canon del salterio porque los 5 están relacionados con este relato bíblico. Por ende, el salmo 4 tampoco debiese ser visto meramente como una tranquila oración nocturna; es más bien el clamor del corazón de un afligido que da testimonio de su fe ante la dura prueba que le toca atravesar.

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Algunos han propuesto teorías alternativas para el origen del salmo, adjudicándolo, por ejemplo, a un pobre oprimido que está defendiendo su causa delante de sus enemigos. 

Sea cual sea la situación original, que nos inclinamos más por la autoría davídica, coincidimos con Schokel cuando dice que “Lo más importante de un salmo es su repetibilidad, por la cual puede servir como oración a muchos” [Luis Schokel, Salmos I, p. 164].

Debido a ese propósito repetible, extraer los elementos primarios del trasfondo será suficiente para poder explicar y aplicar el texto. 

La estructura del salmo está dividida de la siguiente manera: 

A. Oración por preservación (v. 1)

B. Llamado al arrepentimiento de sus enemigos (vv. 2-5)

C. Alabanza por la felicidad, paz y confianza (vv. 6-8)

Explicación del texto

Respóndeme cuando clamo. En el verso uno aparecen 4 verbos principales, de los cuales 3 son imperativos y uno está en tiempo perfecto. Los imperativos se hallan en el primer y tercer hemistiquio, mientras que el perfecto, por su parte, tiene lugar en el segundo. 

Esto hace muy visible el contraste entre las dos plegarias que se elevan a Dios (imperativos) y el testimonio de salvación (perfecto) que componen el primer verso. 

Estas líneas contienen en el hebreo 7 sufijos de primera persona, lo que añade a la solicitud desesperada de una respuesta (“¡responde cuando clamo!”) una tonalidad de gran lamento y ruego. El salmista ruega y apela a la misericordia de Dios: “ten misericordia de mí y oye mi oración”.

Definitivamente no se trata de una oración cualquiera, para él es verdaderamente urgente. 

Sin embargo, la segunda línea separa ambos imperativos con una frase en una tonalidad muy distinta: “Cuando estaba en angustia, tú me diste alivio”. Él no ruega a un Dios desconocido, ni está «experimentando» algo que no ha hecho antes; eleva una fervorosa oración al Dios que antes había sido su salvaguardia, ¡y está consciente de su disposición a defenderle!

En una anterior situación de “estrechez”, Dios le había “hecho un lugar amplio” (lit.). Esta imagen física o espacial de estrechez bien puede entenderse como representando una eventualidad de mucha presión y ansiedad, una crisis; mientras que el “lugar amplio” nos traslada a un estado de paz, tranquilidad y alivio.

Su oración se fundamenta y se orienta hacia esta memoria del pasado. Es decir, la presenta como la razón de su fe, pero también como el motivo. 

Es posible que los “hijos de los hombres” del verso dos hayan estado involucrados con la primera situación de estrechez, Dios actuó para librarle, por un tiempo no muy largo disfrutó de cierta tranquilidad, ¡pero todavía siguen causando problemas! Por ello el clamor incisivo del salmista “¿Hasta cuándo?”.

Sus intenciones claramente eran perjudicar al salmista, causarle daño, buscar su mal, por eso su inquisidora es “¿hasta cuándo volveréis mi honra en infamia?”. 

No sabemos qué sería exactamente lo que estaba ocurriendo, pero la frase bene ish, a diferencia del más frecuente bene  Adam (“Hijos de los hombres”), implica que se trataba de personas distinguidas; y la mención de “vanidad” y “mentira” presentaría sus intenciones como absurdas y destinadas al fracaso.

Acusación que hace que la expresión utilizada en el verso 1 para referirse a Dios, “Justicia mía”, cobre mucho sentido. Dios es quien hace justicia a sus escogidos; y el orante confía plenamente en la justicia de Dios para intervenir en esta situación y volver nuevamente su “infamia” en “honra”.

En el primer verso el autor interpeló a Dios en oración, pero desde el verso dos hasta el 5 interrumpe el poema y es como si hablase directamente, en un discurso, a sus enemigos. En lugar de aparecer como víctima actúa cómo el fiscal que decide el caso, lo que genera varias interrogantes.

No parece muy lógico suponer que los “hijos de los hombres”, sus enemigos, realmente se encuentran presentes, por lo que la solución más razonable es suponer que en oración el salmista está imaginando todo el escenario, y en lugar de vindicar su honor, su interés está en la conversión y el arrepentimiento de ellos.

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Así que el discurso comienza con la pregunta retórica del verso 2, y a continuación le siguen 7 imperativos a manera de instrucción, donde les dice con lujo de detalles lo que debieran hacer ahora.

En primer lugar, deben conocer que sus esfuerzos en contra de él son vanos, pues Dios ha apartado, “ha escogido para sí al piadoso”. En contraste con los que aman la vanidad y la mentira, Dios rodea de su favor especial al que decide vivir en amor a Dios y lealtad al pacto.

Por lo tanto, su seguridad en este caso estriba en que “Jehová oirá cuando yo a él clame” (v. 3). Lo que se hace eco de la oración del verso 1. Si sus enemigos conocen esto, entonces desistirán de sus vanos y nulos propósitos; pues Dios ya ha decidido el caso de antemano. 

Posterior a este primer imperativo (“Sabed”, “conoced”), se presentan 6 más en dúos:

Temblad y no pequéis”. Tras conocer el veredicto de Dios en cuanto al caso, la decisión más sabia para ellos sería temblar, temer por las consecuencias de su rebeldía contra los propósitos del Creador y Rey, y a continuación apartarse inmediatamente de sus caminos errados y sus malas intenciones.

El deseo del salmista no es que Dios destruya a sus enemigos, sino que ellos puedan convertirse a Dios, abandonar el pecado y temer a Jehová. El que sinceramente desea imitar a Jesús no devuelve a nadie “mal por mal” (Romanos 12:17), ¡eso no lograría nada! La mejor forma de resolver un conflicto es procurar un cambio de corazón. Amor y no odio, es lo que debe sobreabundar en nuestro ser; pues el amor engendra amor, y el odio trae más odio.

Meditad y callad”. ¿Cuántos no hemos meditado en nuestras acciones del día estando acostados en nuestra cama? En ese momento, cuando las cosas se analizan en frío, es que el salmista les está recomendando que evalúen sus acciones. Que consulten con su corazón y luego callen, para escuchar lo que Dios tiene para decir. 

En la quietud es que nuestra perspectiva se equilibra. Allí es que entendemos mejor lo bueno y lo malo, cuando el Espíritu Santo puede hablar sin perturbaciones a la consciencia. 

Ofreced sacrificios y confiad”. Después de apreciar el pecado y apartarse de él, meditar, reflexionar en la quietud y escuchar al Señor, entonces llega el momento para restaurar formalmente la relación con Dios a través de los sacrificios. 

Estos serán “sacrificios de justicia”, pues serán ofrecidos con un corazón sincero (Deuteronomio 33:19). Porque el sacrificio nada vale sin arrepentimiento (Salmos 51:16-17), no sería más que el asesinato de un animal. Con ese espíritu les invitaba el salmista a presentarse en el santuario con su sacrificio, borrar la carga de pecado que sobre ellos reposaba, e iniciar una nueva vida en justicia. 

Finalmente, debían confiar en el perdón de Dios; y de manera especial, hacerlo su guía y su refugio de allí en más.

En estos sencillos pasos el salmista bosqueja el proceso de restauración: conocer, meditar, apartarse, confesar y confiar. Cada uno de ellos es pertinente para nosotros hoy; y más aún, ¿será posible que con nuestras acciones estemos perjudicando de alguna manera al “piadoso” que Dios ha escogido? ¿Y nos convertimos en el malo de la película? ¡Mucho cuidado!

De esa manera, el salmista, en su angustia, piensa en el bienestar de sus enemigos. El polo opuesto del ejemplo de Jonás. 

¿Quién nos mostrará el bien? Ahora en los versos 7-9 el salmista se dirige a unos “muchos”, que parecen ser sus amigos o acompañantes. Pero con una diferencia peculiar en su propia actitud, comparada con el verso 1: con su locución de los versos 2 al 5 ha conseguido fortalecer su propia fe en la respuesta de Dios a sus perplejidades.

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Ya en el verso 3 había asegurado a sus enemigos que Jehová oiría su clamor pues era un escogido suyo, y en el verso 5 alegaba que ellos mismos al volverse podrían confiar en Dios de todo corazón. 

Por lo tanto, podemos pensar que al meditar en estas cosas su propia fe se ha fortalecido para enfrentar sus estrecheces presentes. Se siente más seguro y confiado, sabe que Dios no le dejará ahora.

Pero en la otra cara de la moneda, sus amigos o compañeros se están desanimando, como lo demuestra su lastimosa pregunta: “¿Quién nos mostrará el bien?” (v. 6). Similar a la pregunta que se hacían en la serie del Chapulín colorado: «¿Y ahora quién podrá defendernos?».

La gente a menudo se hace esta clase de preguntas. La causa del bien parece estropearse, y la noche se cierne sobre la esperanza humana cada vez más. Entonces se murmura con duda y pesadumbre quejosa si es que habrá alguien que dispute nuestra causa y nos muestre el bien haciendo renacer la luz. 

Bien, ¡Para eso hemos sido colocados en el mundo! Precisamente para hacer brillar la luz en la oscuridad (Mateo 5:16, Filipenses 2:15). Por eso el salmista, lleno de una confianza renovada en el Señor, dice: “Alza sobre nosotros, Jehová, la luz de tu rostro” (v. 6, Salmos 31:16, 90:17). 

De manera especial esta petición nos recuerda la bendición Aarónica, pues mezcla la frase de “Jehová alce a ti su rostro”, y “haga resplandecer su rostro sobre ti” (Números 6:25-26). 

Lo que el salmista pide es que Dios muestre su favor una vez más. Que disipe la oscuridad con la luz de su gracia y su misericordia, y sus ojos puedan ver nuevamente su salvación, su bien, su bendición. 

El interés de los “muchos” está principalmente en los bienes terrenales, aparentes, transitorios. Pero el autor fija su mirada en la bendición de Dios que produce verdadero contentamiento.

Por eso dice: Tú diste alegría a mi corazón (v. 7). Y contrasta esa alegría con la “de ellos” en tiempos de cosecha, cuando abundaba el grano y el mosto. ¡Esos eran momentos muy felices en el mundo antiguo! Tiempos de fiesta y celebración. 

Sin embargo, el salmista dice que en medio de la prueba su felicidad es todavía mayor, porque es un don directo del Señor. Cualquiera se alegra con lo que causa alegría (Isaías 9:3), pero el creyente puede reposar feliz en los brazos de Dios aun durante la noche oscura, porque su gozo es fe, es esperanza. 

Este salmo describe cómo el autor ha avanzado desde la incertidumbre (v. 1), hasta la bendita experiencia de la confianza inquebrantable y el gozo en el Señor (v. 7-8). 

De esa forma, puede culminar con ese precioso texto que deja en evidencia la paz que podía disfrutar ahora en los brazos del Padre: “En paz me acostaré y de inmediato dormiré, porque sólo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (v. 8).

No sabía todavía, quizás, cómo iba Dios a sacarlo del aprieto, pero su fe había sido fortalecida. No tenía ningún temor en su corazón sino sólo la certeza que Dios era su principal defensor. Así que, ¿por qué no vivir confiado?

Esa noche iba a acostarse y de una vez se dormiría, plácido, profundo, como la niña en el avión, porque el amor de su Padre le hacía vivir confiado. 

Verdaderamente no importa cuán estrecha o apretada sea la circunstancia, Dios nos da el alivio. No utilices más pastillas para dormir, ¡prueba con la fe!