Salmo 127: explicación

explicacion del salmo 127

El 31 de marzo de 1909 comenzó la construcción de un barco que sólo tuvo 4 días de uso, pero difícilmente se pueda encontrar alguien en este lado del mundo que no haya escuchado hablar sobre él.

Un proyecto que fue financiado por el empresario estadounidense J. P. Morgan y su empresa International Mercantile Marine Company en cooperativa con la White Star Line; con un costo de más de 7 millones de dólares, (¡que superan los 150 millones al cambio actual!): Titanic.

A principios de 1911 los trabajos de construcción de la estructura habían sido completados casi en su totalidad. Y su apariencia comenzaba a acaparar reflectores. 

La White Star aspiraba que la elegancia y lo portentoso de este barco sobrepujaran a la competencia alemana, y les colocara nuevamente al frente del negocio de los trasatlánticos. 

Así que desde junio de ese año hasta marzo de 1912 más de 3.000 profesionales estuvieron trabajando en el barco equipándolo con los recursos tecnológicos más innovadores de la época, e instalando el mobiliario. Luego se diría que el Titanic era casi un palacio sobre el océano.

A principios de 1912 se instalaron las cuatro chimeneas de 18,9 metros de altura que sumaban a lo imponente de su apariencia, así como las tres hélices de bronce de 38 y 22 toneladas. 

El Titanic quedó completamente apertrechado en marzo de ese año, y estuvo listo para su viaje inaugural fijado para el 10 de abril de 1912.

Una vez registrado, se convirtió en el barco más grande del mundo, pesando 53.000 toneladas y alcanzando 296 metros de longitud. Contaba con poco más de 1.000 camarotes, y en total, tenía capacidad para 3.000 personas. 

Entre sus instalaciones se contaba un gimnasio, piscina, salón de telegrafía, sala de lectura, salón común, hospital, baños turcos y eléctricos, perrera y restaurantes lujosos.

Era, sin duda, un monumento del progreso humano. 

Su viaje inaugural dio inicio el 10 de abril, cuando partió del puerto de Southampton. Luego hizo escala en Francia y recogió pasajeros en un puerto irlandés. Fue entonces cuando fijó el rumbo hacia Nueva York.

Más aquel buque colosal, del que se especula que alguien dijo que “Ni Dios sería capaz de hundirlo”, cerca de la medianoche del 14 de abril hacía urgentes llamados de emergencia a los barcos cercanos, pues la evaluación del diseñador indicaba que no le quedaban más de 2 horas a flote.

En la mañana del 15 de abril el mundo se levantó con la fatídica noticia de la pérdida del Titanic, y la muerte de más de 1.400 personas en el naufragio.

No importa qué tan grande sea, pesado, costoso, resistente, ni qué clase de trabajadores sean contratados para un proyecto, mucho tiempo antes un salmo en la Biblia lo había dicho muy bien: Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.

Salmo 127

Algunos piensan que este Salmo fue escrito por David para su hijo, conclusión derivada del sobre escrito “Para Salomón” (le shelomoh). Pero, las preposiciones hebreas usualmente pueden tener varios significados. En este caso, le puede significar tanto “para” como “de”, como queda demostrado en el sobre escrito de otros salmos.

En este comentario preferimos inclinarnos por una autoría salomónica, puesto que la tradición literaria es muy afín a la sabiduría de proverbios. De hecho, si este salmo fuese migrado a un capítulo de Proverbios, pasaría totalmente desapercibido. 

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Por el contrario, la presencia de este escrito entre los salmos llama bastante la atención. 

Sin embargo, en los versos uno y dos se traduce “en vano” tres veces del hebreo shav; lo que sería un argumento a favor de la autoría davídica puesto que nunca se usa en Proverbios o Eclesiastés. De todas maneras no es un argumento concluyente.

Ahora bien, el salmo 127 está compuesto de dos secciones bien delimitadas, que aparentan incluso no tener ilación la una con la otra. 

En los primeros dos versículos el salmista discute la eficacia del esfuerzo, el empeño y el afán humano, mientras que en los versos 3 al 5 pasa a concentrarse en la bendición de parte de Dios que los hijos representan para su padre. 

Pareciera ser como si el autor se hubiese sentado frente al papiro pensando si tiene algo importante para comunicar a otros, y acabase escogiendo dos temas muy diferentes. Así que escribe una estrofa para el primero, y otra aparte para el segundo.

Pero vamos a aproximarnos al texto para examinar su significado, y así saber si existe o no correlación alguna. 

Versos 1 y 2

El argumento que el autor plantea en los primeros dos versículos queda suficientemente claro con una lectura superficial.

Me gusta visualizarlo como caminando por las calles de la ciudad y observando las distintas actividades en que los hombres empeñan su tiempo y sus fuerzas. 

Primeramente observa a algunas personas que con el sudor de su frente, dedicación y sacrificio trabajan por construir una casa. A pleno sol, colocando los fundamentos, bloque tras bloque, haciendo mediciones, batiendo mezcla, sin duda se esfuerzan en hacer un buen trabajo.

El salmista continúa caminando y nota a los soldados de pie sobre los muros y tomando guardia en las puertas de la ciudad. Procurando estar alertas de cualquier movimiento extraño que puedan observar, a fin de proteger el recinto de los peligros extranjeros.

Observa también a un padre de familia que sale de casa muy temprano despidiéndose de su esposa sabiendo que no le verá nuevamente sino hasta tarde en la noche, pues la vida demanda de él trabajo sin reposo para poder llevarles alimento.

Después de sus observaciones, el salmista vuelve a su escritorio y reflexiona. 

¿Tiene algún valor, tiene algún sentido el empeño de los hombres cuando no es Dios es el que lleva adelante el proyecto? ¿Puede el hombre, por más que se afane, añadir un codo a su estatura? ¿Toda la dedicación y habilidad humana puede sustituir a la bendición de Dios?

Y entonces concluye: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican. Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela el que la guarda”. ¡Porque salvo lo que se hace en sociedad con Dios, el trabajo humano es vano!

Y entonces añade que en vano aquel hombre se afana con gran cansancio y pena para comer un pan de angustia, cuando Dios “dará a su amado el sueño”; es decir que Dios da al que ama reposo y paz.

El argumento de estos primeros dos versículos se resume en que el esfuerzo humano sin la bendición de Dios es nulo. Jehová tiene que ser quien edifique la casa, debe ser quien guarde la ciudad, de ser quien provea el alimento, porque si no es así, la cosecha humana poco vale y poco dura.

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Es como el hombre que construye su casa sobre el arena, y cuando viene una tormenta la derrumba (Mateo 7:26-27). Es como la inversión de tiempo, fuerzas y dinero en construir el barco más grande del mundo, que no duró más de cuatro días, porque un roce con un iceberg lo mandó al fondo del océano.

¿Te das cuenta de lo absurdo de la vida sin Dios, su dirección y aprobación? Esto mismo es el argumento del libro de Eclesiastés. Sin Dios el quehacer humano es absurdo, es vano.

Pero qué diferencia cuando Jehová construye la casa, cuando guarda la ciudad, cuando provee del alimento al padre de familia, ¡qué diferencia! Y es que la intención de este pasaje no es decir: No hagas nada, porque es inútil. En su lugar, el consejo del sabio es: empéñate en la voluntad de Dios, procura su guía y bendición, y los resultados vendrán. La prosperidad es un don del cielo.

El ser humano puede decir “misa”, Dios no le obedecerá por ello. Pero si Dios ha dicho “misa”, y el hombre obedece y dice “misa” con él, entonces “todo lo que hace prosperará” (Salmos 1:3). 

No podemos obligar a Dios a construir la casa o guardar la ciudad, nosotros tenemos que construir la casa que Dios ha dicho, guardar la ciudad como Dios ha mandado. Pedir su bendición para cada empresa que comenzamos, y estar dispuestos de desistir si su providencia así lo indica. 

En eso radica el éxito. Es la misma idea que proporciona Proverbios 21:31 “El caballo se alista para el día de la batalla, pero es el Señor quien da la victoria”.

El hombre debe hacer lo suyo, por supuesto. Pero mucho afán sin la bendición del Señor será en vano. 

Versos 3 al 5

Ahora nos enfrentamos con un giro dramático en la trama. La segunda estrofa comienza con las palabras “herencia de Jehová son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre” (v. 3). Luego compara los hijos con saetas en las manos de un hombre valiente, y culmina pronunciando una bendición sobre el hombre que llena “su aljaba de ellos”, pues le irá bien cuando hable en la puerta con los enemigos.

Herencia de Jehová. Esta expresión habla de los hijos como propiedad y don de Dios. Isaías 8:18 dice “He aquí yo y los hijos que Dios me dio”, y en Josué 24:3-4 se reconoce a Dios como quien concede, como quien otorga un hijo como regalo. Y siendo que en el segundo verso se utiliza sakar (“cosa de estima”), se enfatiza su valor.

Cuando una pareja ha hecho las cosas adecuadamente, cumpliendo con los mandamientos de Dios y comprometiéndose por medio del matrimonio, entonces los hijos son una preciosa herencia del Señor para esos padres. Un gran privilegio, un tesoro digno de mucha estima.

Y es en este punto que se halla la conexión con la primera estrofa. Así como la prosperidad de todo proyecto, la provisión del alimento, el reposo y la paz son un don de Dios, los hijos son igualmente una dádiva suya. 

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Es útil recordar también que en el mundo Antiguo los hijos eran considerados sinónimos de benevolencia y bendición de Dios. Este pasaje es perfectamente entendido en el marco de la prosperidad teniendo esa noción como referencia.

La prosperidad, las cosas valiosas de la vida, el éxito, la familia, los hijos y el bienestar vienen del Señor, a su lado hay reposo y paz. Ese es el mensaje del Salmo 127.

Como saetas en manos del valiente. ¿Qué hace un guerrero con algunas flechas? Acierta al blanco, ataca al enemigo, se defiende del peligro. La flecha en su mano es una garantía de que podrá luchar. Es un medio de defensa y a la vez un instrumento poderoso.

Lo mismo puede suceder con el hijo en las manos de un padre joven, en todo su vigor. ¿Qué no puede hacer con él? Con dedicación y propósito puede convertirlo en un poder para el bien, en alguien que en el futuro le defenderá a él y a su familia. 

Sin duda, un padre que levanta sus hijos en el temor del Señor, como hombres valientes y esforzados, que sirven al bien común, trabajan por su familia y aman a Dios de todo su corazón, y que llene de ellos su aljaba (bolsa donde se guardaban las flechas), será más que “bienaventurado”.

¿Qué hogar podría no ser prosperado con hijos así? Y teniéndolos a ellos, ¿qué padre podría ser avergonzado a la puerta de la ciudad?

Este era el lugar dónde se definían las controversias y pleitos. En una disputa como esa contra sus enemigos un padre sin hijos sufriría de mucha desventaja, difícilmente podría defender su causa sin temor alguno. 

Pero no cualquiera se mete con un padre que está respaldado por hijos marca “saeta”, ¿no crees?

Así que el Señor entrega un regalo muy valioso en las manos de un padre, pero esta herencia debe ser bien administrada. De otra manera, en lugar de ser una bendición, los hijos pueden llegar a ser una fuente de amargura (Proverbios 17:21, 25).

Conclusión

El Salmo 127 a primera vista pareciera estar formado de dos composiciones distintas, pero eso está lejos de la realidad. El salmista está tratando un solo tema desde al menos dos puntos de vista, y ese tema es la prosperidad. 

En los dos primeros versos deja en claro que la prosperidad es imposible lejos de Dios. Es vanidad, afán sin recompensa; mientras que junto a él se trata de una dádiva de amor. 

Los planes con él serán exitosos, y su paz y reposo no se apartará de nosotros.

En la segunda estrofa la atención pasa a un nuevo aspecto de la prosperidad, que son nada menos que los hijos como herencia de Dios. Dios los pone en nuestras manos y por ellos somos bienaventurados. Son como saetas en manos de soldado, y garantía de seguridad y defensa. Un hombre que ha formado buenos hijos podrá vivir tranquilo en el futuro.

Escucha el consejo del sabio, querido amigo. La prosperidad del mundo no perdura, pero cuando el Señor es quien va al frente, no lo dudes; estará garantizada. “Confía en jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).