En la casa de mi Padre, muchas moradas hay

en la casa de mi padre muchas moradas hay

Con la crisis económica, política, social y moral que atraviesa el país donde vivo, muchas familias han migrado a otros lugares buscando mejores condiciones de vida, para poder surgir y trabajar por un futuro más prometedor. 

A menudo el procedimiento ha sido que un miembro del grupo familiar (generalmente el padre) viaja primero, consigue trabajo, se establece, y entonces envía los recursos necesarios para que el resto del grupo pueda mudarse. Estando sólo, rápidamente puede alcanzar relativa estabilidad y garantizarla a su familia, cosa contraria a lo que sucede cuando todos viajan de un solo golpe.

Sin embargo, no siempre las cosas han resultado bien.

Hace poco una vecina nos contó que su esposo viajó a Estados Unidos con la idea de preparar las cosas allá y enviar a buscarla a ella y a su hijo al cabo de un año.

Por varios meses no supo nada de él, hasta que ya casi cumpliendo el año pudieron comunicarse. Sólo que en lugar de ser para planificar su viaje, fue para pedirle el divorcio.

Qué tristeza tan grande para aquella mujer. Su esposo se fue para prepararles lugar, pero prefirió quedarse con el lugar y prescindir de ellos. Esa ha sido la lamentable experiencia de muchas personas.

En la última noche con sus discípulos, el Señor les previno de su partida. Les dijo que volvía a su Padre; y aunque eso les causaba gran tristeza, les aseguró que no había razón para eso, ¡iría a prepararles un mejor lugar! Para que pronto pudiesen reunirse de nuevo, y disfrutar de un futuro prometedor. 

Fue en esa conversación que Jesús dijo: “En la casa de mi padre, muchas moradas hay”. La pregunta es, ¿qué quiso decir con eso?

Las “mansiones celestiales”

Hay un conocido coro cristiano que dice: 

Tengo allá en el Cielo, tengo allá en el Cielo, una gran mansión. Que me dijo Cristo, que me dijo Cristo, me iba a preparar. No será de barro, ni tampoco bloque lo que tengo allá; son paredes de oro con piso de perla y techo de cristal…” 

Y otro que me gusta, versa: “Un palacio tengo allá más lindo que el sol”.

Lo que refleja la tan extendida noción de que, en su ascensión, Jesús fue, entre otras cosas, a preparar mansiones para cada uno de los redimidos. Noción que, aparte de este versículo del evangelio de Juan, no cuenta con mayor basamento bíblico. 

Lo que nos conduce a reconocer la gran repercusión que ha tenido este texto en el pensamiento cristiano, puesto que la mayoría creemos tener reservada en los cielos una gran y hermosa mansión.

De hecho, hace un par de semanas en la iglesia tratábamos el tema de la eternidad, y el ponente presentó un video titulado las “10 mansiones más costosas del mundo”. Al finalizar comentábamos que la belleza y el lujo de aquellas infraestructuras quedarán en extremo cortas comparadas con la gloria de las mansiones celestiales.

Ahora bien, por más extendida que esté una interpretación, eso no garantiza su veracidad. Examinemos el significado del texto.

Juan 13:31-14:31

El evangelio de Juan dedica más espacio que cualquier otro de los 3 para relatar lo que ocurrió la noche que Jesús fue apresado y enjuiciado. 

El libro tiene dos mitades claramente separadas en 13:1. Mientras que la primera nos informa de algunos eventos acaecidos durante el ministerio de 3 años y medio de Jesús (1-12), la segunda dedica casi la misma proporción de espacio para relatar lo ocurrido en sus últimos 2 días de vida, y después de su resurrección (13-21). 

Y buena porción de esta segunda mitad registra ampliamente los detalles de esa escena que nos interesa: la última cena de Jesús con sus discípulos (13-17). Detalles que los otros evangelistas omiten por completo. Dicho sea de paso, le agradezco mucho a Juan por compartirlo; creo que todos los creyentes estamos en deuda con él.

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Ahora bien, un trasfondo lúgubre domina todo el discurso final de Jesús que está dividido, a su vez, en tres porciones: 1) 13:31-14:31 es más conversacional, y se dedica mayormente al tema de la «partida» del Salvador; 2) 15:1-16:33 ya no hay interrupción de los discípulos y Jesús recalca consejos e instrucciones fundamentales para ellos y los creyentes en el futuro; 3) 17:1-26 Jesús se dirige a su Padre en oración por sus discípulos. 

Miremos más de cerca 13:31-14:31.

Pedro y los demás están muy angustiados por las palabras que dijera el Salvador: “aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis, pero […] a donde yo voy, vosotros no podéis ir” (v. 33).

Como un relámpago, un huracán de preguntas azotó la mente de los discípulos. «¿Se va? ¿A dónde se va? ¿Por qué se va? ¿Por qué no podemos seguirlo si somos sus discípulos? ¿Qué pasará con nosotros ahora? ¿No era el Mesías? ¿Dónde quedó la promesa del reino? ¿No reinaríamos nosotros con él? ¿Destruirá a los romanos o no?». 

Ellos estaban realmente confundidos y asustados. Durante más de 3 años habían seguido al Salvador doquiera iba, habían obedecido sus instrucciones y colaborado con él en toda su obra de predicación y sanación. Habían renunciado a sus trabajos para ser sus discípulos, habían dejado a sus familias, ¡¿Y ahora simplemente se iba?! Experimentaban en ese instante lo que se siente ser “huérfanos” (14:18).

Parte del sentir de los discípulos puede verse reflejado en las palabras de Pedro: “Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? ¡Mi vida daré por ti!” (13:37). 

Creo que algunos de ellos habían llegado a amar realmente a Jesús. Y una separación como ésta era muy dolorosa. Sobre todo porque no entendían qué era lo que sucedía.

Jesús leía a detalle el huracán de angustia que pasaba por la mente de sus amados. Al anuncio de su partida se sumaban la traición (13:21) y la negación de Pedro (13:38). ¡Todo se caía a pedazos!

 En el capítulo 14, Jesús procede a suavizar sus inquietudes. 

14:1-3

Tiernamente Jesús les dice: “no se turbe vuestro corazón” (14:1). “No estén angustiados” (BHTI), “no dejen que el corazón se les llene de angustia” (NTV), “no se preocupen” (PDT), “no estén intranquilos” (SM 1975)… casi puedo escuchar la dulce voz de Jesús pronunciando esas palabras. 

Puede arreciar el huracán, pero Jesús tiene toda la autoridad para decir “Calla, enmudece” (Marcos 4:39). De la misma manera, pero con un tono diferente, trajo en la cena paz a los apesadumbrados corazones de sus discípulos. 

Las noticias sonaban bastante mal, sí, pero no había razón para preocuparse. 

Debo conceder que la sola expresión: “no se preocupen” no hace que nos calmemos, de la misma manera que decirle a una persona “no te asustes” cuando se topa con uno de sus miedos es prácticamente inútil. 

Pero Jesús no les ordena despreocuparse, sino que con esta suave expresión introduce un discurso donde presenta suficientes motivos para disfrutar de plena tranquilidad: Jesús debe irse ahora pero volverá (vv. 2-3, 18), su partida les beneficiará grandemente (vv. 12-14), enviará otro Consolador que les guiará (vv. 16-17, 26), Jesús hará morada con ellos, jamás les abandonará (v. 23), y les dará su paz perfecta (v. 27).

Pero todas estas garantías y bendiciones descansan sobre el imperativo “creed en Dios, creed también en mí” (v. 1). Si Dios y su palabra son dignos de la fe de los discípulos, también lo son Jesús y sus promesas. Les invita, les sugiere creer, porque la fe sí disipará la angustia. «¿Están preocupados? Confíen en lo que les digo, y queden tranquilos».

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Puedo imaginarme a Jesús montado en una montaña rusa con los 11. Delante de ellos se observa una súbita bajada en picada y todos tiemblan de pavor. Pero Jesús les dice: «No se turben, crean en mí. Crean en lo que les digo. Les aseguro que todo saldrá bien. Vamos, estén tranquilos».

En la casa de mi Padre

A continuación, en los versos 2 y 3, Jesús continúa explicando un poco más el asunto de su partida. Hasta ahora solamente reveló que se iría, lo que tiene a todos en la sala en una situación de turbación. Entonces deja el suspenso atrás y comienza a aclarar algunas inquietudes.

En estos dos textos él contesta las preguntas más fundamentales: 1) a dónde se va, 2) por qué se va, y 3) ‒parcialmente‒ qué pasará con ellos. En lo posterior sigue añadiendo detalles a estas respuestas iniciales. 

El principio del verso 2 nos aclara a dónde va Jesús. Su destino viajero es “la casa del Padre”, lugar que a pesar de no ser mencionado en ningún otro lugar de la escritura refiriéndose al Cielo, es obvio que no se refiere a la misma “casa del Padre” de Juan 2:16. 

Ciertamente el templo de Jerusalén fue un lugar escogido y apartado como casa de Dios, el lugar donde él se revelaría a su pueblo (Éxodo 25:8, Jeremías 7:12); pero “el Altísimo no habita en templos hechos de mano, como dice el profeta: el cielo es mi trono” (Hechos 7:48-49).

Cuando los judíos rechazaron finalmente la última invitación de la gracia de Dios, el templo también perdió todo valor como lugar de adoración y dónde se revelaba la gloria divina. Por eso en Mateo 23:38 dice “vuestra casa os es dejada desierta”.

¿Cuál es la casa del Padre? La lectura de algunos pasajes como Juan 3:13, 6:38, 51, 62, 17:5, Hechos 2:32-34, 3:21, 7:55-56, Apocalipsis 4:1-2 y 21:2 debiera ser suficiente para que quede claro que la “casa del Padre” es ese lugar donde Dios habita corporalmente, donde tiene su trono y su morada, donde es servido por multitud de millares de ángeles. No tenemos idea de dónde se ubica, pero sabemos que está lejos de aquí.

Jesús vuelve a su verdadero hogar. ¿Y cuál sería el motivo para no turbarse por ello? Hay varios. Pero ante todo, que el propósito de la partida de Jesús al Cielo es convertir la “casa del Padre” en el nuevo hogar de los creyentes.

Jesús actúa como el “precursor” (Hebreos 6:20). Es decir, como ese que avanza primero con la idea de preparar el camino para el resto. Semejante al padre que viaja para trabajar y alistar las cosas para poder traer a su familia. ¡Por eso no había razón para entristecerse! ¿Era necesario que Jesús partiera? ¡Por supuesto!

Debía partir para aparejar el camino: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (14:2). Pero para entender con precisión lo que quiere decir con esto, debemos mirar primero la frase anterior. 

Muchas moradas

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay” es una frase sencilla que a veces ha sido mucho más oscurecida de lo que debiera, en el intento de esclarecerla. Bien entendida en su contexto, su significado es claro.

El vocablo griego que aquí se utiliza y se traduce por “morada” es monai, que sólo es mencionado una vez más en el Nuevo Testamento (Juan 14:23). Su interpretación es conflictiva, pero lo que es claro es que se refiere 1) al acto de morar, habitar, o 2) a una estancia donde se mora, ya sea una casa, una tienda, un apartamento, e incluso una mansión. 

La figura empleada de la “casa del Padre” nos ayuda a entender el sentido en que Jesús usa monai aquí. En tiempos de Jesús la estructura central de una casa, como la del templo de Jerusalén, podía estar rodeada de varias moradas o compartimientos permanentes destinados a distintos usos. En este sentido, la frase “muchas moradas” enfatiza el amplio espacio disponible para habitar.

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Pero el contexto y la observación “si así no fuera, yo os lo hubiera dicho” contribuyen a esclarecer que Jesús se refiere precisamente a la amplia oportunidad de morar allí, al espacio disponible para todos los que aceptan (asumido así por las versiones TLA: “lugar para todos”; y NTV: “lugar más que suficiente”), en lugar de hablar de algo como “mansiones celestiales” o viviendas. 

Jesús iba al Padre, pero allí hay vasto espacio (uso figurativo, que ilustra la generosa oportunidad de salvación) para que todos los redimidos puedan habitar allí permanentemente. Es cierto que el Cielo será en extremo grande para que vivan todos los fieles, pero más allá de eso, la metáfora espacial muestra que la gracia y la salvación han sido provistas en medida suficiente y superabundante para todos. 

Concluimos que las “muchas moradas” no son mansiones o casitas que Dios nos ha construido (aunque esto no deja de ser posible), sino que testifican que en la casa del Padre hay espacio más que suficiente. Todo el que quiera podrá habitar allí por la eternidad. 

Preparar lugar

Visto de esta manera, se puede entender con precisión la segunda pregunta: ¿por qué se va Jesús?. Él dice “voy a preparar lugar para vosotros”, y esto no implica que Jesús ascendió para construir casas, o edificar mansiones. Qué clase de tontería sería eso para el que con su sola palabra dio luz al universo. 

La frase “voy a preparar lugar” tiene que ver con todo el ministerio celestial de Jesús destinado a preparar a sus hijos para las moradas eternas. Él asciende al cielo para abrir un camino al Santuario celeste (Hebreos 4:14-16, 10:19-22), a fin de allegarnos la misericordia, la gracia y el perdón.

Jesús prepara el lugar a fin de podernos hacer semejantes a él mismo (Juan 14:3). Ese es el verdadero sentido de la frase. Él no subió a construir casas, subió a construir nuestra salvación. “Preparar lugar” significa hacer todos los arreglos pertinentes para que nosotros, seres humanos pecadores, podamos estar allí, en la misma casa del Padre.

Los discípulos esa noche quizás no entendieron a lo que Jesús se refería, pero en el futuro sí lo hemos comprendido. ¿Cómo no iba a ser necesario que Jesús se fuera? ¡Era imprescindible para nuestra victoria final! No somos capaces de ganar la salvación, pero desde el Cielo, donde retoma todas sus prerrogativas divinas (sentido de Juan 14:28), Jesús nos abre el camino, nos prepara el lugar.

Y en la pregunta final, ¿qué pasará con ellos? Nos incluimos también nosotros. Jesús debía ascender, pero eso no quería decir que se iría para siempre. 

Él dice “vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis” (v. 3). No hay mejores palabras que éstas. En el plan de Dios no existía la separación entre Dios y el hombre. Jesús tenía que dejar a sus discípulos, pero con el único propósito de poder finalmente unirse a ellos para siempre.

“No os dejaré huérfanos ‒dice el Salvador‒; volveré a vosotros” (v. 18). Mientras tanto, procuramos acercarnos cada día a la imagen preciosa y simétrica de Jesús, sabiendo que hay mucho espacio en el Cielo para nosotros, que él está preparándonos el lugar, y que no nos ha abandonado. 

Jesús ascendió como precursor, es cierto. Mas no recibiremos de su parte una llamada con pedido de divorcio; cuando todo esté listo, él mismo volverá en nuestra búsqueda.