El significado de “setenta veces siete”

el significado de 70 veces 7

Anoche, antes de descansar, me tropecé con un episodio de la antigua y conocida serie “La ley y el orden”, unidad de víctimas especiales.

No vi el inicio del programa, pero entendí que el equipo de investigación analizaba el caso de una niña de seis años, ingresada a la sala de emergencias hospitalaria por haber sufrido un accidente doméstico mientras se encontraba bajo los cuidados de la niñera; una mujer joven, de confianza, que trabajaba con la familia desde hacía varios años.  

Al parecer, la niña había rodado por las escaleras internas de la casa, desde el primer piso hasta el suelo. 

Según la versión de la niñera, ella se encontraba ocupada en algunos quehaceres, mientras la niña y su hermano de diez años jugaban en la planta alta de la casa. De repente escuchó los gritos atribulados de ambos niños. Corrió y encontró a la niña en el piso, semi-inconsciente. Su hermano en la planta alta, al borde de la escalera, gritaba pidiendo ayuda.

Según la versión de la niña “un monstruo” la había empujado.

En medio de la investigación, el equipo encuentra que se trataba del sexto ingreso de la niña a urgencias por diversos accidentes ocurridos en el hogar, cinco de ellos estando bajo los cuidados de la actual niñera, quien se convierte en la primera sospechosa de maltrato físico. 

Al conversar con el hermano mayor para conocer su versión de los hechos, éste inicialmente dice que fue un accidente; pero luego se retracta y afirma que la niñera, molesta porque la niña no quería vestirse, la había empujado con furia. 

La niñera se horroriza al saber esto. Su hoja de vida era impecable y tenía excelentes referencias de empleos anteriores. 

En una segunda conversación con la niña ella refiere que su hermano pocas veces quiere jugar con ella. Cuando lo hace es un monstruo que la persigue, la asusta y la hace llorar. Luego dice que ya no quiere hablar más. No quiere que su hermano tenga problemas porque lo ama mucho.  

Al confrontar al hermano, éste, con un rostro que refleja satisfacción, confiesa haber empujado a la niña. Explica que sintió curiosidad por saber qué sucedería, si se detendría a mitad de camino o llegaría hasta el suelo.

Los investigadores abordan a los padres, quienes admiten que su hijo ha tenido que ver con todos los accidentes anteriores de la niña. La madre explica que el niño no acepta a su hermana, y que a ella jamás le ha dicho que la ama. 

Sin embargo, ambos progenitores muestran una actitud de amor, comprensión y respaldo total hacia su hijo. 

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Han buscado ayuda desde varios años atrás, con psicólogos, terapistas y otros profesionales expertos en manejo conductual. Han administrado varios tipos de tratamientos farmacológicos, han amado a su hijo hasta lo sumo, lo han protegido, lo han cuidado. Pero nada parece dar resultado. 

La madre se muestra desesperada, pero deseosa de proteger a su hijo. El padre lo respalda por completo y encuentra una justificación para todas sus acciones. Incluso los miembros del equipo de investigación opinan que no hay que preocuparse demasiado, que el niño madurará con el tiempo y su actitud cambiará. 

Solo la protagonista recela, desconfía y recomienda una evaluación psiquiátrica. Los padres se oponen. Los compañeros del equipo no ven la necesidad.

Esa misma noche, cuando se retiran a descansar, el niño le dice a la mamá que la odia y la hiere en la mano con un cuchillo. Pero la madre aún continúa justificándolo y asegura que fue un accidente.

Al día siguiente el niño llama al 911. La casa se incendia, su madre está encerrada en el lavadero. La niña amarrada en la cama. 

Afortunadamente, se realiza el rescate. No hay pérdidas humanas. Los bomberos determinan que el incendio fue provocado. El chico admite que tenía curiosidad. Quería saber qué pasaría. Si vería a su hermana derretirse con el calor. Pero el humo no lo dejaba ver…

Un psiquiatra infantil muy reconocido evalúa al niño, y en la primera sesión lo cataloga como psicópata. Las pruebas señalan un alto nivel de peligrosidad. Recomienda  separarlo de inmediato del grupo familiar y recluirlo en una institución especializada.

Los investigadores ya no tienen dudas, pero aún el padre se resiste. La madre intenta persuadirlo. Opina que no pueden manejar la situación. 

Ya no hay alternativa, se trata de una decisión judicial.

Los padres piden ser ellos quienes le expliquen al niño. Este vuelve a mostrar rechazo hacia su madre, y le dice que todo es su culpa. Se vuelve hacia su padre. Llora. Trata de manipularlo. La madre llora, le dice que lo ama. El padre lo abraza. Llora también. Le dice que nunca lo abandonará. Que nunca dejará de amarlo…

Es difícil entender hasta dónde puede llegar la capacidad de comprensión, tolerancia y perdón de un padre que ama a su hijo entrañablemente. Creo que aquí cabría mencionar el conocido refrán: “Solo lo puede entender, quien lo vive”. 

Para quienes contemplamos la situación “desde afuera”, “objetivamente”, un proceder de este tipo podría parecernos ciego, incomprensible o incluso irresponsable.

Pero, ¿habrá alguna posibilidad de que estemos equivocados? 

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La perspectiva divina 

Jesús no perdía oportunidad para enseñar a sus discípulos, una y otra vez, el verdadero significado de amar al prójimo como a uno mismo. En cierta ocasión explicaba cómo acercarse, con una actitud amante y compasiva, a quien comete una falta, cualquiera que ésta fuera.

Los discípulos escuchaban con atención y asombro. La lección era difícil. Iba más allá de lo que ellos habían entendido y practicado toda su vida. Más allá de lo que habían recibido de los antiguos patriarcas y profetas de su pueblo.

En cierto momento Pedro interrumpe la clase, con su impulsividad característica, para hacer una pregunta. Su intención probablemente era demostrar que había entendido perfectamente la lección. Más aún, tal vez deseaba presumir que estaba sobrado en eso de tolerar, comprender y administrar perdón. No cabía duda que era un excelente alumno, era quizás su pensamiento.

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? (Mateo 18:21).     

¡Perdonar siete veces a la misma persona! Parece demasiado, exagerado, excesivo. No, no, no…  Se pasó Pedro, pensaron tal vez los otros discípulos, con las manos puestas en la cabeza.

¡Dígame si se trata de la misma falta, del mismo error cometido reiteradamente una y otra vez! ¿No estaríamos contribuyendo a que la situación irregular se prolongue? ¿No estaríamos fomentando el mal proceder? ¿No estaríamos actuando, más bien, en forma irresponsable?… Podríamos pensar nosotros hoy.

Pedro responde su propia pregunta, yendo mucho más allá de lo que un israelita consideraba apropiado o suficiente hasta entonces. Quizás interpretando el pasaje de Amós 2:4, ellos aceptaban la opción de perdonar a alguien hasta tres veces. “Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Judá, y por el cuarto, no revocaré su castigo…”  

La idea de Pedro de extender el perdón era muy generosa. Su corazón, probablemente conmovido por las enseñanzas del Maestro, lo llevó a proponer un tope de siete, número que bíblicamente transmite la idea de plenitud o perfección. 

Imagino que Jesús dirigió a Pedro una mirada dulce. Lo imagino colocando sus manos sobre los hombros de ese hombre tosco, pero sincero. Y entonces, con una sonrisa, “Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22).  

Definitivamente, ¡Jesús enloqueció! No hay otra explicación posible.

¡Qué significa eso? ¡Setenta veces siete son cuatrocientas noventa veces! ¿Quién podría llevar esa cuenta? Además, ¿valdría la pena llevarla? A alguien podría sorprenderle la muerte llevando la cuenta: ciento cuarenta y cinco, ciento cuarenta y seis…

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¿Qué significa perdonar “Setenta veces siete”?

No cabe duda… La perspectiva divina es muy diferente a la nuestra.

Perdonar hasta “setenta veces siete” significa que no existen límites para el perdón.

Sin embargo, eso no quiere decir que debamos aceptar todo y dejar pasar las conductas erráticas. De hecho, la pregunta de Pedro tuvo lugar mientras Jesús enseñaba las acciones que debemos tomar para llevar a una persona al arrepentimiento. 

“Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos… más si no te oyere, toma aun contigo a uno o dos… si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia… (Mateo 18:15-17). 

Es correcto hacer ver los errores, tratar de corregir los comportamientos inadecuados. Pero Dios nos pide que lo hagamos con amor. Con la intención de restaurar, rescatar, levantar al hermano caído.

Perdonar hasta setenta veces siete, significa no permitir que nuestro corazón albergue resentimientos, odios o deseos de venganza.    

 Y, ¿no es exactamente así como Dios actúa con nosotros? ¿No es ese el trato que recibimos de él? Le fallamos todos los días, nos equivocamos, le mentimos, le desobedecemos, le prometemos cosas y no cumplimos. Vez tras vez caemos, tropezamos con las mismas piedras, herimos su corazón. 

Y él está allí siempre… Todo el tiempo. Todos los días.  No se desanima, no se cansa, no renuncia a nosotros. Cada mañana nos vuelve a mostrar su amor sin límites, su misericordia, su perdón. 

“…porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana” (Lamentaciones 3:22-23). 

“…para siempre es su misericordia” (Salmo 136:1).  

“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? …porque se deleita en misericordia” (Miqueas 7:18).

Como un padre que ama a su hijo y hace todo lo que esté a su alcance por corregirlo y persuadirlo a seguir el camino del bien. 

Como los padres del programa de televisión, que nunca renunciarían a su hijo ni lo abandonarían, a pesar de su conducta francamente nociva, destructiva y antisocial. 

De esa misma manera actúa Dios: “Mas Dios muestra su amor `para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). 

Y de esa misma manera, nos pide que actuemos.

“¿Quién, pues, te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” Preguntó Jesús al intérprete de la ley, después de relatarle la parábola del buen samaritano. “El que usó de misericordia con él”, recibió como respuesta. “Entonces Jesús le dijo: Ve y haz tu lo mismo” (Lucas 10:36-37).  

 “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5: 7).