El ayuno que agrada a Dios

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Cuando hablamos de El orgullo en la Biblia te comenté acerca de un personaje que vivió a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Solo una parte de la vida de John Hyde te presenté allí: su llamado a ser misionero y el instante en que reconoció el orgullo que había en su corazón. Pero eso es tan solo una porción de la historia.

John Hyde llegaría a ser conocido como “el apóstol de la oración”. En la India le apodaron “Hyde, el que ora”. Y es que la vida de ese hombre de Dios se ha convertido en todo un modelo para mí. El Señor le llamó a una vida de oración tan radical, que Hyde llegó a orar mucho más tiempo del que empleaba en hacer cosas afuera; y sin embargo, su labor misionera fue grandemente bendecida.

En otra oportunidad atenderemos de manera más especial a la vida de oración de Hyde, por ahora quiero concentrarme en un aspecto en particular. Alguien llegó a decir que “John Hyde oraba, y si le quedaba tiempo dormía. John Hyde oraba, y si le quedaba tiempo comía. John Hyde oraba, y si le quedaba tiempo conversaba con otras personas”. 

Destaco la parte del alimento. Hyde vivió en carne propia, como pocos otros, lo que significa “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda la palabra que sale de la boca de Dios”, o las mismas palabras de Jesús “mi comida es hacer la voluntad del que me envió”.

Según nos cuentan, Hyde fue un hombre que prestaba poca atención al alimento físico. Constantemente estaba ayunando, porque el tiempo que usaría para comer, él prefería emplearlo en oración. El ayuno no era para él una “disciplina espiritual”, era parte natural de su vida de fe. De hecho, probablemente él no lo hubiese llamado “ayuno”.

Pienso que John Hyde ilustra muy bien parte de lo que NO es el ayuno que verdaderamente agrada a Dios: no se trata de algo forzoso o sufrido, ni una rutina, un mandato, un requisito de discipulado, o cosa semejante. 

Entonces, ¿qué es?

El ayuno

La palabra “ayuno” no solamente compete al argot religioso. Si te has sometido a alguna operación, es probable que te hayan solicitado estar de ayunas horas antes. Quizás, también, para hacerte un examen médico te hayan pedido presentarte en ayunas. 

El ayuno se refiere a la práctica de no ingerir alimento de forma voluntaria por cierto período de tiempo. Pero mientras que para la persona común ayunar es solamente eso, no comer; ¿es lógico que para el creyente lo sea? ¿Será que Dios se complace cuando sus hijos deciden pasar hambre porque sí?

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Desde tiempos remotos religiones ancestrales motivaron el ayuno como una disciplina necesaria para el buen desarrollo espiritual y la fortaleza en la fe. Todavía en el presente esa perspectiva no ha desaparecido, existe aún incluso entre los cristianos: «Para ser un mejor cristiano hay que ayunar».

Sin embargo, en algunos lugares de las escrituras donde se menciona el ayuno la tendencia es a corregir esa inclinación a efectuar ayunos motivados por un supuesto requisito de piedad o para alcanzar el favor divino; lo que no es más que una penitencia.

El ayuno bíblico no puede ser simplemente abstenerse de comer. Cuando es hecho de esa manera, no estamos pasando de un castigo. 

El ayuno que agrada a Dios

Cuando el ayuno es tomado como un fin en sí mismo, entonces la práctica se convierte en un mero ritual religioso carente de valor real. Y es por eso que a muchos no les agrada ayunar, pues sienten que sólo están pasando hambre.

¿Es eso lo que pide Dios? Observemos dos detalles importantes.

Dios no exigió el ayuno

Solo hay un lugar de la escritura donde el Señor impuso el ayuno, y ese es Levítico 16:29-31. 

En el contexto del ritual del Día de la expiación, el Señor solicitó que en la santa convocación del décimo día del séptimo mes el pueblo ayunase y escudriñase su corazón en preparación para la ceremonia que suponía el perdón de los pecados del pueblo y la limpieza del santuario.

Esta es la única ocasión en las Escrituras donde Dios exigió el ayuno. En muchos otros lugares el pueblo completo o individuos particulares ayunaron por distintos motivos, pero sólo aquí Dios dijo: ayunaréis. 

Nos lleva a pensar: si el ayuno tiene un elevado grado de importancia para la vida espiritual, ¿por qué Dios no habló de él más enérgicamente? ¿Por qué Jesús lo mencionó con discreción, como quien no quiere demasiado? 

Creo que pisamos sobre terreno firme cuando inferimos que en la mente divina el ayuno no debía ser una imposición, porque de esa manera su práctica degeneraría mucho más rápidamente. Los seres humanos tenemos la tendencia a mirar la forma y desplazar la esencia; si el hombre ayunaba, debía ser porque sentía la intensa necesidad de hacerlo.

Así que Dios no exigió el ayuno. Por eso cuando vamos a Isaías 58, el famoso texto acerca del ayuno que agrada a Dios, notamos este trasfondo.

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En Isaías 58:3-5 el Señor expone el caso: los israelitas se quejan porque Dios no parece responder a sus ayunos. “¿Por qué ayunamos y no hiciste caso?” (v. 3). Interesante. ¿Observas la tendencia a ver el ayuno como un «remedio mágico»?

El Señor procede mostrándoles su gran hipocresía, que convertía su queja en una paradoja todavía más grande. Ellos creían que, a pesar de sus injusticias e impiedad, si ayunaban Dios les será propicio. ¡Cuán lejos estaban de comprender cómo funcionan las cosas con Dios! 

Lo que demuestra que el ayuno puede convertirse en una formalidad sin sentido. El Señor dice: “¿Es este el ayuno que yo escogí? […] ¿Llamaréis a esto ayuno y día agradable a Jehová?” (v. 5). 

No es esto lo que agrada a Dios. Y a mi manera de ver, lo que sigue a continuación (vv. 6-12) no se refiere a lo que debe acompañar al ayuno verdadero. En su lugar, Dios está diciendo: esto es lo sí me agrada.

Dios no quiere un ayuno que excusa la injusticia, él quiere ver manifestados los principios eternos de su ley: desatar las ligaduras de impiedad, desechar toda opresión, tener compasión del quebrantado, y romper los yugos que hemos impuesto a otros, compartir el pan con el hambriento, albergar al pobre en casa, cubrir al desnudo, y no esconderse del hermano.

La contestación es clara: ¿Desde cuándo Dios se agrada de que el hombre se aflija y pase hambre? ¡No, no, no! Dios se agrada de que el hombre ame a Dios, ame a su hermano, y obedezca su ley. 

Entonces, ¿es anulado el ayuno? No. Aunque el ayuno no logre algo delante de Dios, sí es necesario para nosotros. A eso vamos a continuación.

Cómo se debe ayunar

Si bien es cierto el ayuno no es imposición divina ni mucho menos requisito de discipulado, el ayuno es beneficioso para el creyente que entiende su verdadera naturaleza, y lo practica inspirado por la actitud correcta. 

Notamos, por ejemplo, que el ayuno no debe ser considerado como un «medidor de espiritualidad» (Lucas 18:12). No somos más santos por ayunar, ni menos santos por no hacerlo. Por nada del mundo debiera tratarse de un medio para ganar reputación (Mateo 6:16-18). Y por mucho que algunos lo crean, el ayuno no es un canal para obtener respuestas a nuestras oraciones.

El ayuno no es un fin, sino un medio. Entra en escena cuando hay la necesidad de dedicarse de una forma más intensa a la oración, el ruego, el estudio, el escudriñamiento del corazón y la meditación. 

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El ayuno, que también es saludable y ayuda a mantener la mente en óptimo funcionamiento (evitando el embotamiento que sigue al proceso digestivo), nos libra de la preocupación de preparar o buscar alimento, para poder dedicar mayor tiempo y energías al ejercicio espiritual. 

Jesús no fue al desierto a ayunar (Mateo 4:1-2). Él fue a encontrarse profunda e íntimamente con su Padre, y para hacerlo tuvo que ayunar (de otra manera tendría que estar pendiente de alimentarse). Delante de Dios no ganamos nada con ayunar, pero ayunando damos libertad, fuerza y poder a nuestro encuentro espiritual.

Lo que implica que ayunar sin orar no tiene sentido alguno. No tiene sentido, tampoco, ayunar por costumbre, o ayunar sin un objetivo en mente. El ayuno acompaña a la entrega a Dios, pero no la suplanta. 

Fíjate en John Hyde. Él ayunaba, no porque así lo planificaba. Simplemente no deseaba interrumpir su fogoso tiempo de comunión para ir a comer. Definitivamente, si le daba hambre él comería. Pero era como si el tiempo con Dios satisficiera sus necesidades.

Por eso he aquí otra recomendación al ayunar: si estás ayunando y te da hambre, come. Como ya hemos dicho, no ganas “mérito” delante de Dios por abstenerte de comer. Y si tu estómago cruje mientras oras, y estás pensando más en la comida que en otra cosa, come. No hay ningún problema en eso. 

Por otro lado, algunos han dicho que el ayuno enseña a dominar las pasiones. Esto puede ser cierto, y haría útil practicarlo. Sin embargo, no hay que perder de vista el propósito por el cual lo hacemos.

Conclusión

El ayuno es una práctica muy longeva, pero es siempre necesario reevaluar lo que hacemos y por qué lo hacemos. Como hemos dicho aquí, el ayuno será beneficioso en la medida que comprendamos: 

  1. Que Dios no lo ha exigido como una disciplina espiritual
  2. Que Dios no se agrada de que nos abstengamos de comer, sino de la obediencia y el amor
  3. Que el ayuno es un medio y no un fin en sí mismo
  4. Que no logramos nada delante de Dios con hacerlo 
  5. Que practicado con un propósito claro, puede ser útil para enseñarnos a dominar las pasiones
  6. Que el ayuno no tiene por qué ser estricto o «inquebrantable»
  7. Sobre todas las cosas, que ayunamos para abrir paso a un encuentro profundo con el Señor. Y esto es lo más importante de todo

Con todo esto claro en la mente, el ayuno podrá ser lo que Dios pensó para ti: una experiencia espiritual muy enriquecedora. ¡Pruébalo y verás!