“Dios pone pruebas a sus mejores guerreros”: ¿es bíblico?

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Inmediatamente después del golpe durísimo que significó el ataque a Pearl Harbor ejecutado por el almirante Isoroku Yamamoto, el presidente Roosevelt comenzó a impulsar la idea de llevar a cabo un asalto, aunque fuese mínimo, a la capital japonesa; con la idea de elevar la moral del ejército con un efecto propagandístico, e infundir temor a los japoneses en su propia casa.

La idea de la operación altamente peligrosa que llevó por nombre incursión Doolittle se atribuye a Francis Low, un oficial operante de la división de submarinos. 

Con un pronóstico del 50% de bajas, necesitando adaptar los bombarderos B-25 para poder desplegar del USS Hornet, reentrenar con intensidad a los aviadores que fuesen escogidos, con muchas probabilidades de que los portaaviones fueren avistados y tuviesen que abortar, escasez de combustible y sin siquiera saber cómo regresaría la tripulación, las perspectivas no eran buenas.

La cuestión era, ¿a quién escoger para liderar la operación?

El escogido para esta misión tan arriesgada, al borde de lo suicida, fue el teniente coronel James H. Doolittle, experimentado aviador y pionero en campos de la aviación de exploración. Si Estados Unidos iba a realizar su primera operación aérea sobre suelo Japonés, él era el hombre indicado.

Los preparativos y el entrenamiento fueron titánicos, y aunque la operación fue mucho más compleja de lo que se anticipaba, a su regreso Doolittle fue condecorado y ascendido a general de brigada.

La conclusión es lógica: A mayor importancia y dificultad de la operación, mejores soldados se eligen para ella. 

Sin embargo, al aplicar este principio al accionar de Dios nos chocamos con un problema principal, que es la definición de términos. 

Una frase semejante a la que constituye el título de este artículo es “Dios le da sus más grandes batallas a sus más grandes guerreros”. Pero observo cierta dificultad en aparejar “pruebas” y “batallas”.

Si Dios necesita llevar a cabo una operación (o una batalla) y escoge a un hombre en específico para llevarla adelante, es porque ve en él lo necesario para lograrla con su ayuda. Pero si Dios decide imponer a un hombre un desafío con el fin de probarle, creo que no estamos hablando el mismo idioma.

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Es decir, es muy distinto comparar la escogencia de los guerreros Moisés, Josué, Elías, Jeremías… con lo acaecido a Abraham al ser probado con Isaac, o el caso de Job.

En los primeros, Dios escoge a hombres para usarlos como instrumentos y ganar a través de ellos las batallas, en los segundos los hombres enfrentan pruebas de índole personal.

Es como comparar que se comisione a Doolittle la misión de bombardear Tokio, con que se le abandone en la inmensidad de la jungla a manera de “examen”. 

“Dios pone pruebas”

Ya en otro artículo hablamos una vez sobre la diferencia entre “pruebas” y “tentaciones” bíblicamente hablando [Véase nuestro artículo ¿Es cierto que Dios nunca nos dará más de lo que podemos soportar?]; así que solo presentaremos un resumen de ello.

Comentábamos que la diferencia técnica tradicionalmente establecida entre estas dos palabras es incierta, puesto que ambas son traducciones de la misma palabra griega: peirasmos. 

Si bien es cierto en algunos pasajes bíblicos la perspectiva en cuanto al peirasmos es negativa (siendo interpretada como refiriéndose a la “tentación”) mientras que en otros es totalmente positiva (siendo interpretada como refiriéndose a las “pruebas”), no hay un solo texto indubitable en la Biblia que señale a Dios como el agente detrás de las “pruebas”.

Incluso, es más curioso todavía cuando nos topamos con el cambio que hace el autor de Crónicas con respecto al relato de 2 de Samuel al narrar la historia del censo de David al pueblo. Mientras que 2 Samuel 24 señala a Dios como el que prueba a David, 1 Crónicas 21 lo atribuye a Satanás.

Esto es significativo porque Crónicas se fecha en lo posterior, probablemente cerrando el canon del AT, y presenta la perspectiva última que se tiene de los relatos a la luz de toda la historia bíblica. En este caso, comprende que no es Dios sino Satanás el que prueba.

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Considero que a la luz del registro del libro de Job, puede concluirse lo mismo en cuanto a otro caso importante como Génesis 22.

Dios no es el autor del peirasmos, como bien dice Santiago (Santiago 1:13). Las “tentaciones” y “pruebas” que hemos considerado diferentes en realidad tienen un mismo agente: Satanás. La idea positiva o negativa que se tenga de ellas, depende de la forma cómo nosotros las enfrentemos.

Una prueba es una tentación si se falla, y una tentación es una prueba si se vence. 

De hecho, todo lo que le sucedió a Job tradicionalmente lo consideraríamos como “pruebas”, porque no hay ninguna invitación directa hacia el pecado. Pero conociendo el trasfondo del conflicto sabemos que la invitación al pecado estaba allí latente: renegar de Dios.

Y como podemos ver, fue satanás el autor de estas “pruebas”. No Dios.

A la luz de esto es difícil considerar “bíblica” la primera cláusula de la frase que estamos analizando, pues Dios no “pone pruebas”. Dios conoce con exactitud el corazón (Jeremías 17:10), y no necesita imponer pruebas para comprobar la fidelidad de nadie.

Ahora bien, en el contexto del gran conflicto entre el bien y el mal es correcto afirmar que no solamente Dios es quien debe conocer la fidelidad del individuo. El universo necesita evidencias, ya que Él es el único omnisciente. ¿Cómo hacer para demostrar la fidelidad de sus hijos? 

¿Qué más se necesitará que todas las pruebas y tentaciones de Satanás? ¿Acaso hace falta que Dios añada algo más a eso? Considero que no.

Concluimos entonces que las pruebas son originadas en la mente maligna, y no en la mente divina.

“Sus mejores guerreros”

Por otro lado, tradicionalmente también se arguye que las “pruebas” no tienen el propósito de examinar la fidelidad de una persona (porque ya Dios lo conoce), sino de servir como canales para el crecimiento espiritual de los hijos de Dios.

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Se afirma que cada crisis o prueba de esta naturaleza ofrece la oportunidad al individuo de aprender a ejercitar mayor fe, mayor confianza, de ver más de cerca la mano poderosa de Dios, de ser su carácter limpiado y purificado, y tantos otros beneficios que de estas circunstancias se desprenden.

Aquí hay un punto que también entra en aparente conflicto con la frase en cuestión. Si Dios coloca pruebas solamente a los mejores guerreros, ¿qué queda para el desarrollo del carácter de los guerreros no tan buenos?

Y junto con esto, ¿por qué también aquellos que no han aceptado el evangelio, que pertenecen todavía al mundo secular, padecen pruebas? No tiene mucho sentido, si es acaso el desarrollo del carácter el objetivo al que apuntan.

Dios ama a las personas, y su deseo es convertirlos en la mejor versión posible de sí mismos; pero las “pruebas” tal como son entendidas implican la posibilidad de caer y pecar, y Dios no es el autor de esto. 

Él trabaja en el corazón, permite circunstancias y las aprovecha para llevarnos mucho más cerca de él, él transforma las pruebas y tentaciones del enemigo en bendición para los que le aman.

Por esto cerramos afirmando que “Dios pone pruebas a sus mejores guerreros” es otra de las frases que circulan por allí sin mayor base bíblica. Lo que Dios sí hace es escoger a sus mejores guerreros para ganar, a través de ellos, las batallas más importantes. 

Tú y yo (¡con el poder de Dios!) podemos dejar en alto su nombre al ser fiel ante las pruebas, y al servir como instrumentos de su gracia y su salvación en toda batalla.

¿Qué esperas? ¡Enlístate en el ejército del Señor!