Depresión en la Biblia

depresion en la Biblia

Por alguna casualidad en días recientes…

¿Ha dejado de provocarte ese plato de pasta o ese pollo a la brasa que tanto te gusta? ¿Has sentido alguna disminución de tu apetito?

¿Mientras que antes caías dormido en pocos minutos cuando tocabas la cama, ahora se torna una tarea complicada? ¿Tienes problemas para conciliar el sueño?

¿Tus amigos y familiares te han invitado a salir pero te falta interés en compartir con ellos?

¿Ver el partido de futbol, ir al trabajo o leer un buen libro, actividades que acostumbrabas disfrutar, ahora carecen de valor? 

¿Las malas contestas o pérdidas de paciencia se han intensificado? ¿Has visto algún incremento en tus niveles de irritabilidad?

¿La tristeza ha sido más constante que la alegría? ¿Cómo te sientes justo ahora?

¿Qué tanto ánimo y voluntad manifiestas al levantarte por las mañanas? ¿Son más frecuentes los «pies izquierdos» que los derechos?

¿Los recuerdos que más a menudo están secuestrando tu mente son negativos? Si piensas en la semana pasada, por ejemplo, ¿qué viene a tu mente?

¿Te sientes satisfecho personalmente, contento contigo mismo? ¿O fracasado, culpable…?

¿Has discutido con más regularidad de lo normal? O por otro lado, ¿todo motivo de discusión te parece absurdo o insignificante?

Si te saltaste las preguntas anteriores por suponer que se trataba de alguna especie de «test depresivo», cuando tú estás indagando sobre la depresión por alguna otra razón, te diré: es mejor que vuelvas tras tus pasos y las leas. La mayoría no nos daremos cuenta que estamos ante un potencial trastorno depresivo hasta que sus síntomas sean graves. 

Por otro lado, si las leíste, las contestaste con franqueza, y observas que todo marcha bien, entonces da gracias al Señor. Sigue leyendo, e infórmate para que puedas ayudar a otros. 

Pero si las leíste, las contestaste, y percibes que es posible que haya algún problema, entonces es el momento de actuar. Justo ahora. Mientras más rápido tomes cartas en el asunto, menores serán las consecuencias. 

Si de algo me he dado cuenta a lo largo de mi formación ministerial, y también mientras trabajé en mi proyecto de secundaria acerca de la influencia de la actividad física en pacientes con trastorno depresivo, es que nadie está exento. Cristianos y no cristianos, jóvenes y adultos, casados y solteros, ricos y pobres, la depresión no discrimina.

Y la Biblia lo demuestra.

El trastorno depresivo

A finales de la primera década del nuevo milenio, se especulaba que para el año 2020 la depresión alcanzaría al 20% de la población mundial. No sé si estas proyecciones se habrán concretado o no, pero lo que es cierto es que por doquier vemos personas que sufren bajo el yugo de sus propios pensamientos y sentimientos. 

De hecho, son muy llamativos los resultados de los estudios acerca de la felicidad que lleva a cabo la ONU en 156 países, tomando en cuenta una variedad de factores que abarcan desde el ingreso per cápita, el nivel de corrupción y el promedio de esperanza de vida en una nación.

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Recientemente Burundi se ha llevado el último lugar en el ránking de felicidad, mientras que los países escandinavos encabezan la lista. Pero si el país “más feliz”, según las encuestas, Dinamarca, tiene un promedio de 7,5; ¿qué puede esperarse de los demás?

Hay una pandemia silenciosa que afecta al mundo entero y que inflige un duro golpe a la economía de las naciones, y esa es la depresión. 

¿De qué se trata? La depresión es considerada un síndrome caracterizado por una tristeza profunda y abatimiento regular, que conlleva a la disminución de las funciones psíquicas y afectivas del ser. Incapacita al individuo para experimentar verdadera alegría y le condiciona a una actitud negativa, alcanzando a llevar en casos crónicos al suicidio. 

La depresión no es una tristeza cualquiera. Todos podemos pasar por algún momento o circunstancia que nos ocasione malestar en mayor  o menor grado. Pero la depresión no es una emoción, es un trastorno. 

De haber transcurrido más de dos semanas en dicha situación de abatimiento persistente y agudo, se considera que el paciente sufre de una depresión leve. 

Ahora bien, a pesar de que los cristianos somos llamados a vivir gozosamente, las escrituras son transparentes al mostrar que aún los adoradores de Jehová pueden padecer de depresión.

Depresión en las escrituras

Aunque el diagnóstico “depresión” no aparece en la Biblia, el relato a veces menciona ciertos síntomas especiales que sugieren que algunos personajes padecieron por cierto tiempo de un síndrome depresivo. 

Personajes como Caín (Génesis 4:6, 8, 13-14), Noemí (Rut 1:20), Ana (1 Samuel 1:6-10), Saúl (1 Samuel 16:8, 18:8, 12; 19:6-7, 10; 28:5-6), Salomón (Eclesiastés), Jeremías (Jeremías 20:14, 18; 45:3), Judas (Mateo 27:3-5), probablemente hayan sufrido de depresión, o al menos de una sintomatología inicial del trastorno.

Pero hay 5 casos registrados en la Biblia que llaman todavía más mi atención. 

Elías, hombre valiente, profeta de Dios, que tres veces se había presentado ante el rey Acab sin que le temblara la lengua; después del momento más cumbre de su vida en el Carmelo contra los profetas de Baal, se sumió en una depresión tan grave que rogó a Dios que la quitase la vida (1 Reyes 19:4).

Jacob, aquel que había luchado con Dios y vencido, el heredero de las promesas, el que había visto la escalera de ángeles que subían y bajaban como prestos ministros del Señor; probablemente enfrentó una dura depresión durante varios años tras la muerte de su hijo José (Génesis 37:34-35, 42:36, 45:28).

David, el gran rey de Israel, el hombre conforme al corazón de Dios, sufrió de mucha tristeza y desconsuelo los últimos años de su vida por la culpa de sus errores y las desgracias de su familia. Es casi seguro que pasó por varios períodos de depresión (ej. 2 Samuel 13:36-39, 18:33-19:4, etc…).

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Job, varón íntegro y perfecto, gozaba de tanta confianza de parte del Señor que fue sometido a una prueba muy dura, y aunque Job no desistió de su fe ni renegó de Dios, sí pasó por una crisis emocional depresiva al punto de maldecir el día de su nacimiento y desear la muerte (Job 3:3-4). 

Finalmente, Pedro, el líder de los discípulos, el mejor estudiante de la clase ‒por decirlo de alguna manera‒,  tampoco pudo escapar de ciertos indicios de depresión tras negar tres veces a su maestro (Mateo 26:75). Fue necesario que Jesús le restaurara públicamente (Juan 21:15-18).

¿Y qué decir del mismo Jesús? Su experiencia solo duró horas, pero el nivel de tristeza fue tan profundo y repentino que podríamos catalogarlo como una depresión (Mateo 26:37-38).

¿Pueden sufrir de depresión los cristianos? Por supuesto que sí. No estamos exentos.

Afrontando la depresión

Si bien Salomón reconoció que hay tiempo para llorar (Eclesiastés 3:4), e incluso Pablo sufrió tristeza y dolor (Romanos 9:2, 2 Corintios 6:10), debemos entender que el propósito de Dios no es ese. Su anhelo es que en nosotros vibre un gozo que nadie pueda quitar (Juan 16:20, 22). 

De hecho, en el mundo de Dios “huirá la tristeza y el gemido” (Isaías 35:10, 51:11), toda lágrima será enjugada (Apocalipsis 21:4). 

Esto debe quedar claro: el deseo, el propósito, el sueño de Dios es ver (y hacer) a sus hijos felices (Juan 15:11).

Ahora bien, ¿cómo hago si soy cristiano y noto que estoy manifestando síntomas de depresión? 

Lo primero es, no te alarmes. En este mundo estamos expuestos a los efectos del pecado, y parte de sus efectos son la tristeza, el dolor y la muerte. Así que no hay razón para alarmarse ni tratar de negarlo. El asunto es ponernos manos a la obra.

No toda depresión es clínica. Por lo tanto, debes preguntarte a ti mismo para indagar en las posibles razones que han desencadenado el trastorno. Hoy en día se sabe que las tendencias depresivas pueden ser heredadas, así que no siempre existirá una razón evidente.

Sin embargo, por lo general podrá haber algunas razones. Ya sea un sentimiento de culpa, la muerte de una persona muy querida, una separación, alguna serie de fracasos, sentirse solo o rechazado, etc… Determinar las razones es un paso útil y necesario en la recuperación.

Si identificas una o más de estas u otras razones como las causas de tu depresión, debes saber que buena parte de la recuperación dependerá de tu actitud, y la forma cómo abras tu dolido corazón al Señor para que él lo restaure.

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Recuerda: el gozo viene de Dios (Gálatas 5:22, Romanos 15:11), pero el ser humano debe echar mano de ese regalo (Filipenses 4:4). Lo que quiere decir que Dios no será feliz por nosotros, nosotros debemos esforzarnos por ser felices en Dios. 

Para lograr esto, ten presente que hay cosas que salen de nuestro control (Juan 16:33, Eclesiastés 9:11-12), que es un enemigo el que quiere sumirnos en la depresión (2 Corintios 7:10). Por otro lado, Dios quiere consolarnos (2 Corintios 1:4-5), se nos dice que él está muy cerca de los quebrantados de corazón (Salmos 34:18); que, incluso, él vino a sanar esas heridas (Lucas 4:18).

Por ello es necesario que, como David, esperemos en Jehová sin desesperar, pacientemente confiemos en su amor que disipa las angustias y tristezas (Salmos 42:11, 40:1-3); que le entreguemos (pero hay que hacerlo, ¡entregárselas!) nuestras preocupaciones (1 Pedro 5:7), que nos disciplinemos a ver las cosas desde un punto de vista positivo (1 Pedro 4:12-13, Hechos 14:22), y que concentremos nuestra mente en las cosas buenas, felices, en lo que vale la pena (Filipenses 4:8).

Mantén presente, a su vez, que para casi toda causa de tristeza y dolor que puedas experimentar, hay también una garantía bíblica que la echa fuera. El Señor de la consolación ha provisto para casi toda herida un remedio preciso.

Sobre todo, es necesario que descubras el significado de la muy sabia frase de Jesús: “más bienaventurado es dar que recibir”. En dar, en entregarse, en vivir con un propósito orientado hacia Dios y los demás ‒y no en nosotros mismos‒, se halla una fuente de felicidad inagotable; porque una felicidad como esa sólo depende de nosotros, de nuestra voluntad.

Muchas son las personas que han salido de una fuerte crisis emocional encontrando su verdadero sitio en el mundo. El servicio es una píldora antidepresiva. Por eso Pablo llamaba a los Filipenses “gozo y corona mía” (Filipenses 4:1).

Si te has refugiado en los brazos de tu amigo amado Jesús, si has buscado su consuelo en la oración y en las escrituras, si has intentado levantarte con ayuda de tus amigos y hermanos (1 Tesalonicenses 5:14), si has hecho tu parte y todavía no ves resultados, entonces no demores más en buscar ayuda profesional. Es probable que el caso salga de tus manos. 

Como hijo de Dios podrás pasar por momentos de tristeza, pero no tienes porqué permanecer abatido. Dios quiere sanarte y devolver el gozo a tu vida. Por eso dice el conocido himno cristiano: “Cuando estés cansado y abatido, dilo a Cristo, dilo a Cristo”.

Yo, yo soy vuestro consolador” (Isaías 51:12).