Características de la mujer virtuosa

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Desde que tengo verdadera consciencia de las cosas, he admirado profundamente a mi madre. Una mujer atenta, amorosa, amable, trabajadora, abnegada, inteligente, sabia, firme, fiel y leal a Dios, perdonadora, misericordiosa, generosa… 

Casi todas las personas que llegan a conocerla se asombran de la larga lista de sus cualidades. Les encanta escucharla hablar con esa mansedumbre que la caracteriza, la forma como se muestra amiga de todos, y socorre al que la necesita. Una maravillosa madre, y una esposa dedicada.

Parece incluso a veces hasta irreal su actitud; como si estuviese fingiendo. Pero no, ¡ella sí es así!

De hecho, creo que por su ejemplo me ha sido difícil a veces quitarme esa imagen grabada tan sólidamente en mi mente para darme cuenta que no todas las mujeres son así. 

Tan nobles cualidades, sumadas a la promoción constante del tema de la “mujer virtuosa” en el Seminario, hacen de este artículo algo muy significativo para mí.

Pero si alguien pensaba que no existe la mujer virtuosa, que es solo una utopía, un cuento… Y aunque el proverbista pregunte “¿Quién la hallará?” (Proverbios 31:10), les puedo decir que sí existe, yo vivo con una. 

Ser virtuosa no es una competencia

A menudo tendemos a ver este asunto en particular como una competencia. Las mujeres se califican como virtuosas a sí mismas al compararse con otras que tienen cerca. Examinan sus virtudes y defectos en el espejo del ejemplo que han visto en otras damas y concluyen: No son mejores que yo.

Los hombres también hemos seguido el patrón al definir el valor o la estima de una mujer en proporcionalidad a las cosas que hace mejor o peor con respecto a otras. 

Pero en realidad la mujer que teme a Dios no necesita compararse con nadie. Su conformidad o disconformidad consigo misma no ha de depender de como “califique” al mirarse a la luz de sus semejantes. 

En este sentido, la meta de la mujer virtuosa no es ser mejor que las demás para sentirse satisfecha, la meta es Cristo. Y al compararnos con ese carácter sublime, atractivo, que emana paz, amor y gozo, ¿quién puede sentirse satisfecho?

En realidad nuestro Dios nos invita a mirar siempre más arriba, un poco más allá. No se trata de un retrato estático como el de Proverbios 31 y afirmar: «¡Ya llegué al objetivo!»; se trata de que a la luz de Cristo, siempre hay mayor gloria a la cual aspirar con su poder y gracia.

A Antonio López se le comisionó en 1994 elaborar el cuadro de la familia real de Juan Carlos I, y todavía 20 años después no lo había acabado. 

¡Algo así sucede con la mujer que teme a Dios! Ella sabe dónde empieza su camino, pero no tiene idea de dónde termina. Cada día avanza más, cada día se constituye en un nuevo desafío de crecimiento y santidad, con la ayuda de Jesús. 

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Así que, aunque aquí mencionaremos las características de la mujer virtuosa, y servirán como un modelo comparativo para que puedas examinarte a ti misma; no olvides que la meta no es llegar a ser así o «asao», sino por la gracia de Jesús llegar a ser hoy un poco mejor que ayer. 

Las características de la mujer que teme a Jehová

Ya hablamos en una ocasión de lo que significa bíblicamente, y especialmente en los libros sapienciales, la frase “temor a Jehová” (véase nuestro artículo El sabio ve el mal y se aparta). 

Decíamos que es algo que va mucho más allá de la emoción del miedo o el temor; se trata de la voluntad, la determinación de ser agradable a Dios en cada parte de la existencia. Es la consciencia de la integración de la vida de fe en la vida cotidiana del individuo, y procurar en todo ello rendir adoración verdadera al Señor.

“Teme a Dios” aquel que procura obedecerle y servirle con amor y fe en todo momento. Quiere decir que una mujer que “teme a Jehová” es quien ha trasladado a Dios del templo a su vida, casa, labores y negocios.

Dicho esto, si creáramos un programa televisivo llamado En busca de la mujer virtuosa y escogiéramos un panel de especialistas para evaluar a las candidatas que audicionen, personalmente colocaría los siguientes ítems en las planillas:

La mujer que teme a Jehová es….

Confiable: no cabe duda. La mujer que teme a Dios es una persona completamente confiable en sus relaciones interpersonales. No solamente “el corazón de su marido confía en ella” (Proverbios 31:11), sino todos cuantos le conocen. 

En su hablar y en su actuar, las personas se dan cuenta que pueden confiarle sus cargas y luchas sin recelo. Reconocen que pueden darle responsabilidades sin temor. Su marido se siente seguro, le da su confianza con los ojos cerrados, pues nadie duda de su integridad. 

¿En escala del 1 al 10 qué tan confiable te consideras?

Da lo mejor que puede: ella no devuelve bien solamente al que le hace bien. Se esfuerza por dar lo mejor que tiene, lo mejor de sí, a otros. Da el bien a su marido, a sus hijos, a sus compañeros de trabajo, a sus vecinos. 

Dar menos que eso no es aceptable para ella, porque todas sus acciones las hace “como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). Se esfuerza por dar de sí todo el bien que puede porque eso haría con su Señor.

Ella es buena no solamente fuera de casa, sino que su propia familia disfruta de las bondades de su carácter. Ellos son los primeros que reciben de ella “el bien y no el mal todos los días de su vida” (Proverbios 31:12).

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¿Qué reciben de ti tu familia, amigos, vecinos y otros?

Diligente: ella tiene cualidades hermosas, notables, pero no descuida por ello la diligencia. “Trabaja gustosamente con sus manos” (v. 13), “trae su pan desde lejos” (v. 14), está activa a toda hora y cumple con sus responsabilidades (v. 15). 

No solamente lleva a cabo sus labores, sino que las disfruta y se empeña con toda energía en ellas. Está consciente de que también con ese servicio a su familia rinde adoración a Dios.

La mujer virtuosa no es perezosa, no es ensimismada o vanidosa; es diligente, trabajadora y esforzada. 

¿Es la diligencia una de tus cualidades?

Aprovecha las oportunidades, toma buenas decisiones: ella está atenta a las indicaciones que Dios le da en su providencia. Aprovecha las oportunidades que se le presentan que serán de ayuda y bendición para su familia, para su iglesia. Considera, evalúa las opciones y actúa con presteza.

Luego se empeña en añadir valor a lo que toca. Emprende sus proyectos con dedicación, para dar gloria a su Señor con ellos. Ella “compra la heredad” pero la mejora plantando “una viña en ella” con sus propias manos (v. 16). ¡Es sorprendente lo que con sus cualidades y esfuerzo es capaz de hacer!

Después que ha colocado su mano en el arado, no mira hacia atrás para quejarse o desanimarse. Avanza con determinación.

¿Te consideras una mujer de discernimiento y acción?

Valentía y esfuerzo: la mujer virtuosa se ciñe firmemente la cintura y esfuerza sus brazos (v. 17), lo que hay que hacer, lo hace con valentía. Se esfuerza en su trabajo y no desmaya. Se ciñe ante las circunstancias adversas y las enfrenta sin temor. No permite que los obstáculos sean una limitación para ella.

Practica la piedad y el amor servicial: ella no vela solamente por los de casa. Su corazón es tierno para alargar “su mano al pobre”; para extender sus manos al menesteroso” (v. 20). No es egoísta, no es jactanciosa, todo lo contrario. Una mujer que ama a los demás como a sí misma, según el mandato del Señor.

Ella no es capaz de ver personas padeciendo sin sentir el impulso del amor de Cristo en su corazón, y prestamente sirve con lo que tiene a su alcance.

¿Procuras servir al que padece cada vez que tienes la oportunidad?

Es previsiva: se anticipa al futuro, se adelanta a los acontecimientos, toma las medidas necesarias para evitar posibles perjuicios. Ella no teme por la nieve porque su familia está bien abrigada (v. 21). Ella cuida de su hogar y no necesita angustiarse, ya ha hecho todo para que los problemas no representen un peligro para ellos. Siempre está un paso adelante. 

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Ella “se ríe de lo por venir” (v. 25), mide las consecuencias de los hechos, y se prepara de antemano. Es una mujer prudente, sensata y precavida. Cuida de su familia, y lo hace con todo el amor del mundo.

Habla con sabiduría: cuando habla no es impertinente, no es ordinaria e indecorosa. Se expresa apropiadamente, y no desprecia la sabiduría. Sus consejos son acertados, precisos, el que los recibe se da cuenta de su exactitud. 

Ella es una fuente de ayuda idónea para su familia, y aún entre los que le rodean goza de alta estima. No abre su boca en vano, “abre su boca con sabiduría” (v. 26); cuando lo hace, sabe qué dirá, cuándo lo dirá y por qué lo dirá.

Los frutos de su vida son dignos de alabanza: pero todo esto no es así porque ella lo diga, sino porque se nota. ¡Todos se dan cuenta! Vive de tal manera que el lugar donde vive es mejor gracias a su presencia. Es, como dijo el Señor, la sal y la luz del mundo (Mateo 5:13, 14).

Sus hijos la llaman bienaventurada, su marido la alaba (Proverbios 31:28-29), e incluso en la puerta de la ciudad reciben honra los frutos de sus manos (v. 31). Y sin embargo, por ello no se ensoberbece; alza sus ojos y alaba a Dios por su misericordia.

Con todo respeto al autor del acróstico de Proverbios 31, quisiera añadir una más, que aunque se da por sobreentendida, es bueno enfatizarla:

Cultiva su felicidad: la mujer que teme a Jehová se deja henchir por el gozo y el amor de Jesús. Es una persona feliz, alegre, que canta, que disfruta todo lo que hace, y se aplica a compartir su alegría con otros. Es una persona plena, llena de paz porque sabe que Dios camina a su lado.

No se deja amargar por los problemas de la vida, no guarda rencor, perdona, ama, y pone su mirada en el presente, y no en el pasado. Sonríe todo lo que puede y dibuja sonrisas en los rostros apesadumbrados.

Todas estas cualidades no nacen de un momento a otro. Son el resultado de la obra más grande del Gran Pintor, la obra de su vida.

Toda mujer, sea casada o soltera, al buscar a Dios, darle un lugar en el corazón y vivir para él, podrá desarrollar estas y muchas otras cualidades preciosas que adornarán su carácter.

Permite al Señor hacer una obra tal en ti, que la gente pueda decir: «¡Ya hallé una mujer virtuosa! Y sí, su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas».

Proverbios 31:30, 12:4