Servir a los necesitados – Jesús y los necesitados

Versículo para memorizar. Lucas 4:18-19. “El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar
buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor”.

El ministerio de Jesús estuvo ligado a los necesitados desde su mismo comienzo. Las profecías anunciaban que su vida estaría unida a los oprimidos, a los pobres y a los enfermos. Aún en su muerte, sufrió la opresión y la injusticia para poder ayudar a los necesitados (todos nosotros), y liberarnos definitivamente del yugo opresor del pecado.

EL CÁNTICO DE MARÍA

“Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes” (Lucas 1:52).

Elisabet saludó a María llamándola “bienaventurada” (Lucas 1:45). En ese momento, María, llena del Espíritu Santo, entonó un canto profético (v. 46-55). Exaltó a Dios por lo que había hecho por ella (v. 46-48), y por Su poder, amor y justicia para todos (v. 49-51). Finalmente, anunció cómo sería el reino del Mesías (v. 52-55). Él se preocuparía por:

• Los humildes (v. 52).
• Los hambrientos (v. 53).
• Los oprimidos (v. 54).

Este reino bien podría llamarse el “reino al revés”. En él, los más poderosos y ricos son los más bajos en importancia; y los pobres y oprimidos son liberados y exaltados.

LA DECLARACIÓN DE MISIÓN DE JESÚS

“Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21).

En la sinagoga de Nazaret, Jesús leyó Isaías 61:1-2. Hizo de esta lectura su declaración de misión:

• Dar buenas nuevas a los pobres.
• Sanar a los quebrantados de corazón.
• Pregonar libertad a los cautivos.
• Dar vista a los ciegos.
• Poner en libertad a los oprimidos.
• Predicar el año agradable del Señor.

La misión de Jesús no era solo espiritual, sino eminentemente práctica. El cuidado físico de los necesitados era la parte tangible de la preocupación de Jesús por su salud espiritual. Jesús instruyó a sus discípulos para que actuaran con los necesitados como Él mismo lo hacía (Mateo 10:8).

JESÚS SANA

“Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mateo 14:14).

Jesús liberaba a los cautivos de la enfermedad, incluso cuando llevaban 12, 18 o 38 años enfermos.

• Los ciegos veían
• Los cojos caminaban
• Los leprosos eran sanados
• Los demonios eran expulsados
• Los muertos resucitaban

A pesar de este gran despliegue de poder sanador, Jesús no usaba los milagros como un espectáculo para atraer seguidores. Muchas veces pedía que no se supiera el milagro (Marcos 1:44; 8:26). Sanaba a las personas porque las amaba, y quería conducirlas a la vida eterna.

LA PURIFICACIÓN DEL TEMPLO

“Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea” (Mateo 21:11).

Al igual que los antiguos profetas, Jesús actuó con dureza contra aquellos que habían hecho del Templo un mercado. Se hacía pagar a los oferentes precios exagerados para adquirir el símbolo de la muerte sustitutoria, que se ofrecía gratuitamente al pecador. Cuando Jesús expulsó a los mercaderes del recinto sagrado, “vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó”, y los niños lo aclamaban (v. 14-15). Al igual que los antiguos profetas, el profeta de los necesitados sería perseguido y asesinado por los dirigentes religiosos de su propio pueblo.

LA CRUZ DE CRISTO

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4-5).

Como pago por su inocencia, su pureza, su bondad y su preocupación por los necesitados, Jesús recibió opresión, injusticia, sufrimiento, dolor y muerte cruel. Y lo hizo por amor a mí, para liberarme del pecado y darme vida eterna. Sea cual sea la injusticia, el sufrimiento o la necesidad por la que pueda estar pasando, Él sabe, escucha, entiende y actúa. Nadie como Jesús puede comprenderme y consolarme en mis tribulaciones (Hebreos 4:15).

Nota de EGW: «El Señor tiene gracia especial para los que lloran, y hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las almas. Su amor se abre paso en el alma herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran. El “Padre de misericordias y Dios de toda consolación…, nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”». (El discurso maestro de Jesucristo, pg. 16).

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