Servir a los necesitados – El clamor de los profetas

Versículo para memorizar. Miqueas 6:8. “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti:
solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”.

Los profetas del Antiguo Testamento fueron los voceros de Dios para denunciar la triste situación de Israel. En lugar de hacer justicia, oprimían al pobre. Donde tendría que haber paz, había violencia. Cuando debían humillarse y pedir perdón, se enorgullecían de sus crímenes. Junto a la proclamación de sus injusticias, los profetas manifestaron el dolor de Dios por su situación, y las proposiciones divinas para volver a instituir la justicia.

EL RECLAMO RECURRENTE DE JUSTICIA

“Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos” (1ª de Samuel 8:9).

Cuando Israel quiso abandonar la teocracia y ser como las demás naciones, Dios envió a su profeta para advertirles de las consecuencias de su decisión. Querer ser como el mundo implicaba que, tarde o temprano, se comportarían como lo hacen los demás. Es decir, actuarían de manera injusta, se aprovecharían del pobre y no reprimirían sus pecados. Podemos ver a través de los reiterados mensajes de los profetas la tristeza de Dios por las desdichadas consecuencias que tiene el abandonarlo a Él. También podemos ver el llamado de Dios para luchar por quitar la opresión, restablecer la justicia y aliviar el dolor de los que nos rodean.

AMÓS

“Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos” (Amós 2:6).

Amós comenzó su mensaje anunciando el castigo de Dios sobre las naciones, por causa de las atrocidades que cometían (1:3-2:3). Los israelitas escucharon con agrado su mensaje, incluso cuando condenó a Judá por rechazar a Dios y desobedecer su Ley (2:4-5). Pero la lista más larga de pecados, y la más severa condenación, se reservó para Israel: egoísmo, avaricia, aprovecharse de los desvalidos, inmoralidad, injusticia… (2:6-16). Ante esta situación, Dios llama a su pueblo al arrepentimiento, y a un cambio radical de actitud: “Aborreced el mal, y amad el bien, y estableced la justicia en juicio” (Amós 5:15).

MIQUEAS

“Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19).

Perversión del derecho, violencia, sobornos, echar a las viudas de sus casas, maltrato infantil. Príncipes que despojaban al pueblo. Sacerdotes codiciosos. Profetas que profetizaban por dinero. Tal era la condición de Judá durante el reinado de Acaz. Pese a todos estos pecados, Dios no abandonó a su pueblo entonces, ni abandona a sus hijos hoy. Está siempre dispuesto a olvidar el pecado ante el arrepentimiento sincero. Pero nos pide un definido cambio de actitud: “Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8 NVI).

EZEQUIEL

“No ayudáis a las ovejas débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las que tienen una pata rota, ni hacéis volver a las que se extravían, ni buscáis a las que se pierden, sino que las tratáis con dureza y crueldad” (Ezequiel 34:4 DHHe).

Ezequiel señala como la raíz del pecado de Sodoma el orgullo, el bienestar económico y la ociosidad, que dieron como resultado el abandono del afligido y del menesteroso (Ezequiel 16:49). Esa misma situación se dio también en Judá, y se puede ver en nuestros días. El resultado: crecimiento continuo de las injusticias, porque cada uno piensa solo en sí mismo (Ezequiel 34:2-21). Dios promete castigar a los que obran así, y nos dio ejemplo de cómo debe portarse un verdadero pastor (Ezequiel 34:22-31; Juan 10:1-16). Pero Él da una segunda oportunidad a los descarriados (Ezequiel 16:55).

ISAÍAS

“aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isaías 1:17).

En los primeros años de su ministerio, Isaías tuvo que enfrentar los graves problemas de su sociedad: violencia, maldad, sobornos, injusticia para el huérfano y la viuda, acaparar casas y campos… Dios está dispuesto a perdonar el pecado, pero exige también un cambio de conducta (1:6-8). No obstante, el verdadero restablecimiento de la justicia debía ser producto de la intervención directa de Dios a través de la obra del Mesías, Jesús de Nazaret (42:1-7; 53:4-6). Él restablecerá finalmente el reinado de Dios en la Tierra y traerá justicia, misericordia, sanidad y restauración.

Nota de EGW: “Cuando los que se unen en compañerismo cristiano, elevan oración hacia Dios, y se comprometen a obrar con justicia, a amar la misericordia, y a andar humildemente con Dios, reciben gran bendición. Si perjudicaron a otros, siguen la obra de arrepentimiento, confesión y restitución, plenamente dispuestos a hacer bien unos a otros. Esto es cumplir la ley de Cristo” (Obreros evangélicos, pg. 517).

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