Las etapas familiares – Los ritmos de la vida

 

Versículo para memorizar. Eclesiastés 3:1. “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”.

“Todo tiene su tiempo…” (Eclesiastés 3:1). Dios creó el tiempo y los ritmos que rigen la vida de la Tierra, los animales y los hombres. Estos ritmos, aunque iguales para todos, no son vividos de la misma manera por todos. Existen cambios que nos afectan de distinta manera, y van moldeando nuestra vida de una forma o de otra.

EN EL PRINCIPIO

“Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche” (Génesis 8:22).

Según Génesis 1, lo primero que Dios hizo con nuestra Tierra fue convertirla de un estado de desorden a un estado de perfección. Metódicamente, separó el día de la noche, dividió las aguas, mostró la tierra seca, germinó en ella plantas, y creó las lumbreras que marcarían los ritmos de la Tierra (días, meses, años). Al llenar el mundo de seres vivos, lo hizo de forma ordenada, e impuso orden sobre ellos (crecer y multiplicarse). “El orden es la primera ley del cielo” (TI 6:204). A pesar de que el pecado introdujo desórdenes en el mundo, los ritmos marcados por Dios en el principio siguen rigiendo nuestra existencia.

LOS RITMOS DE LA VIDA

“La gloria de los jóvenes es su fuerza, Y la hermosura de los ancianos es su vejez” (Proverbios 20:29).

Como dijo Salomón, hay “tiempo de nacer, y tiempo de morir” (Eclesiastés 3:2). Entre estos dos momentos de nuestra vida, hay diversos ritmos o ciclos que regulan nuestra vida:

• La infancia. (Jueces 13:24; Lucas 2:40).
• La juventud. (Salmo 71:5; 1ª de Timoteo 4:12).
• La adultez. (Génesis 41:46; Hechos 7:23).
• La vejez. (Salmo 90:10; Filemón 1:9).

Aunque estos ritmos son los mismos para todos, no todos los vivimos de la misma manera. Cada uno somos diferentes y estamos en diferentes etapas. Sin embargo, todos somos valiosos y tenemos algo que ofrecer.

LO INESPERADO

“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21).

Cada uno tenemos nuestros ritmos y nuestras rutinas. Continuamos con ellas hasta que algo inesperado trastoca nuestra vida. El caso de Job parece un caso extremo (perdió sus bienes, sus obreros, sus hijos, su salud, el apoyo de su esposa y el de sus amigos). Sin embargo, todos estamos sometidos a posibles cambios radicales por circunstancias –buenas o malas– que cambian nuestra vida. Abel murió repentinamente, José fue vendido como esclavo por sus propios hermanos. Aferrados a Dios y confiando plenamente en Él, podemos hacer frente a estos cambios repentinos, y sacar lo mejor de estas nuevas circunstancias (Génesis 50:20).

TRANSICIONES

“estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Las transiciones marcan nuestro paso por las etapas: niñez, juventud, adultez y vejez. En nuestra vida espiritual existen también transiciones por las que Dios nos va llevando desde la conversión hasta la plena madurez espiritual (Hebreos 5:12-14). Observa el cambio producido en el apóstol Pablo (Hap 97,98):

• Sus recónditos pensamientos y emociones fueron transformados por la gracia divina.
• Sus facultades más nobles fueron puestas en armonía con los propósitos eternos
de Dios.
• Cristo y su justicia llegaron a ser para Saulo más que todo el mundo.

LAS INTERACCIONES

“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).

Continuamente nuestra vida es impactada por la forma en que otros interactúan con nosotros. De igual manera nosotros impactamos a otros al interactuar con ellos. Esta interacción puede ser para bien o para mal. Como creyentes, debemos intentar ser siempre una influencia para bien (Romanos 12:18). Nuestra interacción positiva puede llegar a ser una influencia tal que cambie la vida de una persona para que se decida por Cristo. Nuestra relación con los demás debe ser regida siempre por el amor y la bondad.

 Nota de EGW: “Debemos dar a Dios todo el corazón, o no se realizará el cambio que se ha de efectuar en nosotros, por el cual hemos de ser transformados conforme a la semejanza divina… Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero como esto exige una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregarnos a El completamente” (El camino a Cristo, pg. 43).

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